El pitido del monitor cardíaco era el metrónomo de una vida que Ángela Ferreti ya no debería poseer. Al abrir los ojos, la claridad del hospital no le trajo paz, sino una descarga eléctrica de recuerdos que no encajaban.
El aire entró en sus pulmones con un ardor insoportable, pero no olía a asfalto quemado ni a lluvia. Olía a antiséptico de lujo y gardenias frescas.
Ángela abrió los ojos. El techo no era el de una ambulancia, sino una cúpula pintada a mano con querubines. Intentó mover sus manos y las sintió ligeras, delicadas, con una manicura francesa que ella no había tenido tiempo de hacerse.
Ángela recordaba el fuego de su propio accidente, el sabor a sangre y la traición de su pasado. Ella no escuchaba. Sus oídos pitaban. Intentó incorporarse, pero un dolor agudo en las costillas la ancló a las sábanas de seda de mil hilos. Pero al mirar sus manos sobre la sábana, vio una piel de porcelana sin una sola de las cicatrices que debían estar. En su dedo anular reposaba un diamante del tamaño de una uva pesaba como una cadena de plomo.
Se deshizo de los cables con movimientos bruscos, ignorando las protestas del personal médico. Necesitaba verse. Necesitaba entender qué broma macabra le estaba jugando el destino.
Le acercaron uno y al ver su reflejo, Ángela casi lo suelta. El rostro que le devolvía la mirada era de una belleza dolorosa piel translúcida, una nariz pequeña y perfecta, y unos ojos verdes tan grandes que parecían devorar su cara. Era la imagen viva de la vulnerabilidad.
«¿Ciara?». El nombre resonó en su cabeza como una campana fúnebre. Ángela cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, vio dos hilos de vida cortarse al mismo tiempo. Entonces, como un libro abriéndose a la fuerza en su mente, lo entendió estaba en la habitación de “Cadenas de Oro”, la novela romántica que solía leer en sus escasas horas libres para escapar de su propia miseria.
Ella ya no era Ángela. Ahora era Ciara Del Vecchio, la protagonista trágica destinada a sufrir 500 páginas de humillaciones antes de un final mediocre. Era Ciara Del Vecchio. La mujer del libro. La "muñeca decorativa" de Ignacio. La protagonista que estaba destinada a morir en el capítulo noventa y seis.
Se sento, ignorando el mareo producto del dolor. Sabía lo que venía ahora. Según el libro, en este capítulo, el "héroe" masculino entraría para recordarle lo insignificante que era.
El aroma a antiséptico siempre le había parecido el olor del fracaso. Para Ignacio Del Vecchio, acostumbrado a que el mundo se doblegara ante su presencia, el hospital era el único lugar donde su voluntad no dictaba las leyes.
Caminó por el pasillo de la clínica privada con la elegancia depredadora que lo caracterizaba. Los médicos se hacían a un lado, las enfermeras bajaban la vista. Él era, a ojos de todos, un dios caminando entre mortales. Un dios con muy poca paciencia.
Ignacio lo cortó con un gesto seco de la mano. No le interesaban los milagros, le interesaba el orden. Y Ciara, su esposa, siempre había sido una pieza desordenada en su tablero, demasiado frágil, demasiado devota, siempre mendigando una mirada que él no tenía interés en darle.
La puerta se abrió con la violencia coreografiada de un hombre que se sabe dueño del mundo. Ignacio Del Vecchio, el hombre descrito como la "encarnación de los dioses" estaba allí, en carne y hueso, su arrogancia hacia vibrar las paredes, entró con el abrigo largo todavía puesto, rodeado de un aura de poder y arrogancia que congeló el aire. No se acercó a la cama; se quedó en el centro de la estancia, mirando su reloj de pulsera con una impaciencia que rayaba en la crueldad.
La mujer en la cama no se movió. Tenía la mirada fija en el ventanal, donde el atardecer de Roma teñía el cielo de un rojo violento. Ciara siempre solía sobresaltarse cuando él entraba, se arreglaba el cabello o intentaba sonreír para complacerlo. Esta vez, el silencio fue absoluto.
Ángela Ferreti, ahora habitando el cuerpo de Ciara, giró la cabeza lentamente. Sus ojos, antes nublados por la adoración, estaban ahora limpios, fríos y extrañamente distantes. Observó al hombre frente a ella era imponente, de una belleza casi insultante, letal, el tipo de hombre que quemaba todo lo que tocaba, mandíbula afilada, ojos de obsidiana y una boca que parecía no haber pronunciado una palabra amable en décadas. Era más alto de lo que la narrativa sugería, traje a medida y una expresión de aburrimiento y su aura de desinterés era tan densa que casi se podía tocar.