Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 6. LIMPIEZA DE SANGRE

El coche se detuvo frente a la escalinata con la precisión de un verdugo. Ángela descendió del vehículo no como una sobreviviente, sino como una conquistadora. Al cruzar el umbral de la mansión, el aire cambió, los empleados, acostumbrados a la Ciara errática y sumisa, se habían alineado en el vestíbulo con expresiones que oscilaban entre la lástima y el morbo.

  • Señora... ¿necesita que la ayudemos a subir a su habitación? - preguntó una empleada con un tono condescendiente, extendiendo una mano como quien ayuda a un niño inválido.

Ángela se detuvo en seco. Su mirada recorrió a los presentes con un frío que congeló el murmullo de fondo.

  • A partir de este segundo - su voz sonó clara, sin el temblor que solía caracterizar a Ciara - nadie me toca sin mi permiso y nadie me habla con ese tono de lástima. Si quieren conservar su empleo, dejen de mirarme como a un animal herido y empiecen a actuar como si trabajaran para una mujer que acaba de sobrevivir a lo que a cualquiera de ustedes habría matado.

La mujer retrocedió, bajando la vista por primera vez en años.

Un joven mayordomo, el favorito de Ignacio soltó una risita ahogada detrás de su guante blanco. Fue un sonido breve, cargado de un desdén que Ángela reconoció al instante, era el mismo tono de superioridad con el que Marco solía humillarla en su otra vida, Ángela giró la cabeza con una lentitud depredadora. Su mirada no tenía el rastro de lágrimas de Ciara, sino el frío ártico de quien ya ha muerto una vez.

  • ¿Te resulta gracioso, Julián? - preguntó ella, caminando hacia él.

El joven recuperó la compostura, pero mantuvo una sonrisa arrogante.

  • Solo me preguntaba, señora, cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a lanzarse por otro acantilado por un poco de atención.

El aire en el vestíbulo pareció congelarse, el resto del personal contuvo el aliento Ángela se detuvo a centímetros de él, obligándolo a bajar la vista ante la intensidad de sus ojos.

  • Toma tus cosas y vete - dijo ella con una calma que aterraba - Estás despedido.

El mayordomo soltó una carcajada auténtica esta vez, mirando a sus compañeros.

  • Usted no tiene autoridad para despedirme. El señor Ignacio es quien decide quién se queda en esta casa, y él sabe que yo soy...
  • FUERA - EL grito de Ángela no fue un chillido histérico, fue una orden absoluta que retumbó en las molduras de oro del techo, Ignacio no es el que está frente a ti ahora. Yo soy la dueña de este apellido y por extensión de tu miserable sueldo. Si en cinco minutos no has cruzado esa puerta, haré que el equipo de seguridad te arrastre por el mármol hasta la calle. Y te aseguro que me aseguraré de que no encuentres trabajo ni limpiando establos en este país.

La sonrisa de Julián se desvaneció. El miedo reemplazó a la arrogancia cuando se dio cuenta de que la mujer frente a él no estaba bromeando. Miró en dirección de Ignacio buscando apoyo, pero este solo era un observador, observando con una fascinación oscura cómo su muñeca acababa de degollar simbólicamente a su empleado más fiel.

Ángela se volvió hacia el resto del personal, que ahora temblaba en sus puestos.

  • ¿Alguien más quiere compartir el chiste con Julián? - preguntó ella, recorriendo sus rostros con desprecio - ¿O prefieren empezar a trabajar para la mujer que realmente manda en esta casa?

Ignacio, que observaba la escena con una sonrisa cínica, aplaudió lentamente.

  • Bravo, Ciara. Un poco de teatro para el servicio. ¿Qué sigue? ¿Vas a exigir que te sirvan la cena de rodillas?

Ángela levantó la vista, no hubo rastro de dolor ante el sarcasmo de su marido.

  • Ignacio, ahórrate el cinismo - dijo ella, pasando por su lado sin detenerse - La prensa ahí fuera está escribiendo sobre mi renacimiento, si tienes un gramo de inteligencia empresarial, dejarás de tratarme como un estorbo y empezarás a tratarme como el activo más valioso que tienes ahora mismo.

Él la tomó del brazo, intentando recuperar el control.

  • Te estás olvidando de quién eres.

Ángela se zafó del agarre con un movimiento seco y lo miró directamente a los ojos. En ese momento, Ignacio vio algo que lo hizo soltarla una oscuridad absoluta, una inteligencia depredadora que Ciara nunca poseyó.

  • No, Ignacio. Por primera vez sé exactamente quién soy - sentenció - Tú eres el que todavía no se ha dado cuenta de que la mujer con la que te casaste se quedó en el fondo del acantilado. Ahora, apártate de mi camino. Tengo un imperio que revisar y a personas que destruir y si me estorbas, te incluiré en la lista de bajas.

Ángela miró a Ignacio, quien la observaba con una mezcla de furia y una fascinación involuntaria. El hombre que siempre la había ignorado ahora no podía apartar los ojos de ella.

  • Y tú, Ignacio - dijo Ángela mientras empezaba a subir las escaleras hacia la habitación principal - espero que tengas otro cuarto preparado. Porque en el mío, a partir de hoy, solo duermen quienes yo invito. Y tú no estás en la lista.

Dejó a Ignacio mudo en el pasillo, subió las escaleras con paso firme, ignorando el cansancio de su cuerpo y entró en su suite, cerrando la puerta con un golpe que resonó en toda la mansión. La muñeca no solo se había despertado, había tomado el control de la casa.

Ignacio no se detuvo en el pasillo. La furia, mezclada con una atracción desconocida y violenta por esta nueva versión de su esposa, lo empujó a seguirla. Cuando Ángela entró en la habitación principal, él empujó la puerta con fuerza, haciendo que rebotara contra la pared con un golpe seco.

  • ¡No he terminado contigo! - gritó Ignacio, cerrando la puerta tras de sí con llave - ¿Crees que puedes darme órdenes en mi propia casa? ¿Crees que ese golpe en la cabeza te dio el derecho de tratarme como a un subordinado?

Ángela se giró lentamente mientras se desabrochaba una de sus joyas. Lo miró con una indiferencia que terminó de desquiciarlo.

  • Baja la voz, Ignacio. No eres más que un ruido molesto en este momento - respondió ella, dándole la espalda de nuevo.




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