Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 23. EL QUIEBRE DEL GUION

El coche oficial se detuvo frente a la marquesina del Gran Hotel Imperial con la suavidad de un transatlántico arrimándose al muelle. Fuera, la lluvia de la tarde había dado paso a una noche nítida pero el verdadero asfalto estaba cubierto por una alfombra roja que se extendía como una lengua de fuego hacia las puertas giratorias. Los flashes de las cámaras ya parpadeaban con un ritmo frenético, reflejándose en las carrocerías pulidas de los vehículos de la élite.

Ángela miró a través del cristal tintado, la masa de periodistas, fotógrafos y cronistas de sociedad se agolpaba tras las vallas de seguridad. En la novela original, Ignacio salía del vehículo con tranquilidad pero ignorando por completo la existencia de su esposa para avanzar tres pasos por delante de ella, dejándola atrás como un accesorio defectuoso ante los lobos de la prensa.

Sin embargo, esta noche el guion comenzó a torcerse con total evidencia desde el primer segundo.

Ignacio abrió la portezuela y salió primero, pero no con la intención de avanzar solo. Su compostura era impecable como siempre se ajustó el botón del esmoquin y en lugar de dar la espalda al vehículo y caminar como lo dictaba el guión escrito, se giró por completo. Con un movimiento medido y una caballerosidad pulcra pero deliberada, extendió su mano hacia el interior del coche ofreciéndole un punto de apoyo a su esposa ante la mirada atenta de los fotógrafos.

Ángela observó la mano de Ignacio por una fracción de segundo sorprendida, la Ciara del libro habría tomado ese gesto como un salvavidas, aferrándose con desesperación por miedo a caer. Ángela, en cambio, la aceptó como quien recibe un tributo colocó sus dedos cubiertos de encaje negro sobre la palma de él con una ligereza soberana y deslizó su pierna fuera del coche, su tacón de aguja impactó el tejido de la alfombra con un golpe seco, firme y definitivo.

Cuando Ángela emergió por completo del vehículo, el mundo pareció contener el aliento.

El vestido "Cenizas de Fénix" reaccionó de inmediato a los miles de vatios de los focos de la prensa. Lo que en la penumbra del coche parecía un negro abismo, bajo la luz directa estalló en un oleaje de azul eléctrico que recorría su silueta con cada milímetro que se ponía en movimiento. La espalda, completamente descubierta hasta el nacimiento de la cadera, desafiaba la sobriedad del evento con una audacia magnética, su melena, peinada con un acabado húmedo hacia atrás, exponía un rostro que no mostraba rastro de los nervios de una convaleciente, sino la fría majestuosidad de una reina en su coronación.

El estrépito de las cámaras cesó por una milésima de segundo, sustituido por un murmullo de incredulidad colectiva, para luego estallar en un rugido ensordecedor.

  • ¡Ciara! ¡A la derecha, por favor!
  • ¡Señora Del Vecchio, una mirada al centro
  • ¡Ignacio, un posado con su esposa!

Ignacio, que mantenía su mano entrelazada con la de ella, sintió el impacto visual de la transformación en primera fila. Su plan de mantener las apariencias con una esposa dócil se desintegró en el acto, la marea de la prensa no lo miraba a él ya lo usaba como el marco perfecto para encuadrar a la mujer que tenía al lado.

Ignacio, un hombre acostumbrado a leer las sutilezas del entorno, captó la anomalía de inmediato, al ver que ella ya no titubeaba ni buscaba esconderse tras su hombro como antes, adaptó su postura.

Ángela se detuvo en seco en mitad de la alfombra roja, no miró a los fotógrafos con la sonrisa ensayada de las modelos de catálogo que buscaban aprobación los miró con la soberbia de la alta costura, de quien sabe que no es ella la que necesita sino ellos de que ella los mire, sosteniendo la barbilla en el ángulo exacto que multiplicaba la luz sobre sus pómulos.

Ignacio, sin soltarla rodeó la cintura descubierta de Ángela con su otra mano,su palma entró en contacto directo con la seda líquida y la calidez de su piel. Esperaba sentir el pulso acelerado de una mujer asustada por el tumulto, pero lo que encontró fue una musculatura tensa dispuesta para la batalla.

Ángela no se tensó ante su agarre, mantuvo la calma aunque dentro de ella algo vibró pero ella no había venido a auditar sus reacciones por el contrario en vez de apartarse se inclinó sutilmente hacia él, permitiendo que la cercanía creara una imagen de complicidad letal ante las cámaras, pero murmuró con una voz que solo él pudo escuchar bajo el estruendo de los gritos periodísticos.

  • Buen intento con la caballerosidad, Ignacio pero si vas a empezar a caminar a mi lado asegúrate de mantener el paso, no querrás salir desdibujado en la portada de mañana.

Ignacio apretó los dedos sobre su cadera, una mezcla de posesión salvaje y una rabia sorda que empezaba a transformarse en algo mucho más peligroso, fascinación. El guion de la novela que Ángela recordaba se había quebrado por completo por la propia acción de Ignacio, quien ahora se mantenía pegado a ella asimilando que ahora quería compartir el escenario con el fénix que acababa de despertar.

Caminaron juntos sobre la alfombra roja, un bloque monolítico de poder y belleza oscura que dejó a los cronistas sin adjetivos. Las esposas de los socios, que esperaban en la entrada preparadas para las risitas condescendientes que solían dedicarle a la antigua Ciara, se tragaron sus murmullos al ver aparecer a la pareja.

Ángela cruzó el umbral del hotel con Ignacio a su lado, sintiendo el latido furioso del corazón de él contra su brazo. El primer acto de la estrategia había sido ejecutado con precisión quirúrgica. Habían entrado juntos, pero todos en ese vestíbulo sabían que ella ya no era un accesorio descartable, que ahora lideraba junto al hombre.




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