El gran vestíbulo de la mansión Del Vecchio parecía el preludio de un tribunal, Ignacio caminaba de un lado a otro sobre la alfombra persa ajustándose los puños de su esmoquin a medida con una impaciencia que rara vez se permitía mostrar, faltaban escasos minutos para que el coche oficial los llevara a la Gala Anual de la Industria Textil, el evento que marcaba el pulso de la alta sociedad y el tablero donde él solía mover a sus peones con precisión quirúrgica.
Ignacio miraba el reloj de pared esperaba ver bajar a la Ciara de siempre. En su mente, el pequeño temblor que había visto en sus manos al recibir la invitación era la verdadera realidad de su esposa estaba convencido de que la fachada de frialdad y audacia que ella había mostrado en la oficina se desmoronaría ante la presión del escrutinio público. Esperaba a una mujer nerviosa, tal vez con los ojos enrojecidos por la ansiedad, acomodándose un vestido discreto que intentara ocultar su falta de confianza.
El sonido de la puerta principal abriéndose interrumpió sus pensamientos, era Bianca. Fiel a su guion de la novela había llegado temprano con la excusa de entregar unos documentos de última hora a Ignacio, pero su verdadero objetivo era obvio lucía un vestido rojo carmín, estridente y de escote pronunciado, diseñado específicamente para captar los flashes de las cámaras y eclipsar cualquier intento de protagonismo de la esposa del jefe. Caminaba con una sonrisa de triunfo, moviéndose por el vestíbulo como si ya fuera la dueña del lugar.
Las palabras se le atragantaron en la garganta, el silencio que cayó sobre el vestíbulo fue tan abrupto que el tic-tac del reloj pareció un cañonazo.
En lo alto de la escalinata de mármol, apareció ella.
Ignacio levantó la vista y el aire abandonó sus pulmones en un suspiro sordo, no era Ciara. Era una deidad pagana que acababa de descender del mismísimo Olimpo para recordarles a los mortales su propia insignificancia.
Ángela lucía el vestido "Cenizas de Fénix" que Teodhoro Galy había enviado desde Milán, la seda líquida se abrazaba a su cuerpo con una precisión milimétrica, cayendo hasta el suelo en una silueta que desafiaba la gravedad. Bajo las luces de la mansión, el tejido experimental cobraba vida un segundo parecía un negro abismo impenetrable y al siguiente con el menor movimiento de sus caderas, destellaba en un azul eléctrico tan intenso que lastimaba la vista.
La espalda estaba completamente descubierta hasta el nacimiento de la cadera, exponiendo una línea perfecta de piel pálida que contrastaba con la oscuridad del vestido. Su melena estaba peinada hacia atrás en un estilo húmedo y sofisticado que dejaba al descubierto sus facciones afiladas. En sus labios, un carmín tan oscuro que rozaba el color del vino tinto.
Cada paso que Ángela daba al bajar las escaleras era una lección de pasarela internacional no había vacilación en sus tobillos, no había timidez en sus hombros. Su mirada estaba fija en Ignacio, ignorando por completo la existencia de la otra mujer.
Bianca se quedó petrificada en el centro del vestíbulo el vestido rojo que consideraba su obra maestra de seducción de repente parecía un trozo de tela vulgar y ruidoso al lado de la sofisticación minimalista y devastadora de Ciara, Bianca no parecía una directora de marketing parecía una intrusa desesperada por atención.
Ángela llegó al último escalón el perfume caro y embriagador que desprendía inundó el espacio, borrando el rastro de cualquier otra fragancia. Miró a Ignacio de arriba abajo con una ceja ligeramente arqueada.
Ignacio tardó tres segundos enteros en reaccionar sus ojos recorrieron la silueta de su esposa con un hambre oscura, una mezcla de frustración por no poder descifrarla y una atracción salvaje que amenazaba con romper su compostura. La Ciara nerviosa que él esperaba encontrar había sido incinerada, la mujer que tenía enfrente no buscaba su protección exigía su subordinación.
Ángela colocó su mano sobre el brazo de él, pero el contacto no fue un apoyo, sino una marca de posesión. Solo en ese momento, desvió su mirada hacia Bianca la recorrió de arriba abajo con una piedad tan gélida que Bianca dio un paso atrás de forma inconsciente.
Bianca abrió la boca, pero la humillación fue tan absoluta que no pudo articular una sola palabra. Sus manos temblaban sobre su bolso de diseñador, dándose cuenta de que la trampa que había planeado para esa noche ya no tenía una víctima, sino un verdugo.
Ignacio abrió la puerta principal, sin molestarse en despedirse de su asistente. El chofer abrió la puerta del coche oficial y Ángela entró con la fluidez de una reina que regresa de un exilio autoimpuesto.
Antes de que Ignacio subiera a su lado, miró por última vez hacia la mansión. Bianca seguía allí, pequeña y descolorida bajo la luz del porche. El juego ya no estaba en sus manos. Al entrar en el vehículo y cerrar la puerta, el espacio confinado se llenó con la energía de Ángela.
La gala anual los esperaba y por primera vez en su vida, Ignacio Del Vecchio no sabía si iba al evento como el cazador... o como el trofeo.