Ignacio entró en la habitación sin llamar, sus emociones no estaban desbordadas como antes por el contrario caminaba con una calma gélida que era mucho más peligrosa. El aire en la habitación se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara él no había entrado como un esposo, sino como un inquisidor, su figura se recortaba contra el marco de la puerta, proyectando una sombra alargada que parecía querer devorar la luz cálida de las lámparas del tocador.
Ángela, en el cuerpo de Ciara no se movió de inmediato lo observó a través del espejo, apreciando la simetría de su rostro endurecido por la desconfianza. En la novela, este era el momento en que Ciara agacharía la cabeza, balbuceando disculpas por haberlo molestado con su presencia pero Ángela no conocía la sumisión.
El comenzó a caminar lentamente hacia ella, cada paso era medido, pesado como el de un depredador que sabe que su presa no tiene salida y se detuvo justo detrás de ella. En el reflejo, se veían como una pareja perfecta de la alta sociedad, pero la realidad era un campo de batalla.
Ángela se levantó con una lentitud deliberada el roce de su seda gris contra la piel se sintió como una armadura, se giró para enfrentarlo rompiendo la barrera del reflejo para sostenerle la mirada directamente, sus ojos ahora de un azul gélido y penetrante, no parpadearon.
Ignacio acortó la distancia final quedando a escasos centímetros de su rostro, el espacio entre ellos desapareció dejando solo el rastro de un perfume caro y la tensión de dos voluntades chocando. Él era más alto, más imponente pero Ángela no retrocedió se mantuvo firme, como si sus tacones estuvieran anclados al suelo de mármol.
Ignacio estiró una mano, rozando apenas el borde del cuello del vestido de Ángela con un dedo, un gesto que pretendía ser intimidante pero que solo delataba su propia obsesión.
Ángela sintió una oleada de adrenalina, no era miedo era el éxtasis de la confrontación. En su vida anterior como modelo de élite, había tratado con hombres mucho más peligrosos que Ignacio, hombres que creían que el dinero les daba derecho sobre las almas. Ella soltó una carcajada suave, un sonido melódico que llenó la habitación de una ironía hiriente.
Sin previo aviso, ella puso una mano sobre el pecho de Ignacio a través de la camisa de sastre, pudo sentir el latido acelerado de su corazón, él podía fingir calma pero su cuerpo lo estaba traicionado.
Ángela deslizó su mano hacia arriba, rodeando el cuello de Ignacio con una caricia que se sintió como el nudo de una soga.
El rostro de Ignacio se transformó, la calma gélida se rompió para dar paso a una furia oscura la tomó por la muñeca con una fuerza brusca, apretando con fuerza la piel delicada de Ciara, cualquier otra mujer habría gritado, pero Ángela ni siquiera se inmutó simplemente lo miró con curiosidad, como si estuviera analizando una reacción química interesante.
Ignacio mantuvo el agarre por unos segundos más, buscando en sus ojos algún rastro de la antigua Ciara alguna grieta de duda o terror, no encontró nada. Solo vio un vacío inteligente y una ambición que superaba la suya. Finalmente la soltó, como si el contacto le quemara.
Él dio un paso atrás recomponiendo su máscara de frialdad, pero sus ojos seguían fijos en ella marcándola como un objetivo.
Ángela no respondió se limitó a observar cómo se marchaba, escuchando el eco de sus pasos alejarse por el pasillo. Se giró de nuevo hacia el espejo y vio las marcas rojas en su muñeca no le dolían, eran trofeos.
La guerra fría en el dormitorio no era solo por el poder de una empresa, era una lucha por la supervivencia de la identidad y cada uno acababa de declarar sus frentes. Ignacio buscaba a una mujer que ya no existía y Ángela estaba ocupada construyendo una que él nunca podría dominar. En este mundo de ficción, ella no iba a ser la víctima que moría en la página cien, ella iba a ser la que escribiera la palabra Fin.