La luz del amanecer se filtraba a través de los vitrales de la mansión Del Vecchio, pero no traía consigo la paz habitual paara Ángela, cada rayo de sol era un recordatorio de que el tiempo de la sumisión había muerto con el coche en el acantilado. Se vistió con una precisión militar un traje de dos piezas en blanco marfil, el color de una pureza que ella planeaba manchar con la cruda realidad de su ambición. Sus movimientos eran fluidos, despojados por completo de la vacilación que Ciara solía mostrar ante su propio reflejo.
Bajó las escaleras con el ritmo constante de quien sabe que el terreno que pisa ya le pertenece, al llegar al gran vestíbulo de mármol encontró a la servidumbre alineada tal como lo había solicitado. Eran más de veinte personas que durante años habían visto a Ciara como a un fantasma alguien a quien podían ignorar o peor aún compadecer.
Ángela se detuvo en el centro geométrico del vestíbulo. El eco de sus tacones murió, dejando un silencio sepulcral..
Los empleados se miraron entre sí, desconcertados. El mayordomo jefe, un hombre de rostro astuto que siempre había respondido únicamente ante Ignacio, intentó dar un paso al frente para cuestionarla pero la mirada azul y gélida de Ángela lo congeló en su sitio.
El mensaje fue claro, no era una petición era un decreto.
En ese momento, un movimiento sutil tras una de las columnas corintias del ala este llamó su atención. Bianca, la mano derecha y para muchos la sombra íntima de Ignacio estaba allí. Había llegado temprano, probablemente para consolar a Ignacio tras alguna excusa patética de algún evento insignificante, pero se había quedado petrificada ante la escena, su rostro siempre cargado de una arrogancia mal disimulada, estaba contraído por la furia.
Bianca hizo el amago de salir de su escondite con las palabras de veneno listas en la lengua, pero Ángela fue más rápida sin siquiera girar la cabeza por completo, la interceptó con el tono de quien frena en seco a un animal impertinente que ha saltado sobre la mesa.
Bianca caminó hacia el centro del círculo tratando de recuperar su postura altanera, llevaba un bolso de diseñador que Ángela reconoció de inmediato como una pieza de edición limitada que solo se vendía en Milán bajo pedido especial.
Ángela extrajo del bolsillo de su chaqueta un pequeño folio, doblado con una precisión casi insultante y se lo plantó a milímetros de los ojos.
El color abandonó el rostro de Bianca tan rápido como si le hubieran abierto una vena miró a los empleados buscando el apoyo de aquellos a quienes solía dar órdenes en nombre de Ignacio, pero solo encontró rostros impasibles. Muchos de ellos recordaban las humillaciones de Bianca y ahora disfrutaban de su caída en tiempo real.
Un ruido seco provino de la parte superior de la escalinata, Ignacio estaba allí apoyado en la barandilla de caoba, su presencia siempre dominante parecía esta vez eclipsada por la energía que Ángela desprendía abajo. Había escuchado el estallido su mirada recorrió a Bianca que parecía un animal herido, respiraba agitada por la humillación y luego se posó en Ángela que se mantenía impecable y letal brillaba con una luz propia y peligrosa que el jamás había visto.