El gran salón de banquetes del Hotel Imperial era un laberinto de cristalería de Murano, susurros de la alta sociedad y el aroma denso de los perfumes caros para Ángela, cada rincón de este espacio estaba predeterminado por el mapa que guardaba en su mente. Sabía dónde se situarían los fotógrafos de las revistas de negocios, qué esquinas elegirían los socios descontentos para conspirar y sobre todo, cómo la arquitectura del lugar había sido diseñada originalmente por el autor para aislar a la antigua Ciara
Sin embargo, a medida que avanzaban entre la multitud, un factor imprevisto empezó a distorsionar la perfecta simetría de sus cálculos, la posesividad absoluta de Ignacio.
Él no se había limitado a posar a su lado snte las cámaras en la alfombra roja desde que cruzaron el umbral, la mano de Ignacio no se apartó de ella. Su palma cálida y firme, se aferraba directamente a la piel desnuda de su espalda, justo donde el corte del vestido terminaba, acariciando su piel de manera sutil pero firme. El contacto era constante, una advertencia silenciosa para cada hombre que intentaba acercarse a saludarlos. Cada vez que un inversionista o un rival de la industria textil clavaba los ojos en el destello azul eléctrico de su ropa, el agarre de Ignacio se tensaba sutilmente, pegándola más a su costado llenando las fosas nasales de Ángela de su perfume y de su propia esencia corporal.
No era la táctica calculadora de un estratega corporativo, no había una mente fría detrás de ese gesto, sino el pulso acelerado de un hombre que estaba despertando de golpe y eso aterraba a Ángela mas que lo pudo haber alterado a la verdadera Ciara el magestuoso evento.
Ignacio por su parte, por primera vez en su vida se estaba dando cuenta del valor absoluto de la mujer que llevaba su apellido. La visión de Ciara dominando a la prensa y barriendo el vestíbulo con su sola presencia había destruido la venda de indiferencia que él cargó durante años ya no la miraba como un adorno, la miraba con el hambre y el orgullo de quien posee una joya de valor incalculable que el mundo entero codicia.
Él soltó una risa ronca y sus dedos se hundieron con un poco más de fuerza en su cintura, negándose a soltarla. Ignacio Del Vecchio, el hombre que en la novela original la ignoraba sistemáticamente para dejar claro que ella era una propiedad barata y sustituible ahora actuaba bajo el instinto primario de protección y posesión. Esta atención asfixiante ya era un desvío considerable del texto que Ángela recordaba, pero no fue nada comparado con lo que ocurrió cuando el maestro de ceremonias anunció que era hora de ocupar las mesas para la cena oficial.
Ángela respiró hondo, activando mentalmente la siguiente fase de su estrategia dispuesta a llevarla a cabo con una precisión quirúrgica que no podía tener el error mas mínima. En el libro a Ciara la sentaban por orden de Bianca en el extremo izquierdo de la larga mesa presidencial, arrinconada junto al pasillo de servicio y los aires acondicionados, mientras Ignacio ocupaba el centro junto al Barón Von Weber y a su lado Bianca, como la protagonista.
Ángela ya se había preparado para caminar con paso firme hacia el lugar que Bianca siempre le había usurpado a Ciara, iba a tomar la silla que le pertenecía por derecho a la dueña del cuerpo que ocupaba y desbancar a la asistente utilizando su perfecto alemán.
Caminaron hacia la mesa principal, Ángela localizó visualmente al Barón Von Weber, un anciano de mirada severa y avanzó hacia la derecha de este pero antes de que pudiera dar el paso definitivo para ejecutar su plan, la mano de Ignacio la detuvo con un tirón firme.
Ángela no flaquó físicamente, pero sus ojos se abrieron un milímetro de más, Ignacio ignorando por completo las tarjetas con los nombres impresos en caligrafía dorada que el comité organizador había colocado minuciosamente sobre el mantel de lino, arrastró la pesada silla tallada que estaba justo a su lado derecho, en el centro absoluto de la mesa presidencial el lugar que por protocolo y por el guion de la novela, le correspondía al inversionista principal de la corporación o sea a él.
Ángela se quedó congelada por una fracción de segundo. Por primera vez desde que transmigró a este mundo, sintió una oleada genuina de desconcierto.
Ese movimiento no existía en ninguna página, no era un cálculo corporativo nacido de alguna estrategia comercial de Ignacio era la declaración pública de un hombre que exigía tener a su esposa en el lugar de honor, a su lado donde el mundo entero pudiera ver que ella era su igual. Al sentarla en el epicentro de la mesa, Ignacio destruyó el plan de Angela, ella quería arrebatarle el lugar a Bianca por la fuerza para demostrar su valía ahora, Ignacio se lo estaba entregando en bandeja de plata, empujado por esa naciente fascinación y el reconocimiento de su poder.
Ángela miró a Ignacio a los ojos detrás de la máscara habitual del magnate, vio el destello honesto de un hombre que se negaba a apartar la mirada de ella.
Ángela tragó saliva, sintiendo que todas las sensaciones que Ignacio le había provocado durante la velada se convertía en una línea de fuego en su interior, recompuso su postura en un parpadeo, deslizándose en la silla con la gracia fluida de una modelo profesional. Se acomodó la falda del vestido, que destelló en un azul cobalto bajo las luces del gran salón y miró a Ignacio de reojo, forzándose a recuperar su sonrisa letal.