Ignacio se quedó solo en la recepción viéndola marcharse y por un momento la realidad lo golpeó, no le creía ni una palabra, no creía en milagros, ni en despertares espirituales, ni mucho menos en que un accidente de coche pudiera otorgar un doctorado en estrategia empresarial. En su mundo, todo tenía una causa y un efecto, la transformación era demasiado perfecta, demasiado quirúrgica, esa mujer no era una esposa despechada que había despertado, esa mujer que había cruzado la puerta era una profesional del engaño.
Giró sus pasos y regresó a su despacho y cerró la puerta con llave, se sentó en su escritorio de caoba frente a su monitor con la luz azul resaltando las ojeras de su rostro no llamó a la seguridad de la empresa, necesitaba algo más letal y discreto, abrió un compartimento oculto en el cajón inferior del que sacó un teléfono negro sin marca, de tecnología encriptada. Era el número que solo usaba para los asuntos más turbios de la corporación espionaje industrial, silenciamiento de escándalos y limpiezas de reputación.
Marcó un número privado de solo seis dígitos.
Hizo una pausa, recordando la mirada de hielo de Ciara.
Colgó el teléfono y miró hacia el horizonte de la ciudad, el juego había cambiado, Ignacio Del Vecchio no era un hombre que aceptara sorpresas y Ciara acababa de despertar al depredador que vivía en él.
Ignacio se quedó inmóvil, viendo cómo las luces de la ciudad titilaban como códigos indescifrables. El silencio de su despacho, antes un refugio de control, ahora se sentía como una jaula, lo que más le perturbaba no era la insolencia de Ciara, sino la ausencia absoluta de rastro de la mujer con la que se había casado.
La Ciara original era predecible su mirada siempre buscaba la aprobación de Ignacio, era un satélite que orbitaba alrededor de su voluntad, pidiendo perdón incluso por existir pero esta nueva Ciara... esta versión que caminaba con la espalda recta y hablaba con una cadencia de quien está acostumbrada a mandar, lo miraba como si él fuera un obstáculo menor en un plan mucho más grande.
Mientras tanto, en la suite de la mansión Del Vecchio, Ángela cerraba la puerta con un suspiro de alivio, se dejó caer en el diván de seda, observando sus manos finas. Todavía le resultaba surrealista que los párrafos de la novela que leyó antes de morir en su mundo se hubieran convertido en su realidad.
Ignacio Del Vecchio, el villano de sangre fría, pensó Ángela con una sonrisa amarga en el libro, Ciara moría de tristeza tras años de humillaciones, Ángela no pensaba seguir ese guion si iba a estar atrapada en este cuerpo, usaría la fortuna y el apellido Del Vecchio para construir el imperio que siempre quiso en su vida anterior, antes de que el exceso de trabajo y la traición de un hombre que juro amarla y protegerla le apagara el corazón.
El sonido de una notificación en su teléfono la sacó de sus pensamientos. Era un mensaje de la agenda personal de la antigua Ciara, un recordatorio para comprar el perfume favorito de Ignacio, Ángela borró el evento con un gesto seco.