Ignacio salió de la habitación del hospital con el paso firme pero sus pasos que siempre habían sido firmes y rítmicos, se sentían extrañamente pesados porque por dentro, un ruido sordo de estática le nublaba los pensamientos.
¿Qué demonios ha sido eso?, se preguntó, apretando la mandíbula hasta que le dolió.
Su frustración no nacía del insulto aunque la palabra "idiota" todavía le escocía en los oídos como un latigazo, sino de la pérdida de la predictibilidad. Ignacio conocía a Ciara también como conocía sus balances bancarios, era una variable constante. Sabía cuándo iba a llorar, conocía el tono exacto de su súplica y la forma en que ella siempre sin falta, buscaba su aprobación antes de respirar. Pero esa mujer de adentro... esa mujer no buscaba nada.
Se detuvo frente al ventanal del pasillo, viendo su propio reflejo en el cristal. Era el hombre que todos conocían, la encarnación de los dioses, impasible y perfecto siempre pero por primera vez en su vida esa mujer le hizo sentir fuera de lugar.
¿Cómo se atreve? pensó, y una llamarada de ira le subió por el cuello. ¿Cómo se atreve a mirarme como si fuera un estorbo? ¿Como si yo fuera el que necesita su permiso para existir?.
Lo que más le irritaba era la ausencia de miedo, Ignacio se alimentaba del respeto y el temor ajeno, era su moneda de cambio. La antigua Ciara temblaba ante su silencio, esta nueva versión lo había ignorado como si fuera un mueble barato. Había una frialdad en sus ojos verdes que no era la frialdad de la tristeza, sino la del acero. Una confianza que él no le había dado permiso de tener.
Es un truco. Tiene que serlo, razonó, intentando recuperar la calma. Ha leído algún libro de autoayuda o el golpe en la cabeza le ha soltado un tornillo. Cree que si se hace la difícil, finalmente me tendrá a sus pies. Cree que el desinterés es una estrategia para llamar mi atención.
Pero mientras subía a la parte trasera de su coche, una duda venenosa se instaló en su pecho. Si esa era una estrategia, era la mejor que había visto en su vida. No había ni un rastro de duda en su voz, ni una grieta en su postura, cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria, dejando a sus guardaespaldas en un silencio tenso. No encendió la pantalla para revisar las acciones de la bolsa ni atendió las tres llamadas perdidas de su abogado. Se quedó mirando el reflejo de sus propios ojos en el cristal tintado.
¿Quién era esa? se preguntó, y el pensamiento le supo a hiel. No era Ciara, no podía serlo. Ciara era un estanque de agua mansa que se agitaba con el menor de sus soplos, ella vivía para descifrar sus silencios, para anticiparse a sus deseos, para pedir perdón incluso cuando él era el que la hería con su indiferencia. Aquella mujer en la habitación... aquella mujer lo había mirado como si él fuera un inconveniente menor en su agenda.
Ignacio golpeó el reposabrazos de cuero con el puño. Se sentía como un ajedrecista que tras años de jugar contra el mismo oponente predecible, de repente se encuentra con que el peón se ha convertido en una reina y le ha dado un jaque sin previo aviso.
Ignacio apretó los puños sobre sus rodillas. La curiosidad, ese sentimiento que siempre había considerado una debilidad humana, empezó a enroscarse en su alma como una serpiente. Quería saber qué había pasado en esos minutos de muerte clínica. ¿Qué vio? ¿Qué cambió? ¿O es que siempre fue así y él fue demasiado arrogante para notarlo?
Un pensamiento oscuro y posesivo comenzó a desplazar a la lógica No importa quién sea ahora. Eres mía. Y si ha decidido que ya no me venera, entonces voy a obligarla a que vuelva a mirarme, aunque sea para odiarme. Pero no volverá a ignorarme.
Pero muy en el fondo, donde no quería admitirlo, Ignacio sintió un pulso de adrenalina que no experimentaba en años. La muñeca que había moldeado se había roto, y lo que había debajo era mucho más interesante de lo que estaba dispuesto a confesar.
Su concentración el resto del dia estuvo en la mujer que estaba en la clínica, frente al espejo de su vestidor privado, Ignacio Del Vecchio se desabrochó los puños de la camisa con una violencia que delataba el caos en su interior. Sus manos, que habían firmado acuerdos de millones sin un solo temblor, estaban cargadas de una energía eléctrica y desconocida.
Su mente, siempre lógica y fría, intentaba desesperadamente clasificar lo que había ocurrido. La negación seguía ahí, martilleando Es el trauma. El cerebro ha creado un mecanismo de defensa para no romperse. Mañana volverá a ser ella. Pero la curiosidad peligrosa era más fuerte, ya no era solo el desafío verbal de ella, era su aura.
Esa mujer no ocupaba el espacio como Ciara. Ciara se encogía, pedía permiso con la mirada, se disculpaba por su simple existencia, la mujer que lo había echado de esa habitación se expandía, lo miraba desde una altura moral que él no le había otorgado.
Él era el sol de su sistema solar. Ella, un satélite que giraba a su alrededor por inercia. O eso creía. Lo que más lo descolocaba no era su rebeldía, la rebeldía se puede aplastar sino su frialdad. Era una elegancia que él reconocía, una que él mismo usaba para destruir a sus rivales en los negocios. Verla aplicada en su contra, por la mujer que antes se deshacía bajo su toque, era como si alguien hubiera cambiado las reglas del ajedrez a mitad de la partida sin avisarle.