CAPITULO 12. EL PESO DE LA SEDA
El eco de la puerta de la sala de juntas al cerrarse fue el último sonido del mundo exterior que Ignacio registró, caminaba un paso por detrás de Ángela, observando el movimiento rítmico de sus caderas bajo la seda gris topo. El silencio en el pasillo era denso, cargado con el residuo de la humillación de Bianca y el perfume de victoria que Ciara exhalaba.
Llegaron al vestíbulo de los ascensores de la planta ejecutiva, Ignacio pulsó el botón con una urgencia que no pudo ocultar,las puertas de acero inoxidable se abrieron con un susurro hidráulico. Ángela entró primero, situándose en el centro exacto de la cabina, frente al espejo, Ignacio entró tras ella y antes de que las puertas terminaran de cerrarse, pulsó el botón de Parada de Emergencia. El ascensor se detuvo con un leve sacudida, el silencio quedó confinado en cuatro paredes de metal y luz indirecta.
- ¿Qué fue eso, Ciara? - La voz de Ignacio salió más ronca de lo que pretendía.
Ella no se giró se miraba en el espejo, retocándose un mechón de cabello que no necesitaba atención. La calma que proyectaba era, para Ignacio, más exasperante que cualquier grito.
- ¿A qué te refieres exactamente, Ignacio? ¿Al contrato que salvé, a la incompetencia de tu protegida o al hecho de que acabas de detener un ascensor como si estuviéramos en una novela barata?
- Sabes perfectamente a qué me refiero - dijo él, acortando la distancia hasta quedar justo detrás de ella. Podía oler el perfume que empezaba a volverlo loco y que al parecer se había vuelto su selló - Stefano Valli no te quitó los ojos de encima, ni un segundo. Te miraba como si fueras...
- ¿Como si fuera qué? - Ángela se giró finalmente, aus ojos antes apagados por la rutina de un matrimonio que Ignacio había dado por sentado, ahora brillaban con una inteligencia depredadora- ¿Como si fuera una mujer capaz de manejar su imperio mientras tú te distraes con el color rojo de un vestido barato?
Ignacio la tomó del brazo, no con fuerza, sino con una necesidad desesperada de anclarse a esta nueva versión de ella.
- Te serviste el café como si estuvieras en un escenario, caminaste hacia él sabiendo exactamente lo que estabas haciendo, cada movimiento de esa seda gris estaba calculado para que él no pudiera mirar a nadie más. ¿Desde cuándo eres esta mujer? ¿Desde cuándo negocias con esa crueldad? Ademas de ese despliegue en la sala de juntas... - siseó Ignacio acorralándola contra el - Esas cláusulas, ese manejo de la industria, la forma en que humillaste a Bianca con tecnicismos que ni mis abogados manejan de memoria. La Ciara que yo conocía no sabía distinguir una acción de una obligación, y mucho menos negociar con Elite. ¿De dónde salió todo eso?
Ciara lo miró pero no había rastro de la antigua sumisión y soltó una risa elegante, un sonido aterciopelado y suave pero cargada de un veneno que erizó el vello de la nuca de Ignacio.
- Siempre he sido esta mujer, Ignacio. Lo que pasa es que tú estabas demasiado ocupado mirando informes que yo corregía en silencio creyendo que el orden de tu vida era obra de tu genio y no de mi mano invisible. Me llamabas gris, te gustaba que fuera gris porque así no te sentías amenazado. Mirar el escote de tu secretaria era mas entretenido que notar que tenías una mente brillante en casa - le mintió sosteniéndole la mirada con una frialdad impecable - ¿Acaso olvidaste que, antes de que tu familia me salvará de mi miserable existencia y me convirtiera en tu sombra decorativa, yo fui parte de esta industria?
Ignacio frunció el ceño, en los archivos de Ciara solo figuraban intentos fallidos de modelaje y trabajos menores en agencias de segunda.
- Eso fue hace años, y nunca pasaste de ser una cara bonita en catálogos locales - replicó él, escéptico.
- Eso es lo que tú quisiste creer para sentirte superior - disparó ella, dando un paso hacia él - Mientras tú me ignorabas, yo leía tus informes, estudiaba tus contratos y recordaba cada lección de los meses que en las pasarelas antes de que me encerraras en esa mansión. No es que haya cambiado, Ignacio.es que el accidente me quitó las ganas de seguir fingiendo que soy una idiota para que tú te sientas un gigante.
Ignacio la observó, tratando de encontrar una grieta en su historia, la mentira era tan audaz y estaba tan bien ejecutada que bajo la lógica del trauma que él mismo se había construido, empezaba a tener un sentido retorcido.
- ¿Me estás diciendo que durante años te burlaste de mí fingiendo ser una inútil? - preguntó él, con una mezcla de furia y una fascinación oscura que no podía reprimir.
- Te estoy diciendo que el tiempo de las máscaras terminó - respondió Ángela tratando de pulsar de nuevo el botón para que el ascensor reanudara su marcha.
Él la acorraló contra el espejo frío, el contraste entre la temperatura del metal y el calor que emanaba de Ángela era embriagador.
- Valli quería tocarte - gruñó Ignacio, pegando su frente a la de ella - Te pidió que firmaras tú, te dio a su mejor modelo solo por el placer de trabajar contigo. No me digas que no notaste cómo te devoraba con la mirada mientras caminabas hacia la mesa.
- Por supuesto que lo noté - respondió ella, sin apartar la vista, sosteniéndole el desafío - Y lo usé. Se llama estrategia, algo que Bianca no podría deletrear ni aunque su vida dependiera de ello, Stefano reconoció a una igual alguien que no pide permiso para estar en la sala, slguien que no mendiga descuentos, sino que ofrece alianzas de sangre.
- Me daban ganas de golpearlo - confesó Ignacio, sus manos subiendo por los brazos de Ángela hasta envolver su cuello con suavidad - Y me daban ganas de sacarte de allí a rastras.
Ángela puso sus manos sobre el pecho de Ignacio, sintiendo el corazón de él galopar contra sus palmas.
- ¿Celos, Ignacio? ¿O es miedo? - Ella se inclinó hacia su oído, su aliento rozándole la piel - Tienes miedo porque te has dado cuenta de que la mujer que duerme en tú casa no es una propiedad, es una jugadora yahora mismo, yo tengo las cartas, tengo el contrato de Élite.