El amanecer se filtró en la habitación principal de la mansión Del Vecchio no como una explosión, sino como una línea pálida y grisácea que trepó por las pesadas cortinas de terciopelo. La luz de la mañana traía consigo el frío residual de la tormenta de la noche anterior, tiñendo el parqué y las sábanas de seda de un tono plateado.
Ángela abrió los ojos lentamente, despertando de un sueño denso y desprovisto de mapas. Lo primero que registró su cuerpo fue el aroma a sándalo que impregnaba las almohadas, un eco táctil de la piel de Ignacio contra la suya. Estiró la mano de forma instintiva hacia el lado izquierdo de la cama, buscando el calor de los músculos que la habían sostenido hasta la madrugada.
La sábana estaba fría. El espacio a su lado estaba vacío.
En esa milésima de segundo, un tirón violento la devolvió a la realidad de la novela, esa que que describía de manera gráfica y clara lo que sucedia después de cada encuentro íntimo entre Ciara e Ignacio. El pánico intelectual la golpeó con la fuerza de un mazazo en el pecho. Sintió nuevamente ese vacío asfixiante, el mismo frío que la antigua Ciara experimentaba cada vez que Ignacio la abandonaba tras un encuentro mecánico para regresar a su despacho, borrándola de su existencia como si fuera un trámite molesto.
Por un instante, Ángela pensó que la noche del Olimpo, el alemán perfecto y el quiebre del guion habían sido un delirio de su mente transmigrada, pensó que el libro había ganado, que la inercia de la trama original la había arrastrado de vuelta al papel de la víctima desestimada. Se incorporó sobre los codos, apartando la melena de su rostro. La seda de la sábana resbaló, exponiendo la marca sutil de una caricia en su hombro, como una muestra que ahora se burlaba de ella por haber caído en la misma trampa ilusoria de Ciara.
El vestido "Cenizas de Fénix" seguía en el suelo, un charco azul y negro que parecía también burlarse de su vulnerabilidad actual.
Fue en ese instante exacto cuando el sonido metálico del pomo de la puerta al girar rompió el silencio de la estancia.
Ángela se tensó, tirando de la sábana hacia arriba para cubrirse el pecho con ese orgullo aristocrático que se negaba a claudicar, esperaba ver entrar al mayordomo tal como lo describía la novela, con un mensaje frio y distante de su esposo o quizás en el mejor de los casos a Ignacio ya vestido con su traje de tres piezas, listo para recordarle su lugar y salir hacia la corporación.
Pero el guion volvió a saltar por los aires.
Ignacio entró en la habitación caminando descalzo sobre el parqué, con un andar pausado que no tenía prisa. No llevaba la camisa de sastre ni la corbata, vestía únicamente el pantalón negro del esmoquin de la noche anterior, que se ceñía a su cadera y dejaba al descubierto la anatomía imponente de su torso. La luz gris de la mañana perfilaba los músculos marcados de su espalda y el pecho, donde aún quedaba el rastro invisible de los dedos de Ángela enredándose en su piel.
Sostenía entre sus manos una pesada bandeja de plata.
El aroma que inundó la habitación de inmediato no era el de las infusiones florales que la antigua Ciara solía tomar. Era el olor penetrante, denso y amargo de dos tazas de café negro. Al lado de las tazas, la bandeja transportaba frutas frescas cortadas con precisión y pan recién horneado. No había ningún sirviente detrás de él, Ignacio se había tomado el trabajo de bajar personalmente a las cocinas de la mansión para preparar el desayuno de ambos, una anomalía tan inmensa en el universo de Cadenas de Oro que Ángela se quedó sin respiración.
Ignacio se detuvo al pie de la cama y la miró. Sus ojos oscuros, despojados de la frialdad corporativa que solía usar como escudo, la recorrieron con una devoción posesiva y honesta que hizo que el vacío en el pecho de Ángela se disipara en el acto. Una sonrisa de lado, sutil y cargada de una ternura que él apenas estaba aprendiendo a expresar, dibujó sus labios.
Ángela no respondió de inmediato. Sostuvo la mirada, obligando a su mente a procesar la demolición de sus miedos. El monstruo del libro no estaba allí, el hombre que tenía enfrente estaba completamente despierto.
Ignacio soltó una risa ronca, un sonido que Ángela nunca había leído en las páginas del borrador. Caminó hacia el lateral de la cama y dejó la bandeja de plata sobre la mesa de noche con un tintineo sutil. Luego, con una parsimonia que tensó el aire, se sentó en el borde del colchón, hundiendo la seda de las sábanas con el peso de su cuerpo.
Se inclinó hacia ella, atrapándola nuevamente con su cercanía y el aroma a sándalo que emanaba de su piel desnuda. Tomó una de las tazas de porcelana y se la ofreció, asegurándose de que sus dedos rozaran los de ella en el intercambio.