El coche se detuvo frente a la escalinata con la precisión de un verdugo. Ángela descendió del vehículo no como una sobreviviente, sino como una conquistadora. Al cruzar el umbral de la mansión, el aire cambió, los empleados, acostumbrados a la Ciara errática y sumisa, se habían alineado en el vestíbulo con expresiones que oscilaban entre la lástima y el morbo.
Ángela se detuvo en seco. Su mirada recorrió a los presentes con un frío que congeló el murmullo de fondo.
La mujer retrocedió, bajando la vista por primera vez en años.
Un joven mayordomo, el favorito de Ignacio soltó una risita ahogada detrás de su guante blanco. Fue un sonido breve, cargado de un desdén que Ángela reconoció al instante, era el mismo tono de superioridad con el que Marco solía humillarla en su otra vida, Ángela giró la cabeza con una lentitud depredadora. Su mirada no tenía el rastro de lágrimas de Ciara, sino el frío ártico de quien ya ha muerto una vez.
El joven recuperó la compostura, pero mantuvo una sonrisa arrogante.
El aire en el vestíbulo pareció congelarse, el resto del personal contuvo el aliento Ángela se detuvo a centímetros de él, obligándolo a bajar la vista ante la intensidad de sus ojos.
El mayordomo soltó una carcajada auténtica esta vez, mirando a sus compañeros.
La sonrisa de Julián se desvaneció. El miedo reemplazó a la arrogancia cuando se dio cuenta de que la mujer frente a él no estaba bromeando. Miró en dirección de Ignacio buscando apoyo, pero este solo era un observador, observando con una fascinación oscura cómo su muñeca acababa de degollar simbólicamente a su empleado más fiel.
Ángela se volvió hacia el resto del personal, que ahora temblaba en sus puestos.
Ignacio, que observaba la escena con una sonrisa cínica, aplaudió lentamente.
Ángela levantó la vista, no hubo rastro de dolor ante el sarcasmo de su marido.
Él la tomó del brazo, intentando recuperar el control.
Ángela se zafó del agarre con un movimiento seco y lo miró directamente a los ojos. En ese momento, Ignacio vio algo que lo hizo soltarla una oscuridad absoluta, una inteligencia depredadora que Ciara nunca poseyó.
Ángela miró a Ignacio, quien la observaba con una mezcla de furia y una fascinación involuntaria. El hombre que siempre la había ignorado ahora no podía apartar los ojos de ella.
Dejó a Ignacio mudo en el pasillo, subió las escaleras con paso firme, ignorando el cansancio de su cuerpo y entró en su suite, cerrando la puerta con un golpe que resonó en toda la mansión. La muñeca no solo se había despertado, había tomado el control de la casa.
Ignacio no se detuvo en el pasillo. La furia, mezclada con una atracción desconocida y violenta por esta nueva versión de su esposa, lo empujó a seguirla. Cuando Ángela entró en la habitación principal, él empujó la puerta con fuerza, haciendo que rebotara contra la pared con un golpe seco.
Ángela se giró lentamente mientras se desabrochaba una de sus joyas. Lo miró con una indiferencia que terminó de desquiciarlo.