Ignacio entró en su despacho y cerró la puerta con una violencia que hizo vibrar las botellas de cristal de su mueble bar, el silencio de la habitación, que antes le resultaba un santuario de poder, ahora le parecía una jaula. Sus manos, habitualmente firmes para cerrar tratos millonarios, temblaban mientras servía un whisky doble, el líquido ámbar golpeó el fondo del vaso, pero el primer trago no quemó lo suficiente como para borrar el rastro de la mirada de ella.
Cada vez que cerraba los ojos, veía esa llama roja en las pupilas de Ciara, esa mezcla de desprecio y desafío que lo había dejado desarmado. Lo que más le enfurecía no era su insubordinación, sino la fascinación eléctrica que sentía recorrerle las venas. Había pasado años ignorándola, considerándola un accesorio decorativo,y ahora de repente no podía pensar en otra cosa que no fuera someterla... o ser consumido por ella.
Bebió el segundo vaso de un solo trago, el alcohol empezó a enturbiar su juicio, pero no su memoria. Recordaba el calor de su boca, el mordisco salvaje y la forma en que ella no se había quebrado ante su amenaza.
Ignacio hundió el cuerpo en su sillón, apretando el vaso de cristal hasta que sus nudillos perdieron el color. El ardor del whisky en su garganta era lo único que lograba anclarlo a la realidad, tenía que haber una explicación. Su mente, entrenada para la lógica fría de los negocios, se negaba a aceptar que una persona pudiera cambiar su esencia de un segundo a otro.
Trató de diseccionar la situación como si fuera un informe de riesgos. La Ciara que él conocía era frágil, dependiente, una mujer cuya máxima aspiración era una mirada de aprobación que él rara vez le concedía. La mujer que acababa de perseguirlo por el pasillo, en cambio, era un incendio forestal.
Se convenció de que ese fuego en sus ojos era solo adrenalina residual, una respuesta química a la cercanía de la muerte. Esa fascinación que él sentía no era más que la curiosidad biológica ante un animal herido que de repente, se vuelve peligroso.
—Mañana despertará siendo la misma de siempre - murmuró, aunque su voz no sonaba del todo convencida - Mañana volverá a llorar, volverá a pedirme perdón solo tengo que esperar a que el efecto del accidente se pase.
Pero mientras más intentaba racionalizarlo, más recordaba la presión de sus labios y la forma en que ella no había retrocedido ni un milímetro. La lógica le decía que era un síntoma médico pero su instinto, sin embargo, le advertía que acababa de meter un demonio en su casa pero más que eso en su propia cama.