El sonido de los tacones de Ángela sobre el parqué del pasillo principal era el único eco que resonaba en la planta caminaba con paso firme hacia el despacho que ahora consideraba su centro de operaciones. Sin embargo, detrás de ella, los pasos pesados y rítmicos de Ignacio no tardaron en aparecer. El magnate la seguía a una distancia prudencial, con la mandíbula apretada y la furia contenida de un hombre que acababa de ver su autoridad cuestionada en su propio territorio.
Justo cuando Ángela ponía la mano sobre la manija de caoba de la puerta, una silueta irrumpió en el pasillo, interrumpiendo el inminente choque.
La tarjeta llegó sobre una bandeja de plata, portada por un mayordomo que parecía caminar sobre cáscaras de huevo. El hombre, consciente de la electricidad que cargaba el aire entre los señores Del Vecchio, mantuvo la cabeza baja, extendiendo el metal con un temblor casi imperceptible en las manos.
Ángela se giró despacio con movimientos gélidos, tomó el sobre. Era de cartulina de alto gramaje, con los bordes bañados en oro y el sello en relieve de la Cámara de Comercio e Industria Textil.
La Cena de Gala Anual.
Al leer esas palabras, un frío repentino e invisible golpeó el pecho del cuerpo de Ciara, no fue un dolor físico, sino una violenta marea de recuerdos que no le pertenecían a Ángela sino a Ciara. La mente de la antigua dueña de ese cuerpo se activó como un resorte, inundándola de imágenes nítidas y dolorosas de esa misma gala, Ciara vistiendo un traje que Doña Soledad había elegido para ella solo para ridiculizarla, Ignacio dejándola sola en una mesa rincón mientras bailaba y reía con Bianca a la vista de toda la alta sociedad, los susurros crueles de los invitados a sus espaldas, llamándola el adorno defectuoso de los Del Vecchio.
Los dedos de Ángela se crisparon sobre el papel de alto gramaje, doblando ligeramente una de las esquinas doradas. Por un segundo, la respiración se le cortó y la invencible supermodelo experimentó el terror primitivo, la humillación y el desamparo de la mujer que había muerto en el acantilado. El mundo de Ángela tambaleó ante el peso de una inseguridad ajena que amenazaba con arrastrarla al fondo.
Ignacio, que no había despegado los ojos de ella, notó el sutil cambio en su postura vio la rigidez de sus dedos y la ligera palidez que cobijó sus mejillas. Una sonrisa de suficiencia, fría y calculadora, comenzó a dibujarse en los labios del magnate creyó, por fin, haber encontrado la grieta en la armadura de la nueva Ciara.
Con un gesto imperioso, Ignacio despidió al mayordomo con un movimiento de cabeza, el empleado se retiró flotando en el silencio del pasillo, dejándolos completamente solos frente a la puerta del despacho.
Ignacio avanzó un paso, invadiendo su espacio con esa presencia abrumadora que solía empequeñecer a cualquiera. Al ver la palidez en el rostro de su esposa y el leve temblor de sus dedos sobre la invitación dorada, creyó que la sumisa Ciara estaba de regreso. Intentó romper de una vez por todas la extraña coraza con la que ella se había envuelto desde el accidente.
El magnate estiró la mano para tocarle el mentón, buscando forzarla a agachar la cabeza como tantas otras veces pero presionar a Ángela en ese momento fue su peor error.
El contacto de sus dedos no despertó sumisión encendió un interruptor de furia contenida, Ángela le apartó la mano de un golpe seco y la vulnerabilidad ajena que la había asaltado se evaporó reemplazada por una rabia tan pura y afilada que hizo eco en el pasillo.
Ignacio se quedó estático, con la mano aún suspendida en el aire impactado por la violencia del reclamo.
El grito desgarrador resonó en el pasillo como una sentencia de muerte, Ignacio se quedó completamente estático, impactado por la brutalidad y la verdad de sus palabras.
Toda la superioridad con la que Ignacio vivía, ese pedestal de Dios todopoderoso desde el cual controlaba su imperio, lo golpeó de frente. Las palabras de Ciara no eran los llantos lastimeros a los que estaba acostumbrado eran verdades desnudas, frías y lógicas que le devolvían un reflejo monstruoso de sí mismo.
Por primera vez en su vida, el magnate flaqueó. Miró esos ojos que antes lo buscaban con desesperación y devoción y un vacío helado le recorrió el pecho al darse cuenta de la cruda realidad, él había ayudado a destruir pieza por pieza a la única mujer que lo había venerado genuinamente había matado a la Ciara que lo amaba y en su lugar, él mismo había engendrado al verdugo que ahora venía a arrebatarle la corona.