La opulencia del salón de banquetes del Hotel Imperial alcanzaba su punto álgido bajo la luz de los candelabros. En el centro de la mesa presidencial, Ángela se acomodaba en su asiento, sintiendo la vibración constante del destello azul de su vestido a su izquierda, Ignacio mantenía una cercanía que no era sutil, su hombro rozaba el de ella y su mirada no se apartaba de su perfil, ignorando los saludos de los comensales adyacentes.
Fue en ese instante de aparente calma cuando el sonido de unos tacones apresurados y rítmicos anunció la llegada de la tormenta.
Bianca avanzaba por el pasillo central del salón, abriéndose paso entre las mesas con una sonrisa ensayada que pretendía denotar importancia, lucía su vestido rojo carmín y sostenía una carpeta de cuero negro contra su pecho, el accesorio que en la novela original utilizaba como excusa para sentarse al lado de Ignacio y asistirlo en la traducción con los inversores alemanes. Bianca no había visto la distribución de la mesa desde la entrada caminaba con la certeza absoluta de que el asiento central a la derecha de Ignacio le pertenecía por derecho laboral y de intimidad.
Sin embargo, al llegar a la cabecera, se detuvo en seco. La sonrisa de Bianca se congeló, agrietándose como una máscara de porcelana barata. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a Ángela instalada en el epicentro del poder, ocupando la silla tallada que correspondía a Ignacio. Buscó con desesperación la tarjeta con su nombre y la encontró ahora a tres metros más allá, en el extremo de la mesa, cerca de la zona donde los camareros salían con las bandejas de comida justo donde ella habia puesto a Ciara.
Se había tenido que acostar con el desagradable y grasiento organizador para que Ciara se viera gris e insignificantes ante los ojos de Ignacio y la sociedad que tanto el valoraba, ella no debía ser marginada era esa mujer que había llegado con su cara de angel desvalido quien merecía ser humillada.
Ignacio ni siquiera giró la cabeza por completo para mirarla, mantuvo su mano sobre el lomo de la silla de Ciara, en un gesto de posesión absoluto que heló la sangre de su asistente.
Bianca palideció tanto que el carmín de sus labios pareció una herida sangrante. Miró a Ciara esperando encontrar una mirada de burla o triunfo, pero lo que encontró fue algo mucho peor, indiferencia absoluta. Ángela estaba ocupada mirando el borde de su copa de cristal, tratándola como si fuera un mueble más del salón. Humillada ante la mirada de los socios principales que observaban la escena con discreción, Bianca dio media vuelta, arrastrando los pies hacia el rincón del destierro. El mito de su influencia sobre el magnate se había disuelto ante un solo gesto de Ignacio.
Con el terreno despejado, el Barón Von Weber ocupó el asiento a la derecha de Ángela. El anciano aristócrata, una leyenda de la industria textil europea, desprendía un aura de severidad prusiana. Miró a Ángela de arriba abajo con evidente escepticismo recordaba a la Ciara del año anterior, una mujer que apenas se atrevía a levantar la vista del plato.
Ignacio hizo el amago de asentir, preparándose para usar el inglés protocolario que el Barón toleraba a regañadientes, pero Ángela no le dio tiempo de articular la primera palabra.
El Barón Von Weber se tensó en su silla, sus cejas canosas elevándose con genuina sorpresa, miró a Ángela con un respeto renovado que nunca antes le había otorgado a ningún miembro de la familia Del Vecchio.
A su lado, Ignacio se quedó petrificado sus ojos fijos en el perfil de su esposa se llenaron de una fascinación oscura y devoradora. Él sabía que Ciara había estudiado en Suiza, pero sus informes escolares indicaban que apenas dominaba el francés básico y que odiaba los idiomas germánicos. Escucharla hablar con esa cadencia aristocrática, manejando términos técnicos de exportación, logística y aranceles en el idioma del hombre más difícil de la industria, fue un golpe directo a su intelecto.
Durante los siguientes cuarenta minutos, la cena se convirtió en el escenario exclusivo de Ángela, con una soltura heredada de sus años negociando contratos millonarios en las capitales de la moda, desglosó la campaña de "Renacimiento" con Élite Milán. Explicó al Barón cómo la reducción del 20% en la línea clásica aumentaría el valor percibido del inventario existente, y cómo la colección cápsula atraería a la nueva generación de consumidores europeos.