El eco de los tacones de Ángela sobre los escalones de mármol no logró ahogar el sonido de los pasos de Ignacio, que subía justo detrás de ella. No había prisa en su andar, sino la determinación implacable de quien ha fijado su objetivo y no piensa retroceder. Ángela aceleró el paso al llegar al pasillo de la planta alta, sintiendo cómo la seda del vestido rozaba sus piernas como un susurro de advertencia.
Llegó a la puerta de su habitación, tomó el pomo de bronce con una mano que intentaba en vano mantener la firmeza y empujó la madera pero antes de que pudiera cerrarla y girar la llave que custodiaba su privacidad, una presión firme y absoluta se opuso desde el exterior.
Ignacio entró en la habitación antes de que ella pudiera evitarlo. Cerró la puerta a sus espaldas con un movimiento seco y el sonido del pestillo al encajarse resonó en el espacio como la firma de un pacto irrevocable.
La habitación estaba sumida en una penumbra suave, iluminada únicamente por el reflejo de las luces de la ciudad que entraba a través de los amplios ventanales. El aire aquí dentro era más cálido, impregnado del aroma a lavanda de las sábanas y el perfume a sándalo que Ignacio traía consigo.
Él dio el último paso, invadiendo su espacio por completo. Sus manos, despojadas ya de toda formalidad corporativa, subieron lentamente por los brazos de Ángela, acariciando el encaje negro de sus guantes hasta llegar a sus hombros descubiertos. El contacto directo de sus palmas cálidas contra la piel pálida de ella provocó un estremecimiento sutil en la habitación.
Ángela levantó la mirada, dispuesta a lanzar otra réplica cortante pero las palabras se desvanecieron cuando Ignacio se inclinó y volvió a buscar sus labios.
Esta vez, el beso no fue una emboscada en el vestíbulo; fue una invitación profunda, deliberada y magnética. Ignacio la besó con una ternura inesperada que contrastaba con la furia posesiva de antes, recorriendo sus labios con una lentitud que buscaba desarmar su resistencia pieza por pieza. Sus dedos se enredaron en su melena, inclinando su cabeza en el ángulo exacto para profundizar el contacto.
Y entonces, el guion se quebró en el lugar más inesperado, dentro de la propia Ángela.
Los residuos de los recuerdos de Ciara que siempre habían temblado ante la presencia de este hombre se fusionaron de pronto con el orgullo y la intensidad de Ángela. Sintió una oleada de calor que le recorrió las venas, un deseo genuino y salvaje que ya no pertenecía a ninguna página escrita. Por primera vez desde que despertó en este mundo, Ángela dejó de calcular, dejó de pensar en las cláusulas, en el Barón Von Weber y en el temporizador de seis meses.
Ángela reaccionó.
Sus manos enguantadas que antes habían intentado empujarlo.subieron por el pecho de Ignacio, aferrándose a la fina tela de su camisa blanca. Sus labios se abrieron bajo los de él, respondiendo al beso con una intensidad idéntica, una entrega que no era sumisión sino una declaración de igualdad en el deseo. El gemido sutil que escapó de su garganta encendió el pulso de Ignacio, quien la estrechó contra su cuerpo con una fuerza que buscaba borrar cualquier rastro de la distancia que los había separado durante años.
La coreografía que siguió fue de una estética impecable, un baile de sombras y texturas bajo la luz de la luna. Las manos de Ignacio se deslizaron por la espalda descubierta de Ángela, recorriendo la línea perfecta de su columna con una devoción que parecía querer memorizar cada milímetro de su piel. Con un movimiento pausado y reverente, sus dedos buscaron el sutil cierre invisible del vestido. La seda líquida cedió con un susurro casi imperceptible, resbalando por los hombros y las caderas de Ángela hasta caer al suelo de parqué en un charco de sombras oscuras y destellos azules.
Ignacio se apartó apenas unos milímetros para mirarla. En la penumbra, la silueta de Ángela, despojada de su armadura de alta costura, lucía como una escultura de mármol vivo. Sus ojos azules brillaban con un desafío que el deseo no había logrado apagar, Ignacio la alzó con delicadeza depositándola sobre las sábanas de seda de la cama con una suavidad que desmentía la urgencia que le quemaba el pecho.
Se deshizo de su camisa, dejando que la luz de la luna dibujara las líneas marcadas de su torso, cuando se inclinó sobre ella, el encuentro se convirtió en una marea de caricias lentas y rítmicas. No había vulgaridad en sus movimientos, solo la urgencia de dos voluntades soberbias que habían decidido rendirse la una ante la otra. Cada roce de las manos de Ignacio, cada respuesta de los dedos de Ángela enredándose en su cabello, era una línea nueva escrita en un pergamino en blanco.
La noche avanzó entre suspiros ahogados y el calor de dos cuerpos que chocaban como placas tectónicas, reconfigurando el mapa de su existencia. Ignacio la amó con el hambre del hombre que acaba de despertar a la realidad y Ángela se dejó llevar por la corriente, descubriendo que el fuego que traía en las venas era lo único capaz de quemar el guion de una novela que ya no tenía poder sobre ella.
En la oscuridad de la mansión Del Vecchio, la tregua de hielo se había derretido por completo, dejando en su lugar las cenizas de un pasado que ninguno de los dos volvería a reclamar.