El silencio que siguió a la petición de Ignacio se extendió por el gran salón como una capa de escarcha. La pluma con la que minutos antes habían sellado el destino legal de las Empresas Del Vecchio, descansaba inerte sobre la caoba.
Ángela se quedó completamente inmóvil, con la mirada fija en el pecho de Ignacio podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la vibración de una devoción cruda que avanzaba con la fuerza de un transatlántico sin frenos por dentro, un frío glacial la paralizó.
Tenía miedo, no el miedo físico de la Ciara original sino el pánico absoluto de una estratega que ve cómo el tablero entero se disuelve bajo sus pies. Todo estaba yendo demasiado rápido. En la novela Cadenas de Oro, Ignacio tardaba meses en notar la existencia de su esposa y para cuando lo hacía, era solo para usarla como un peón corporativo. Ahora, en menos de setenta y dos horas, el hombre no solo le había entregado el cincuenta por ciento de sus activos internacionales, sino que pretendía abrirle las puertas del santuario que siempre había estado prohibido, su habitación. El lugar donde él custodiaba su soledad.
Si aceptaba, si cruzaba ese umbral y mudaba sus cosas al ala este, la última línea de defensa que Ángela poseía se evaporaría. Dejaría de ser la mente ajena que controlaba la trama desde fuera y se convertiría por completo en Ciara, atrapada en los brazos de un hombre cuya intensidad amenazaba con devorar su verdadera identidad.
Lentamente, Ángela dio un paso hacia atrás, rompiendo el magnetismo de la cercanía de Ignacio. El roce de sus zapatos contra la alfombra persa sonó como una barrera que se levantaba.
Ignacio no se movió pero Ángela pudo ver cómo sus hombros se tensaban de inmediato y cómo la chispa de vulnerabilidad en sus ojos oscuros se apagaba, sustituida por una fijeza analítica.
Ignacio la observó en silencio, asimilando el rechazo con la rigidez de un hombre acostumbrado a que sus deseos fueran órdenes. El fuego posesivo que había nacido en su pecho chocó de frente contra el muro de hielo que ella insistía en mantener, dio un paso hacia ella, no con violencia, sino con esa parsimonia peligrosa que usaba en las negociaciones más feroces.
Ángela forzó una sonrisa de lado, esa expresión soberbia que pertenecía exclusivamente a Ángela Ferreti y que Ciara jamás habría sido capaz de imitar. Se aliso su ropa con una calma ensayada.
Ángela caminó hacia la salida del salón, con el paso firme y coreografiado de quien abandona una pasarela tras una ejecución perfecta pero al llegar al umbral, se detuvo por un segundo sin girarse.
Salió del salón, dejando tras de sí el eco de sus tacones y a un Ignacio Del Vecchio que se quedó solo, mirando el espacio vacío que ella acababa de dejar. Él apretó los puños, pero la frustración en su rostro se transformó lentamente en una sonrisa oscura y determinada. Ella creía que un muro de mármol y una llave en la puerta serían suficientes para detener la cuenta regresiva que ella misma había encendido. No la obligaría a cruzar el pasillo, era un hombre paciente. Pero el juego de los seis meses acababa de volverse mucho más interesante.