El interior del coche oficial de los Del Vecchio era un ataúd de cuero, perfume caro y un silencio tan espeso que el motor apenas se percibía como una vibración en las plantas de los pies. Fuera, la lluvia de la tarde había dejado el asfalto como un espejo negro que reflejaba las luces de la ciudad de forma distorsionada.
Ignacio estaba sentado a su lado, con la mirada fija en la ventanilla, pero Ángela sabía que él vigilaba cada uno de sus movimientos a través del reflejo del cristal. Para él, ella era un enigma que necesitaba resolver para ella, él era solo una de las variables que tenía que controlar si no quería terminar en el fondo de un acantilado de tinta y papel.
Aparentemente, Ciara era la viva imagen de la calma. Su espalda no tocaba el respaldo del asiento se mantenía recta, una postura perfecta heredada de las vivencias de Ángela tras años en las pasarelas más exigentes de Europa. Sus manos, cubiertas por delicados guantes de encaje negro que subían por sus antebrazos, reposaban sobre su regazo sin el menor atisbo de temblor.
Pero por dentro, en el plano donde la memoria aún se aferraba a las paredes de su cerebro, había una tormenta, os residuos de los recuerdos de la Ciara original no se habían disipado con el choque del camión, latían. Eran pequeñas descargas eléctricas que recorrían su columna, recordándole que ese cuerpo ya había vivido esta noche en las páginas de la novela. Ángela tuvo que cerrar los ojos por un instante y respirar para obligarse a repasar mentalmente la secuencia exacta de los eventos. Necesitaba recordar la anatomía del desastre que se avecinaba y que la habían empujado hacia la sumisión total y al destierro.
Escena uno: La llegada.
En el guion, Ciara bajaba del coche tropezando con la bastilla de su vestido, el mismo que Bianca había mandado a alargar de manera deliverada. Los flashes de los fotógrafos no capturaban su belleza, sino su desorientación. Ignacio caminaba tres pasos por delante de ella, ignorando su mano extendida, dejándola atrás como un accesorio averiado. Las esposas de los socios principales, apostadas cerca de la alfombra roja, intercambiaban miradas de complicidad y risitas ahogadas al ver a la chica de los folletos intentar actuar como la gran señora Del Vecchio, haciendo que la inseguridad de Ciara hiciera el resto.
Estrategia de Ángela: No habría prisa, no dejaría que Ignacio marcara el paso. El vestido "Cenizas de Fénix" tenía el largo exacto para una modelo de alta costura, y ella sabía cómo usar el peso de la falda para crear un efecto hipnótico con cada zancada. Si Ignacio intentaba adelantarse, ella simplemente se detendría en seco en mitad de la alfombra. Obligaría a los fotógrafos a congelar el cuadro frente a ella, convirtiéndo aquella escena caótica en algo glorioso porque las miradas se posaría en ella.
Escena dos: La mesa de los socios.
En la novela, a Ciara la sentaban en el extremo de la mesa principal, justo al lado de la corriente del aire acondicionado y lejos de las conversaciones importantes. Ignacio la colocaba allí a propósito para que no interrumpiera sus negociaciones con el viejo inversionista textil, el barón Von Weber, un hombre de la vieja escuela que despreciaba la debilidad. Bianca, como jefa de marketing se sentaba al lado de Ignacio, traduciendo los comentarios y robándose la atención con sus risas forzadas y sus roces de rodillas bajo el mantel mientras ella se encogía por el frio viéndose aún mas pequeña.
Estrategia de Ángela: Ángela no esperaría a que el servicio le asignara un asiento, ella conocía la disposición del salón porque había estudiado el plano del hotel esa misma tarde. Caminaría directamente hacia la cabecera, al lado derecho de Von Weber. Hablaría el alemán fluido que aprendió durante sus tres temporadas en la Fashion Week de Berlín. Desbancaría a Bianca en su propio terreno antes de que Ignacio pudiera abrir el menú.
Escena tres: El clímax de la humillación original.
El momento del vino. El instante exacto en que Bianca, fingiendo un descuido al levantarse a los lavabos había golpeado la copa de Merlot sobre el regazo de Ciara. El líquido tiñendo el tul rosa, el grito ahogado de la protagonista y la frase gélida de Ignacio que la desterró al ostracismo doméstico: "Ve a limpiarte, Ciara, das vergüenza". Ese fue el evento catalizador que la llevó al inicio de su exilio, el golpe de gracia que la confinó a ser una sombra de su propia vida antes de que el destino final la reclamara.
Ángela apretó los dientes, sintiendo una repentina oleada de calor que encendió el azul eléctrico de su vestido.
"Ese momento no va a repetirse", se juró a sí misma en el silencio de su mente. "Esta vez, la botella no se abrirá para desterrarme a mí".
Ángela abrió los ojos lentamente, la debilidad residual de Ciara había sido aplastada por la fría estrategia de la modelo de élite miró a Ignacio de reojo, con una sonrisa que apenas rozó la comisura de sus labios.
Ignacio frunció el ceño, tratando de encontrar el doble sentido en sus palabras, pero el coche se detuvo con un suave balanceo. Fuera, el rugido de la multitud y el parpadeo incesante de las luces de la prensa anunciaban que el teatro estaba listo.