Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 3. EL FIN DE LA VENERACIÓN.

El aroma a sándalo y tabaco caro inundó la habitación antes de que él cruzara el umbral. Ignacio Del Vecchio no tocaba la puerta, él era el dueño de las paredes, del aire y, hasta hacía cuatro días, de la mujer que ocupaba esa cama.

Ángela, en el cuerpo de Ciara, ni siquiera levantó la vista del libro que estaba leyendo. Sus dedos pasaron la página con una parsimonia que a Ignacio le resultó insultante.

  • Te han dado el alta - dijo él, con esa voz profunda que solía hacer que la antigua Ciara temblara de deseo y miedo - Mañana volvemos a la mansión. Prepárate, no quiero retrasos.

Ángela cerró el libro despacio. Sus ojos, antes llenos de una adoración empalagosa, ahora lo recorrieron con la frialdad de un forense analizando un cadáver.

  • No volveré a la mansión, Ignacio - respondió ella. Su voz era clara, sin el tartamudeo habitual - He dispuesto que trasladen mis cosas al ala este del pabellón de invitados o mejor aún a la propiedad de la costa. Necesito espacio, mucho espacio.

Ignacio se tensó. Dio un paso hacia la cama, proyectando esa sombra de "encarnación divina" que todos temían.

  • ¿Espacio? - soltó una risa seca, carente de humor - ¿De qué hablas? Soy tu esposo. Tu lugar es en mi habitación, a mi disposición, como siempre ha sido. Agradece que el accidente no te quitó el juicio, aunque parece que te ha dado delirios de grandeza.

Ángela se levantó de la cama. El cuerpo de Ciara protestó con un leve mareo y una punzada de calor al tenerlo tan cerca, la maldita memoria celular, pero Ángela obligó a sus piernas a mantenerse firmes. Se acercó a él hasta que solo unos centímetros los separaron.

  • Ese es tu primer error, Ignacio, creer que estar a tu disposición es mi estado natural - ella le sostuvo la mirada, algo que Ciara jamás habría hecho - El accidente no me volvió loca, me despejó la vista. No soy un mueble de tu colección, ni un altar donde puedes venir a descargar tu mal humor.

Ignacio la tomó del mentón, apretando con una fuerza que buscaba la vieja chispa de miedo pero no la encontró.

  • ¿Qué te pasa? - gruñó él, su curiosidad empezando a mutar en algo más oscuro - ¿Crees que porque casi te mueres ahora puedes desafiarme? Me perteneces, Ciara.

Ángela le apartó la mano de un golpe seco, con una dignidad que lo dejó estupefacto.

  • Mi nombre en un papel inservible es lo único que te pertenece - sentenció ella, dándole la espalda para volver a su lectura - Desde hoy, tú y yo solo compartimos un apellido y un contrato legal. No habrá cenas juntos, no habrá visitas nocturnas y sobre todo no habrá más veneración. Si buscas a alguien que se arrodille ante ti, te sugiero que compres un perro. Ahora, sal de aquí. Tengo que terminar este capítulo y no quiero que ningun idiota me distraiga.

Ignacio se quedó estático, el silencio impuesto por ella era denso, casi asfixiante pero la mujer frente a él lo habitaba con una calma que él encontraba antinatural. Por primera vez en su vida, el "Dios" no sabía qué decir. El desprecio en los ojos de ella no era fingido, era real.

La chiquilla débil se había ido, y la mujer que la reemplazó acababa de encender una hoguera de la que él ya no sabía cómo escapar.

  • No voy a repetirlo, Ciara - dijo él, bajando el tono de voz a una advertencia peligrosa -Deja este juego de roles. No sé qué pretendes con este desplante de altivez, pero la paciencia no es una de mis virtudes.

Ángela dejó el libro sobre su regazo y lo miró. No había rastro de ira en sus facciones, solo una cortesía distante, como la que se le dedica a un vendedor persistente al que no se piensa comprar nada.

  • La paciencia es una virtud de los hombres centrados, Ignacio. Y tú siempre te has jactado de serlo, ¿no es así? - Ella inclinó levemente la cabeza, observando la tensión en los hombros de él - No es un juego. Es, simplemente, un ajuste de expectativas. Durante años, esta relación se basó en tu desinterés y mi devoción. He decidido que ese equilibrio era... ineficiente.

Ignacio entrecerró los ojos, acercándose al borde de la cama.

  • ¿Ineficiente? Hablas como si fueras un extraño analizando un balance de cuentas.
  • Exactamente - respondió ella con una sonrisa mínima que no llegó a sus ojos - Considera que he hecho una auditoría de mi vida tras ver la muerte de cerca. El resultado es que ya no me interesa tu atención, ni tus migajas de tiempo, ni mucho menos tu aprobación. Puedes seguir siendo el "Dios" que todos temen no me importa, pero ya no tienes fieles en esta habitación.

Él extendió la mano, buscando rozar su cuello, quizás para comprobar si su pulso la traicionaba como siempre. Ángela no retrocedió simplemente lo miró fijo, con una fijeza que lo hizo detenerse a milímetros de su piel.

  • No me toques a menos que yo lo autorice, Ignacio. Y dudo que eso ocurra en un futuro cercano - dijo ella, con una voz tan suave como la seda y tan fría como el acero - Ahora, si me disculpas, el esfuerzo de hablar contigo me resulta agotador. Cuando salgas, dile a la enfermera que traiga mi té.

Ignacio retiró la mano, sintiendo un vacío extraño donde antes esperaba encontrar sumisión. Ella ni siquiera esperó a que él se fuera retomó su lectura, borrándolo por completo de su campo visual.

Él salió de la habitación con el rostro imperturbable, pero por dentro, algo se había roto. No era rabia lo que sentía, era una curiosidad obsesiva. Esa mujer tenía el rostro de su esposa, pero el alma parecía pertenecer a una reina que lo miraba desde un trono al que él no tenía acceso.

Y mientras salía de la habitación, con la sangre hirviéndole por el insulto, sintió algo que lo horrorizó, un latido acelerado de fascinación.




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