El murmullo del salón principal se desvaneció al cruzar las pesadas puertas de madera que conducían a la zona de los lavabos de damas del Hotel Imperial. Este espacio, un santuario de mármol, espejos con marcos de pan de oro y un sutil aroma a jazmín y polvos de talco, estaba completamente desierto. Ángela agradeció el silencio, se colocó frente al gran espejo observando su reflejo con una calma analítica.
El vestido "Cenizas de Fénix" seguía destellando en ese azul cobalto profundo bajo las luces de los apliques de cristal. El peso de la mirada de Ignacio durante toda la cena aún se sentía como una marca caliente en su piel desnuda, pero ella no se permitía flaquear. Había tomado el control del Barón Von Weber, había reescrito el destino corporativo de los Del Vecchio en una sola conversación y sabía que el tablero ahora se movía bajo sus propias reglas.
El sonido seco de la puerta al abrirse rompió la paz del lugar.
Ángela no se giró, a través del espejo vio aparecer a Bianca. La asistente ya no tenía rastro de la altanería con la que se pavoneaba por los pasillos de la empresa su vestido rojo carmín lucía ligeramente desacomodado, su peinado se desmoronaba en algunos mechones y sus ojos, inyectados en sangre por las copas de vino que se había tomado en su mesa del exilio, destilaban un odio puro, animal y desesperado.
—¿Te crees muy lista, verdad? - escupió Bianca, cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe ruidoso. Sus tacones resonaron con furia contra el mármol mientras se acercaba a Ángela - ¿Crees que porque aprendiste un par de frases en alemán y te pusiste un vestido caro vas a borrar lo que eres? ¡Eres una maldita muerta de hambre, Ciara! Una modelo de catálogos de ofertas que Ignacio compró para tener un adorno sumiso en su casa.
Ángela se aplicó con parsimonia una capa de carmín oscuro en los labios, ignorando los gritos como si fueran el ruido del viento exterior, esa indiferencia terminó de desquiciar a la otra mujer.
—¡Mírame cuando te hablo! - chillo Bianca, perdiendo por completo los papeles. Su respiración era agitada, el olor a alcohol flotaba en el aire - Ignacio te tiene lástima por el accidente, por eso te sigue el juego pero él me pertenece a mí. Yo conozco sus secretos, yo manejo sus cuentas, yo he estado en su cama mientras tú llorabas sola en esta mansión. No vas a quitarme mi lugar. ¡No te lo voy a permitir!
Bianca metió la mano con brusquedad en su bolso de mano, sacando un pequeño frasco que contenía un líquido corrosivo, un disolvente industrial que había conseguido de los talleres textiles con la intención retorcida de arruinar el vestido de Ángela si se presentaba la oportunidad. En su mente distorsionada por el desprecio y la humillación pública, desfigurar el triunfo de la nueva Ciara era la única forma de recuperar su cordura.
Con un grito ahogado, Bianca levantó el brazo dispuesta a arrojar el líquido directamente sobre la espalda descubierta de Ángela.
Ángela vio el movimiento en el reflejo y se tensó, lista para esquivar el ataque con los reflejos entrenados de su vida anterior. Sin embargo, no tuvo necesidad de moverse.
La puerta del lavabo se abrió de golpe con una violencia contenida, una mano de acero apareció de la nada atrapando la muñeca de Bianca en el aire con un agarre tan brutal que el frasco de disolvente resbaló de sus dedos flojos, estallando en el suelo de mármol con un eco metálico.
Era Ignacio.
Su rostro estaba completamente pálido, contraído por una furia tan gélida y letal que hacía que el aire del baño se sintiera congelado. Sus ojos oscuros, fijos en Bianca, no tenían una sola gota de la familiaridad o la indulgencia del pasado, el hombre que acababa de descubrir el valor incalculable de su esposa no iba a permitir que una pieza descartada de su antiguo tablero intentara tocarla.
—¡Ignacio! - gimió Bianca, cayendo de rodillas por la fuerza del agarre que le torcía la muñeca - Ella... ella te está engañando, ella quiere destruirte, yo solo quería proteger...
—Cállate - la voz de Ignacio no fue un grito; fue un susurro sordo que barrió cualquier rastro de la dignidad que le quedaba a Bianca - No vuelvas a pronunciar una sola palabra en mi presencia, te atreviste a levantar la mano contra la señora Del Vecchio en un evento público, te atreviste a intentar tocar lo que es mío.
Ignacio la soltó con un desprecio absoluto, haciendo que ella impactara contra el borde de los lavabos. Bianca lo miró con lágrimas de terror, dándose cuenta de que el hombre al que creía conocer la estaba mirando como a un insecto molesto.
—Estás despedida de las Empresas Del Vecchio, Bianca. No mañana, ahora mismo - sentenció Ignacio, sacando su teléfono personal sin quitarle los ojos de encima - Tu acceso al edificio será revocado.de manera inmediata si pones un pie a menos de cien metros de mi esposa o de mis oficinas, me encargaré personalmente de que pases el resto de tus días en una celda por intento de agresión y fraude financiero.
Ignacio presionó un botón en su pantalla.
Dos hombres corpulentos de traje oscuro aparecieron en el umbral en cuestión de segundos, tomaron a Bianca de los brazos mientras ella sollozaba, despojada de su bolso, de su orgullo y de su vida entera. Fue arrastrada fuera del santuario de mármol, dejando un silencio pesado tras de sí.
Ignacio se quedó de pie en el centro del baño, respiró hondo, acomodándose los puños del esmoquin e intentó recuperar su máscara de frialdad, pero sus ojos seguían brillando con esa devoción posesiva y salvaje que había nacido esa noche. Caminó lentamente hacia Ángela, deteniéndose a escasos centímetros de ella.
Ángela se giró, apoyándose contra el borde del lavabo de mármol. Lo miró con una ceja arqueada, manteniendo su distancia protectora a pesar del rescate.