El sol apenas comenzaba a filtrarse por las pesadas cortinas de la mansión cuando Ángela se puso en marcha, no llamó al servicio no quería manos temblorosas ayudándola, quería hacerlo ella misma. Era un ritual de exorcismo.
Abrió las puertas del vestidor, un espacio del tamaño de un apartamento de lujo, lleno de estantes con vestidos en tonos pastel, faldas por debajo de la rodilla y zapatos de tacón sensato ropa diseñada para pasar desapercibida, para ser la sombra elegante de un hombre poderoso.
Con una energía frenética, comenzó a vaciar los estantes, lanzaba las prendas al suelo en un montón caótico, los cárdigan de cachemira que Constanza le había obligado a usar, los trajes de cóctel aburridos que Bianca solía criticar y aquel vestido manchado de vino que Ciara nunca se atrevió a tirar
Cuando el vestidor quedó vacío y frío, Ángela bajó al jardín trasero, arrastrando una enorme maleta. Ignacio, que salía hacia su despacho con el rostro demacrado por la falta de sueño y el alcohol, se detuvo en seco al ver la escena.
Ángela no respondió. Roció un acelerante sobre la montaña de seda y encaje. Luego, con una calma que erizó la piel de Ignacio, encendió un fósforo.
El humo negro se elevaba hacia el cielo matutino, visible para todo el personal y seguramente para los vecinos de la exclusiva zona. Ángela se dio la vuelta, dejando que el fuego consumiera el pasado de Ciara, y caminó hacia Ignacio.
Ignacio se quedó allí, mudo, viendo cómo los restos de la seda de su esposa se convertían en ceniza volátil, dándose cuenta de que la mansión Del Vecchio nunca volvería a ser un lugar tranquilo.
Ángela entró en Atelier V con la zancada de quien no acepta un no por respuesta. El gerente, acostumbrado a la Ciara que siempre bajaba la mirada y se disculpaba por existir, se acercó con una sonrisa que destilaba una falsa cortesía.
El gerente parpadeó, confundido por el tono de mando que jamás había escuchado en la ratoncita de los Del Vecchio.
El gerente tartamudeó una excusa, pero la mirada de Ángela lo dejó mudo. En cuestión de minutos, ella estaba sentada frente al espejo, rodeada de asistentes que no sabían si ofrecerle champán o salir corriendo.
Ángela lo miró a través del espejo con una frialdad que lo hizo callar de inmediato.
El proceso tomó horas, Ángela observaba cómo los químicos devoraban el rastro de la antigua Ciara. Mientras tanto, ordenó que vaciaran los estantes de ropa, rechazó cada encaje y cada falda vaporosa.
Cuando el trabajo terminó, el estilista retiró la capa protectora su melena, ahora de un rubio gélido y deslumbrante, caía por su espalda como una cascada de luz ártica el contraste con su mirada oscura y endurecida era magnética. Cuando finalmente se puso de pie y se miró al espejo, la transformación fue absoluta, el cabello rubio resaltaba sus pómulos y la dureza de su mirada.
Ángela recorrió los percheros con la mirada clínica de quien ha vivido entre costuras de alta gama y editoriales de moda, ignoró los consejos del personal, que intentaban dirigirla hacia cortes clásicos y holgados. Ella conocía su nuevo cuerpo mejor que nadie Ciara tenía una estructura ósea exquisita y una cintura estrecha que siempre había estado escondida bajo capas de tela innecesarias
Ángela se enfocó en lo que ella, como modelo de élite, sabía que funcionaba el corte, la caída y la estructura. Bajo su dirección, el personal de la tienda comenzó a descartar todo lo que fuera bonito para centrarse en lo impactante.