Reencuentro IncÓmodo

Lo que el mar no arrastra

Sofía ya no contaba los días.
Porque por primera vez en mucho tiempo, no sentía que le debía explicaciones a nadie.
Ni a Tomás.
Ni a Lucas.
Ni a su pasado.

Estaba escribiendo.
Mucho.
A ratos con furia, a ratos con calma.
Sus emociones salían desordenadas, como la habitación en la que vivía.
Y aun así, todo tenía sentido.

---

Esa tarde, cuando el sol empezaba a dorar la orilla con ese color que parecía prometer que todo iba a estar bien, escuchó una voz familiar detrás de ella.

—No vine a rogarte. Ni a convencerte. Sólo a cerrar el círculo… o abrir uno nuevo, si querés.

Sofía se giró.
Tomás.
Con una mochila, ojeras sinceras, y esa mirada que hablaba antes que él.

—¿Quién te dijo que estaba acá?

—Tu amiga Clara. Le juré que no venía a romperte la paz.
Y si te incomoda, me voy.

Sofía no respondió de inmediato.

—¿Qué hacés acá, Tomás?

Él se acercó, con cuidado. Como si el aire mismo entre ellos pudiera romperse.

—Vengo a decirte algo que debí decirte antes.
Y esta vez, no espero que me contestes.
Sólo… quiero que lo sepas.

Ella lo miró, sin moverse.
El mar golpeaba suave detrás de él, como música de fondo escrita por el destino.

Tomás sacó un papel del bolsillo.
Pero no era una carta.
Era un contrato editorial.

—Lucas me dijo que había una editorial interesada en vos. Lo busqué. Lo hablé. Le dije que te dejaran escribir sin condiciones, sin reescrituras, sin convertir tu historia en “contenido viral”.

—¿Hablaste con Lucas?

—Sí. Y fue incómodo. Pero maduro.

Sofía no supo qué decir.

Tomás le extendió el papel.

—Tu historia… merece salir al mundo. Pero sólo si es tuya. Yo no quiero ser el protagonista. Quiero ser el lector. El que se emociona en la página 20 y se queda esperando la 21.

—¿Y si te escribo en ella?

—Entonces me vas a encontrar… en la última página, con la misma sonrisa que tengo ahora.

Sofía lo miró.
Caminó hacia él.
No lo besó. No lo abrazó.
Lo miró. Con todo lo que había vivido, llorado, dolido, reído.

—¿Sabés qué quiero, Tomás?

—¿Qué?

—Una vida sin guion. Sin cámaras. Sin escenas perfectas.
Quiero problemas reales, peleas estúpidas, reconciliaciones lentas.
Quiero escribir un libro contigo, pero que se parezca más a una bitácora que a una novela.
Y si algún día deja de funcionar…
que podamos cerrarlo sin culpas, sabiendo que lo dimos todo.

Él sonrió.
—Entonces escribámoslo.

Ella le tendió la mano.
Él la tomó.

Y caminaron por la playa.
Sin aplausos.
Sin likes.
Sin testigos.

Sólo ellos.
Y el mar.
Que, esta vez, no se los llevó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.