El día de su alta, el vestíbulo del hospital se convirtió en un fosa de hienas hambrientos dispuesto a devorar y ella era la presa seleccionada. Los flashes eran ráfagas de artillería y el ruido de las preguntas se mezclaba en un rugido caótico.
Pero a Ciara ese escena la hubiera alterado pero Ángela Ferreti no solo sabía lo que era ser una modelo, sabía lo que era ser una marca que muchos querían destruir. Había sobrevivido a tabloides y a la carnicería de la industria de la moda estos periodistas eran simples principiantes comparados con los tiburones que la habían acosado en las pasarelas de Milán.
Respiro y una pequeña sonrisa apenas perceptible a la vista se le dibujo en el rostro.
Cada palabra era pronunciada con la finalidad de destruir su confianza.
Ignacio caminaba a su lado, con la cara tensa y una mano firme en su hombro, fingiendo una protección que Ángela despreciaba, a pocos metros, apoyada contra una columna estaba Bianca, la artifice de todo este espectáculo y la mujer con la que Ignacio mantenía ese romance apenas oculto. Tenía una sonrisa de suficiencia, esperando ver a la Ciara de siempre, la que se cubriría la cara, lloraría y saldría huyendo en busca de compasión.
Pero Ángela Ferreti no sabía lo que era la vergüenza, ella había desfilado en ese escenario muchísimas veces y sabia perfectamente que el que baja la cabeza primero expone su nuca y es devorado.
Se detuvo en seco en lo alto de la escalinata. El movimiento fue tan brusco que Ignacio tropezó un paso antes de detenerse. Ángela se quitó las gafas de sol oscuras con una lentitud teatral, revelando unos ojos que no tenían ni rastro de la derrota que la prensa buscaba, estaban fríos, afilados y hambrientos porque ella no era una hiena era el lobo en esa jaula.
La prensa enmudeció por un segundo. Bianca, desde las sombras, borró su sonrisa.
Ignacio la miró, atónito. No reconocía a la mujer que sostenía su brazo, no era un espacio vacío, era una llamarada que apenas empezaba crearse.
Bajó las escaleras con una gracia insultante, dejando a los periodistas aturdidos y a una Bianca lívida. Ángela no salió del hospital como una víctima salió como una dueña que acaba de descubrir que el mundo entero está en oferta.
El coche oficial de los Del Vecchio esperaba al pie de la escalinata con la puerta abierta por un chofer que no se atrevía a mirar la escena. Bianca, en un intento desesperado por retomar el control y marcar territorio, caminó con paso rápido y se dispuso a entrar al asiento trasero, justo antes que Ángela.
Ángela no se inmutó. Con la elegancia de quien detiene un desfile con un solo gesto, puso su mano enguantada sobre la de Bianca, impidiéndole abrir la puerta del todo. Los flashes se intensificaron los periodistas olían la sangre, esperaban que ella perdiera el control.
Ángela giró la cabeza hacia Ignacio, quien estaba paralizado entre la presión de los medios y el desafío de su esposa.
El silencio de Ignacio duró apenas tres segundos, pero para Bianca fue una eternidad. Él miró la multitud de lentes apuntándoles y luego la mirada gélida y dominante de Ángela sabía que si se iba con Bianca, el valor de sus acciones caería por los suelos antes de llegar a casa.
Sin decir una palabra, Ignacio apartó suavemente el brazo de Bianca de la puerta.