Recordarnos

Capítulo 9

Capítulo 9

Tyler

 

Miro por el parabrisas trasero hasta que Megan y Charlie están dentro de su edificio. Se me aprieta el corazón al dejarlos luego de unas semanas en las que estuvimos a solo unos pisos de distancia. 

—Hacen una bonita familia —comenta Darla cuando cruza en la siguiente calle—. Me alegra que tengan la oportunidad de serlo después de estos años. 

Suelto un suspiro, sabiendo que lo dice en serio. Darla ha visto mi sufrimiento luego de que Megan me dijera que no me perdonaba, observó todo el desarrollo en silencio, y estoy seguro de que sabe que ahora sufro en silencio. Ha sido una buena chica conmigo y estoy alegre de tenerla. 

—Gracias —exhalo—. No lo merezco, pero miento si digo que no estoy feliz de tenerlo. 

Me da una sonrisa apretada, una que esconde todo lo que quiere decir pero que no quiere decir en voz alta, y tal vez es lo mejor. 

Poco después, se detiene frente a mi edificio y me tiende las llaves de mi auto. 

—Lo dejé en tu estacionamiento privado y le puse gasolina. 

—Gracias, Darla. —Aclaro la garganta, sabiendo que lo que voy a decir es solo el inicio de todo—. Dile a mi padre que esta noche iré a su casa. 

Ella pone cara de pena. 

—¿Vas a contarles hoy? —Asiento y ella pone una mano en mi hombro—. Todo estará bien. Van a estar enojados, pero también van a ser felices. 

Río, bajando la vista. 

—No tiene sentido lo que dices, pero sé que así será. —Abro la puerta y tomo la pequeña maleta del asiento trasero—. Nos vemos mañana. 

—Hasta mañana, jefe. 

Subo a mi apartamento como si llevara el peso del mundo sobre mis hombros y me tiro en el sofá en cuanto lo alcanzo. Estoy cansado y quiero dormir por el resto de la semana, pero ponerme al día con el trabajo y mi familia. 

Va a ser duro contarles lo que hice hace unos años, voy a decepcionar a mis padres como nunca lo he hecho, pero espero que me perdonen por haber sido el peor hombre del mundo. 

Mi móvil suena y temo que sea mi madre o mi padre. Suelto un suspiro de alivio al ver el nombre de Alan en la pantalla. 

¡Amigo! —grita, provocando que haga una mueca—. ¿Llegaste a casa? ¿Podemos ir a tomar algo esta noche a tu casa? Tienes mucho con qué ponerte al día, idiota. 

Sonrío, sintiéndome en casa por primera vez desde que puse un pie dentro de este lugar. 

—Acabo de llegar a mi apartamento —contesto, tratando de contener un bostezo y fracasando—. Y lo de ponernos al día tendrá que ser mañana, esta noche voy a casa de mis padres a dejar caer la bomba. 

La línea se queda en silencio y puedo imaginar la cara de Alan; ha de ser una de simpatía por mi probable muerte a manos de mi madre. Básicamente, la que todos los que saben del secreto ponen cuando digo que voy a decirle a mis padres. 

Si mueres, ¿me dejas tu oficina?

Es un idiota, pero al menos es un idiota que me hace reír. 

—Tendrás que discutirlo con mi padre, a quien no le caes bien ni un poco. 

Sisea y lo puedo imaginar negando con la cabeza. 

No, gracias, me quedo con mi oficina. Ya  es suficientemente malo que yo esté enterado de todo el asunto y no lo haya dicho. —Pongo los ojos en blanco—. Si ya no soy persona grata en tu casa, ahora seré enemigo público número 1. 

Es posible que mi madre deje de hablarle, pero no le voy a decir porque puede desmayarse del impacto. 

—No te quito razón. —Vuelvo a bostezar y siento mis ojos cerrarse—. Oye, voy a dormir un rato. Te llamo esta noche si salgo vivo de mi encuentro con mamá y papá. 

¡Adiós, papito! —canturrea y cuelga antes de que pueda decir algo. 

Me quedo dormido no sé por cuánto tiempo, pero el sol está en su punto más alto cuando despierto. Miro la hora en el reloj de aguja de mi pared, constatando que es 1 p.m.

Mi móvil empieza a sonar y lo tomo, descubriendo varias llamadas perdidas de Megan. El sonido debió haberme despertado hace un minuto. Deslizo el dedo sobre la pantalla y me llevo el aparato a la oreja. 

—Meg, ¿qué pasa?

Tyler, gracias a Dios —jadea y me siento al escucharla alterada—. Es Charlie, creo que ha tenido un ataque de pánico. Pensé que estaba durmiendo, pero llegó a la cocina diciendo que no podía respirar. Lo ayudé a salir del ataque, pero tengo miedo de que vuelva a pasar. Llamé a mi terapeuta a su psicóloga y nos dio un espacio de diez minutos para hoy, ¿puedes venir con nosotros? Charlie quiere que estés allí. 

No tiene ni que preguntar. De hecho, iba a decirle que los recogería para ir juntos. 

—Claro que iré, no voy a dejarlos solos. 

Gracias. 

Escuece escuchar el alivio en su voz, pero supongo que tendré que demostrar que puede confiar en mí. 

—¿A qué hora debo pasar por ustedes?




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