El reloj de pie del gran salón de la mansión Del Vecchio dejó caer las diez campanadas con una solemnidad británica. La luz gris de la mañana ya se había estabilizado, iluminando la mesa de caoba donde reposaban tres carpetas de piel con el sello del notariado estatal. El doctor Benavídez, un hombre mayor de gestos meticulosos y traje oscuro, ajustaba sus gafas mientras revisaba los anexos del contrato de transferencia legal.
Ángela estaba sentada en uno de los extremos de la mesa. Llevaba un vestido de lana en tono verde botella, de un corte geométrico tan perfecto que estilizaba su figura con una elegancia ejecutiva devastadora. Sostenía entre sus dedos una pluma estilográfica, observando los documentos con la mirada analítica de quien sabe que está firmando su póliza de libertad.
Ignacio estaba de pie a su lado, con la camisa blanca de sastre de la noche anterior perfectamente lavada y planchada, pero sin la corbata, manteniendo un aire de dominio que la noche de pasión solo había intensificado. Su mano descansaba de manera casual en el respaldo de la silla de Ángela, una marca de proximidad constante que el notario fingía ignorar.
Ángela no dudó, con un trazo fluido y firme estampó la firma de Ciara en el documento. Ignacio tomó la pluma inmediatamente después y firmó a su lado, sin que su pulso temblara un solo milímetro. El traspaso de poder legal era oficial.
El notario recogió sus carpetas, hizo una reverencia protocolaria y fue escoltado por el mayordomo hacia la salida. El silencio regresó al gran salón, pero esta vez ya no era el silencio de la sumisión era el espacio que quedaba tras la firma de un armisticio.
Ignacio caminó hacia el ventanal que daba al jardín y sacó su teléfono personal. Marcó el número directo del piso presidencial de la corporación.
Colgó el teléfono sin esperar respuesta y lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Se giró lentamente hacia Ángela, observándola con esa fijeza salvaje y honesta que había despertado en él desde el accidente. Cruzó el salón con paso pausado y se detuvo frente a ella, reduciendo el espacio con una cercanía magnética.
Ignacio sonrió de lado, pero la expresión oscura dio paso a una seriedad distinta, una vulnerabilidad que Ángela nunca había leído en las descripciones del libro. Él estiró la mano y rozó sutilmente los dedos de ella, sin apretarlos, buscando un contacto que no fuera una imposición de fuerza.
Ángela se tensó sutilmente, sus pupilas azules clavándose en las de él, lista para recordarle la cláusula de las habitaciones separadas que él mismo había impuesto desde el matrimonio.
Ángela contuvo el aliento. En el universo original de la novela Cadenas de Oro, la habitación privada de Ignacio era un santuario prohibido para la verdadera Ciara. En esas páginas borradoras, a ella jamás se le permitió cruzar ese umbral era el espacio donde Ignacio custodiaba su soledad y su desprecio, el lugar que le recordaba a Ciara que ella era solo una inquilina molesta en su propiedad. Que ahora él se lo ofreciera, no como un mandato de esposo posesivo, sino como una petición humilde, era una alteración estructural tan inmensa que Ángela sintió vértigo.
Ángela lo miró a los ojos, buscando alguna grieta de manipulación corporativa, pero solo encontró el fuego devorador de un hombre que estaba dispuesto a entregarle las llaves de sus lugares más sagrados con tal de no perderla en los próximos seis meses. El guion de la novela se había desintegrado por completo bajo sus pies, el villano frío del libro le estaba pidiendo permiso para amarla en su propio terreno.