CAPITULO 16. EL PRECIO DE UN CABO SUELTO
En la planta baja el silencio de la mañana solo se rompía por el tintineo sutil de una cuchara de plata, Ángela revisaba unos informes de auditoría interna mientras tomaba su café negro, disfrutando de la amargura en su paladar. Escuchó los pasos pesados y rítmicos de Ignacio bajando las escaleras de mármol no levantó la vista, no le hacía falta sabía perfectamente que él la estaba diseccionando con la mirada desde el umbral del comedor.
- ¿Revisando mis balances, querida? - la voz de Ignacio era como el terciopelo sobre el acero - Empiezo a pensar que el accidente te dio un cerebro completamente nuevo además de una lengua bastante afilada. Stefano Valli todavía se pregunta qué clase de camión lo atropelló en esa negociación.
Ángela dejó la taza sobre el plato de porcelana sin hacer el menor ruido, su rostro era una máscara de serenidad perfecta.
- El cerebro siempre estuvo ahí, Ignacio - respondió ella dedicándole una sonrisa gélida - Solo que antes elegía usarlo para memorizar tus complicados horarios y tus comidas favoritas pero después de ver la muerte tan cerca decidí que las finanzas corporativas, las estrategias de adquisición y las negociaciones de alto nivel de esta familia son mucho más entretenidas que tu dieta baja en carbohidratos. Respecto a Stefano... no es un genio, simplemente nadie se había tomado la molestia de entender su idioma, de hablarle como una igual.
Ignacio entrecerró los ojos comenzó a rodear la mesa de caoba, acortando la distancia con una lentitud amenazante invadiendo por completo su espacio personal, se inclinó hacia ella quedando a escasos centímetros de su rostro.
- Mis investigadores dicen que eras una alumna estándar, una modelo fotográfica hermosa, curiosa pero sumisa nadie absolutamente nadie de tu pasado menciona que pudieras citar leyes de competencia internacional y menos de derechos de imagen de memoria ¿Dónde aprendiste eso, Ciara? ¿En el internado suizo entre clases de bordado, etiqueta y francés?
Ángela sintió un sutil escalofrío recorriéndole la espina dorsal pero lo transformó de inmediato en pura audacia, conocía el libro, ella conocía los secretos de la novela original sabía qué hilos mover y cómo usar el pasado de la verdadera Ciara como un escudo y no dudaría de usar esa ventaja a su favor.
- La curiosidad Ignacio, es una maestra extremadamente muy eficiente cuando tienes mucho tiempo libre y un marido que te ignora - dijo ella levantándose con deliberada gracia para quedar exactamente a su altura - Mientras tú pasabas tus fines de semanas en tus clubes de golf o enredandote entre las piernas de tu asistente de turno, yo leía libros de derecho mercantil, los que sacaba de tu propia biblioteca, los tratados de negocio internacional que a veces dejabas abiertos sobre el escritorio en tu despacho. ¿De verdad fuiste tan arrogante como para creer que mi universo solo consistía en girar como si fuera un planeta orbitando alrededor de ti y que cuando me quedaba tiempo libre me dedicaba a hojear revistas de farándula?
La mandíbula de Ignacio se tensó en un movimiento rápido la tomó del mentón, forzándola a sostenerle la mirada sus dedos apretaron lo justo solo con la intención de retenerla, buscando con desesperación el parpadeo delator, el temblor involuntario que confirmara una mentira.
- Hay algo en el fondo de tus ojos que no reconozco en absoluto - susurró él, su voz bajó de volumen convirtiéndose en un rugido sordo, bajo y peligroso - Eres inteligente, eres audaz... pero no eres la mujer con la que me casé, no eres la que firmo el acta de matrimonio. Ella me amaba con una devoción ciega, tú... tú me miras como si yo fuera una cifra fría en una ecuación de riesgo.
Ángela no se alteró con una elegancia insultante, le apartó la mano de la cara de un solo golpe seco, manteniendo la frente en alto.
- Quizás es porque finalmente he aprendido a contar, Ignacio y al hacer las matemáticas de nuestro matrimonio, el saldo ha salido profundamente negativo para mí. No esperes devoción de alguien a quien pasaste años ignorando, tratandola peor que a un mueble viejo y pasado de moda.
Se dio la vuelta con un movimiento fluido de su falda, dejándolo completamente solo en la penumbra del salón señorial, Ignacio se quedó inmóvil observando de reojo un retrato al óleo de la antigua Ciara que colgaba en la pared. Una duda minúscula, apenas del uno por ciento, comenzó a crecer en su pecho como un tumor silencioso. Todos los registros médicos, las huellas y los hechos biográficos decían que ella era su esposa, sin embargo, su instinto puro de depredador le gritaba otra cosa estaba durmiendo bajo el mismo techo con una perfecta extraña que conocía cada uno de sus secretos y que no tenía ninguna intención de dejarse dominar.