El trayecto de regreso en el coche oficial fue una tortura de silencio y magnetismo, el espacio confinado del asiento trasero de piel negra parecía haber absorbido toda la electricidad estática de la noche. Ángela mantenía la vista fija en el asfalto mojado que desfilaba a través de la ventanilla pero cada fibra de su ser estaba dolorosamente al tanto de la presencia de Ignacio a su lado. El pacto de los seis meses flotaba entre ambos como una sentencia de muerte o un desafío de guerra. Ninguno habló, las palabras habrían sido un estorbo para la coreografía silenciosa que se estaba gestando.
Cuando el coche se detuvo finalmente ante la imponente fachada de la mansión Del Vecchio, Ángela bajó primero, arrastrando la seda del vestido "Cenizas de Fénix", que a la luz mortecina de los faros exteriores parecía recuperar por ráfagas su destello azul eléctrico. Caminó hacia la entrada principal con pasos rápidos y decididos, necesitaba cruzar ese umbral, llegar a su habitación y cerrar la puerta con llave para procesar el pánico intelectual de haber desmantelado el guion de la novela.
Ignacio entró justo detrás de ella, el pesado portón de madera noble se cerró con un eco sordo que cortó de golpe el ruido del viento exterior. El gran vestíbulo de mármol estaba en penumbra, iluminado únicamente por las luces de seguridad indirectas. El silencio era absoluto, sepulcral, el escenario perfecto para un colapso.
Ángela dio tres pasos hacia la gran escalinata, pero antes de que pudiera apoyar el pie en el primer peldaño, la tensión acumulada durante toda la noche, la humillación de Bianca, el control sobre el Barón Von Weber, el juego en alemán y sobre todo, el ultimátum del divorcio programado, estalló en el aire.
Ignacio se movió con la rapidez de un depredador que ha agotado su paciencia. No hubo suavidad en su movimiento, cruzó el espacio que los separaba, la tomó del antebrazo con un agarre firme y la giró con brusquedad, obligándola a apoyar la espalda contra la columna de mármol que custodiaba la escalera. El impacto sordo de su cuerpo contra la piedra fría hizo que Ángela soltara un leve gemido de sorpresa, pero no de dolor.
Él invadió su espacio por completo, acorralándola con su cuerpo apoyó ambas manos en la columna de mármol, a cada lado de la cabeza de Ángela, atrapándola en una prisión de carne y calor. No traía la chaqueta del esmoquin, y los puños de su camisa blanca estaban remangados hasta los antebrazos, exponiendo las venas marcadas por la adrenalina. Su rostro estaba a escasos centímetros del de ella, sus ojos brillaban con una fijeza salvaje y posesiva que Ángela nunca había visto en las descripciones del libro.
Ángela sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas, pero no dio un solo paso atrás. Sostuvo la mirada del magnate, obligando a sus pupilas azules a clavar el frío de su rabia en la furia de él.
Ignacio bajó una de sus manos de la columna y rodeó la nuca de Ángela, hundiendo sus dedos en el peinado de su melena. La presión de su mano la obligó a levantar la barbilla, exponiendo la línea perfecta de su cuello bajo la luz de la penumbra.
Antes de que Ángela pudiera articular una respuesta, Ignacio acortó los milímetros que los separaban y la besó. Fue un beso hambriento, posesivo y cargado de una furia incontenible que llevaba años contenida bajo capas de frialdad e indiferencia. Ignacio no pidió permiso; reclamó sus labios con la urgencia de un hombre que acaba de encontrar un tesoro y se niega a perderlo. La fuerza del beso hizo que el mundo de Ángela tambaleara por un instante. No era el beso desinteresado o mecánico que el villano de la novela le habría dado a la antigua Ciara, era la colisión brutal de un depredador que acababa de aceptar que su presa era en realidad su igual, su perdición y su obsesión al mismo tiempo.