Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 27. LA EXPLOSIÓN DEL CRISTAL

El trayecto de regreso en el coche oficial fue una tortura de silencio y magnetismo, el espacio confinado del asiento trasero de piel negra parecía haber absorbido toda la electricidad estática de la noche. Ángela mantenía la vista fija en el asfalto mojado que desfilaba a través de la ventanilla pero cada fibra de su ser estaba dolorosamente al tanto de la presencia de Ignacio a su lado. El pacto de los seis meses flotaba entre ambos como una sentencia de muerte o un desafío de guerra. Ninguno habló, las palabras habrían sido un estorbo para la coreografía silenciosa que se estaba gestando.

Cuando el coche se detuvo finalmente ante la imponente fachada de la mansión Del Vecchio, Ángela bajó primero, arrastrando la seda del vestido "Cenizas de Fénix", que a la luz mortecina de los faros exteriores parecía recuperar por ráfagas su destello azul eléctrico. Caminó hacia la entrada principal con pasos rápidos y decididos, necesitaba cruzar ese umbral, llegar a su habitación y cerrar la puerta con llave para procesar el pánico intelectual de haber desmantelado el guion de la novela.

Ignacio entró justo detrás de ella, el pesado portón de madera noble se cerró con un eco sordo que cortó de golpe el ruido del viento exterior. El gran vestíbulo de mármol estaba en penumbra, iluminado únicamente por las luces de seguridad indirectas. El silencio era absoluto, sepulcral, el escenario perfecto para un colapso.

Ángela dio tres pasos hacia la gran escalinata, pero antes de que pudiera apoyar el pie en el primer peldaño, la tensión acumulada durante toda la noche, la humillación de Bianca, el control sobre el Barón Von Weber, el juego en alemán y sobre todo, el ultimátum del divorcio programado, estalló en el aire.

Ignacio se movió con la rapidez de un depredador que ha agotado su paciencia. No hubo suavidad en su movimiento, cruzó el espacio que los separaba, la tomó del antebrazo con un agarre firme y la giró con brusquedad, obligándola a apoyar la espalda contra la columna de mármol que custodiaba la escalera. El impacto sordo de su cuerpo contra la piedra fría hizo que Ángela soltara un leve gemido de sorpresa, pero no de dolor.

  • ¡Suéltame, Ignacio! - exigió ella, y su voz, aunque baja, vibró con una furia peligrosa - Rompiste el acuerdo en menos de veinte minutos.
  • Al diablo el acuerdo, Ciara - la voz de Ignacio era un rugido contenido, ronco, despojado por completo de la mascara aristocrática que había portado en la gala - Al diablo los seis meses y al diablo el notario.

Él invadió su espacio por completo, acorralándola con su cuerpo apoyó ambas manos en la columna de mármol, a cada lado de la cabeza de Ángela, atrapándola en una prisión de carne y calor. No traía la chaqueta del esmoquin, y los puños de su camisa blanca estaban remangados hasta los antebrazos, exponiendo las venas marcadas por la adrenalina. Su rostro estaba a escasos centímetros del de ella, sus ojos brillaban con una fijeza salvaje y posesiva que Ángela nunca había visto en las descripciones del libro.

  • ¿Quién eres? - exigió Ignacio, y su respiración agitada rozó los labios oscuros de ella - Dímelo ya y no me salgas con la mentira de las pasarelas de tu adolescencia. Ninguna modelo de supermercado tiene esa mirada de hielo, ninguna mujer frágil planea un divorcio con un cronómetro en la mano mientras me quita la mitad de mi empresa. Me estás volviendo loco, Ciara. Llevo días buscando al maldito maestro que te entrenó para esto y mi equipo no encuentra nada. La mujer que tengo enfrente nació el día del accidente.

Ángela sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas, pero no dio un solo paso atrás. Sostuvo la mirada del magnate, obligando a sus pupilas azules a clavar el frío de su rabia en la furia de él.

  • Te lo dije, Ignacio. La mujer que conocías murió en ese acantilado - replicó ella y su voz aterciopelada se mantuvo firme como el diamante - Lo que tienes enfrente es la realidad, soy la que va a salvar tu patrimonio porque tú eras demasiado ciego para ver el valor de lo que tenías en casa. Si tu ego no puede soportar que una mujer sea más inteligente que tú, ese es tu problema. Pero no me vuelvas a tocar.
  • No es mi ego lo que está herido, maldita sea - susurró Ignacio y en su tono hubo una nota de desesperación honesta que descolocó por completo a Ángela. Él redujo la distancia mínima que quedaba, rozando la punta de su nariz con la de ella - Es el hecho de que no puedo dejar de mirarte, no puedo dejar de pensar en cómo articulabas cada palabra en la mesa, en cómo barriste a Bianca como si fuera basura, en cómo me desafías sin que te tiemble un solo músculo. Me pasé años ignorándote porque pensaba que eras un espacio vacío y ahora resulta que eres un agujero negro que me está absorbiendo por completo.

Ignacio bajó una de sus manos de la columna y rodeó la nuca de Ángela, hundiendo sus dedos en el peinado de su melena. La presión de su mano la obligó a levantar la barbilla, exponiendo la línea perfecta de su cuello bajo la luz de la penumbra.

  • No voy a darte el divorcio en seis meses - prometió él contra sus labios, un juramento posesivo y oscuro - Te daré las firmas corporativas mañana, te daré el control de Milán, te daré el imperio entero si me lo pides. Pero no vas a marcharte. Voy a usar cada uno de los días de tu temporizador para derretir ese hielo que traes en las venas. Vas a quedarte a mi lado, Ciara. Porque ahora que sé lo que vales no hay poder en este mundo que me obligue a soltarte.

Antes de que Ángela pudiera articular una respuesta, Ignacio acortó los milímetros que los separaban y la besó. Fue un beso hambriento, posesivo y cargado de una furia incontenible que llevaba años contenida bajo capas de frialdad e indiferencia. Ignacio no pidió permiso; reclamó sus labios con la urgencia de un hombre que acaba de encontrar un tesoro y se niega a perderlo. La fuerza del beso hizo que el mundo de Ángela tambaleara por un instante. No era el beso desinteresado o mecánico que el villano de la novela le habría dado a la antigua Ciara, era la colisión brutal de un depredador que acababa de aceptar que su presa era en realidad su igual, su perdición y su obsesión al mismo tiempo.




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