El coche oficial se detuvo frente a las imponentes puertas de cristal de las Empresas Del Vecchio exactamente a la una y cuarenta y cinco de la tarde. El sol de la planicie refractaba contra la fachada espejada del rascacielos, haciéndolo lucir como una fortaleza infranqueable pero para Ángela, ese edificio ya no era el laberinto donde Ciara se escondía, era el territorio que venía a reclamar.
El chofer se apresuró a abrir la portezuela trasera, Ángela descendió del vehículo con una fluidez milimétrica el traje sastre verde botella de lana fría se ceñía a su silueta con una severidad aristocrática y sus tacones de aguja repiquetearon contra el granito de la entrada con la cadencia de una marcha militar. Ignacio bajó justo detrás de ella, luciendo su habitual traje oscuro, pero esta vez su postura había cambiado por completo, ya no caminaba tres pasos por delante se aseguraba ir al ritmo de Ciara para que ella se mantuviera a su lado, con la mirada fija en el perfil de su esposa, custodiando su avance con una mezcla de orgullo y posesividad silenciosa.
Al cruzar las puertas giratorias del vestíbulo principal, un silencio súbito barrió el lugar.
El rumor de los teléfonos, los teclados y las conversaciones de los analistas se extinguió en un segundo. Los empleados del área de recepción y seguridad se quedaron estáticos. Los rumores sobre lo ocurrido en la gala de la noche anterior ya habían corrido como la pólvora por los canales internos de la corporación, el despido fulminante de Bianca, la humillación pública de la amante del jefe y la aparición de una Ciara Del Vecchio que hablaba alemán y manejaba a los tiburones de Milán como si fueran principiantes. Verla entrar ahora, radiante con una mirada fria que exigía subordinación instantánea, confirmó que el mito era real. La "modelo de folletos de supermercado" había muerto y en su lugar, una monarca exigía su trono.
Ángela no miró a nadie, mantuvo la vista al frente, dirigiéndose directamente hacia el banco de ascensores privados de la presidencia. Los empleados se apartaban a su paso de forma instintiva, inclinando levemente la cabeza, un gesto de respeto que la antigua Ciara jamás había recibido en toda su existencia en esas oficinas.
Al llegar al piso presidencial, las puertas doradas del ascensor se abrieron con un susurro metálico. El pasillo principal estaba sumido en una tensión insoportable. En el centro exacto, el pequeño escritorio de madera barata que Ángela había ordenado instalar seguía allí, despojado de todas las pertenencias de Bianca. El vacío de ese puesto era el recordatorio físico del primer cadáver político de la nueva administración.
La secretaria ejecutiva de Ignacio, una mujer hermosa que había servido a la familia Del Vecchio durante una década, dio un paso al frente con las manos temblorosas, sosteniendo una tableta corporativa.
Ignacio observaba la escena apoyado contra el marco de la gran puerta doble de su oficina una sonrisa de lado, oscura y fascinada, dibujó sus labios. Ver a su esposa tomar el control del piso presidencial con esa parsimonia quirúrgica le provocaba una mezcla indescifrable de frustración y un deseo devorador. Ella se movía bajo sus propias reglas y el hecho de que hubiera rechazado mudar sus cosas a su habitación esa misma mañana solo hacía que él tuviera más hambre de romper su resistencia.
Ángela caminó hacia la sala de juntas, deteniéndose justo ante las pesadas puertas de caoba. Se giró hacia Ignacio, ajustándose el puño del traje verde botella.
Ignacio acortó la distancia entre ambos, deteniéndose a escasos centímetros de su rostro. El aroma a sándalo de su piel volvió a invadir los sentidos de Ángela, recordándole la intensidad de la madrugada.
Ángela sostuvo la mirada, controlando el pulso que amenazaba con acelerarse ante su cercanía y empujó las puertas dobles con firmeza. El primer día del nuevo régimen corporativo estaba por comenzary la junta directiva de los Del Vecchio no tenía idea de la tormenta de fuego que estaba a punto de entrar por esa puerta.