Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 9. EL LENGUAJE DE LA SEDA

El sol apenas comenzaba a filtrarse por las pesadas cortinas de la mansión cuando Ángela se puso en marcha, no llamó al servicio no quería manos temblorosas ayudándola, quería hacerlo ella misma. Era un ritual de exorcismo.

Abrió las puertas del vestidor, un espacio del tamaño de un apartamento de lujo, lleno de estantes con vestidos en tonos pastel, faldas por debajo de la rodilla y zapatos de tacón sensato ropa diseñada para pasar desapercibida, para ser la sombra elegante de un hombre poderoso.

  • Horrible - susurró Ángela, arrancando un vestido de seda rosa pálido de su percha - Esto no es ropa, es un uniforme de rendición.

Con una energía frenética, comenzó a vaciar los estantes, lanzaba las prendas al suelo en un montón caótico, los cárdigan de cachemira que Constanza le había obligado a usar, los trajes de cóctel aburridos que Bianca solía criticar y aquel vestido manchado de vino que Ciara nunca se atrevió a tirar

Cuando el vestidor quedó vacío y frío, Ángela bajó al jardín trasero, arrastrando una enorme maleta. Ignacio, que salía hacia su despacho con el rostro demacrado por la falta de sueño y el alcohol, se detuvo en seco al ver la escena.

  • ¿Qué estás haciendo ahora, Ciara? - preguntó él, observando cómo ella amontonaba la ropa sobre el pozo de piedra decorativo del jardín.

Ángela no respondió. Roció un acelerante sobre la montaña de seda y encaje. Luego, con una calma que erizó la piel de Ignacio, encendió un fósforo.

  • Se acabó el luto por una mujer que nunca vivió -dijo ella mientras las llamas naranjas lamían el tejido rosa - Estoy quemando a la víctima, Ignacio. Estoy quemando cada vez que te pidió perdón por existir.
  • ¡Esa ropa vale una fortuna! - gritó él, acercándose, pero el calor del fuego lo obligó a retroceder.
  • No - lo cortó ella, mirándolo a través de las brasas - No valía nada, porque no tenía alma apartir de hoy si quieres verme a tu lado, tendrás que acostumbrarte a una nueva estética, una que te recuerde cada segundo que ya no tienes el control.

El humo negro se elevaba hacia el cielo matutino, visible para todo el personal y seguramente para los vecinos de la exclusiva zona. Ángela se dio la vuelta, dejando que el fuego consumiera el pasado de Ciara, y caminó hacia Ignacio.

  • Dile a tu chofer que me prepare el coche - ordenó, limpiándose una mancha de ceniza de la mejilla con una elegancia letal - Voy a la ciudad, necesito una armadura nueva y voy a usar tu tarjeta de crédito ilimitada para comprarla, consideralo un pago inicial por los años que le robaste a la mujer que dormía en esta jaula.

Ignacio se quedó allí, mudo, viendo cómo los restos de la seda de su esposa se convertían en ceniza volátil, dándose cuenta de que la mansión Del Vecchio nunca volvería a ser un lugar tranquilo.

Ángela entró en Atelier V con la zancada de quien no acepta un no por respuesta. El gerente, acostumbrado a la Ciara que siempre bajaba la mirada y se disculpaba por existir, se acercó con una sonrisa que destilaba una falsa cortesía.

  • Buenos días, señora Del Vecchio - dijo el gerente con una sonrisa condescendiente - hemos recibido una colección de vestidos florales que le sentarían...
  • No - lo cortó Ángela, sin siquiera mirarlo - Traiga un café cargado, cierre la tienda para el resto del público y llame a mi estilista personal. Ahora.

El gerente parpadeó, confundido por el tono de mando que jamás había escuchado en la ratoncita de los Del Vecchio.

  • Cierre la tienda - interrumpió Ángela, su voz era un látigo de terciopelo - Y traiga a su mejor colorista mejor. Ahora mismo.

El gerente tartamudeó una excusa, pero la mirada de Ángela lo dejó mudo. En cuestión de minutos, ella estaba sentada frente al espejo, rodeada de asistentes que no sabían si ofrecerle champán o salir corriendo.

  • Quiero un cambio - dijo, señalando su melena castaña, el orgullo de la familia Del Vecchio - Pero no voy a cortarlo, quiero que cada centímetro de este cabello me recuerde que ya no soy la mujer que se esconde en las sombras.
  • ¿Qué tiene en mente, señora? - preguntó el colorista, temblando al tocar las hebras que Ignacio Del Vecchio siempre había exigido mantener naturales.
  • Rubio pero no platino - sentenció ella - Un color que sea frío, que sea caro y que grite peligro a kilómetros de distancia, quiero que brille como el oro bajo el sol.
  • Pero, señora... a su esposo le encanta su cabello... - titubeó el hombre con las tijeras en la mano.

Ángela lo miró a través del espejo con una frialdad que lo hizo callar de inmediato.

  • A mi esposo le encanta el control, no mi cabello. Ya no necesito que nadie me acaricie la cabeza como a un perro faldero asi que cámbiale el tono. Quiero un rubio que le recuerde al mundo quien es Ciara.

El proceso tomó horas, Ángela observaba cómo los químicos devoraban el rastro de la antigua Ciara. Mientras tanto, ordenó que vaciaran los estantes de ropa, rechazó cada encaje y cada falda vaporosa.

Cuando el trabajo terminó, el estilista retiró la capa protectora su melena, ahora de un rubio gélido y deslumbrante, caía por su espalda como una cascada de luz ártica el contraste con su mirada oscura y endurecida era magnética. Cuando finalmente se puso de pie y se miró al espejo, la transformación fue absoluta, el cabello rubio resaltaba sus pómulos y la dureza de su mirada.

Ángela recorrió los percheros con la mirada clínica de quien ha vivido entre costuras de alta gama y editoriales de moda, ignoró los consejos del personal, que intentaban dirigirla hacia cortes clásicos y holgados. Ella conocía su nuevo cuerpo mejor que nadie Ciara tenía una estructura ósea exquisita y una cintura estrecha que siempre había estado escondida bajo capas de tela innecesarias

Ángela se enfocó en lo que ella, como modelo de élite, sabía que funcionaba el corte, la caída y la estructura. Bajo su dirección, el personal de la tienda comenzó a descartar todo lo que fuera bonito para centrarse en lo impactante.

  • Este - dijo, señalando un traje sastre en color crema con una caída de seda pesada que acariciaba sus caderas - Y ese vestido de cóctel negro con escote arquitectónico. Nada de encajes, nada de adornos. Que la tela hable por sí sola.




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