El murmullo de voces graves y tensas se cortó de golpe cuando las pesadas puertas dobles de la sala de juntas ejecutiva se abrieron. El aire dentro del salón, saturado por el olor a café y el cuero de los sillones presidenciales, parecía haber alcanzado el punto de ebullición. Alrededor de la inmensa mesa estaban sentados los cinco socios mayoritarios de las Empresas Del Vecchio, hombres de la vieja guardia corporativa que controlaban las finanzas de la compañía desde la época del padre de Ignacio.
Ángela entró primero, caminó con la parsimonia de una reina que inspecciona sus tropas, dejando que el tintineo sutil de sus tacones marcara el pulso del silencio que acababa de imponer. Ignacio la siguió a un paso de distancia, manteniendo una fijeza oscura en su mirada que advertía a cualquiera en la sala del cambio de marea.
En la cabecera, junto a los gráficos de pérdidas proyectados en las pantallas de alta definición, se alzaba el socio mayoritario principal, el doctor Claudio Rossi, un hombre de setenta años con facciones talladas en desprecio y un historial de misoginia empresarial bien conocido en la élite textil.
Las risitas de complicidad de los otros cuatro socios resonaron en la caoba como un eco degradante. Era el mismo desprecio, la misma táctica de humillación con la que durante años confinaron a la antigua Ciara al exilio doméstico.
Ángela se detuvo ante su silla, pero no se sentó, apoyó las yemas de sus dedos sobre la superficie de madera, inclinándose levemente hacia adelante. En ese microsegundo de silencio, la mente de Ángela sufrió un tirón violento hacia atrás, una descarga de memoria de su "otra" vida que le heló la sangre.
Recordó el despacho de Marco, el mismo olor a superioridad masculina. Recordó cómo, diez años atrás, cuando su carrera como supermodelo apenas despegaba ella le había sonreído a Marco con ingenuidad mientras él deslizaba el primer contrato de representación sobre la mesa. "Es solo papeleo, mi amor, para protegerte", le había dicho Marco con esa voz dulce que después le supo a amarga. Y ella, cegada por la confianza, le había cedido un cinco por ciento, luego un diez, luego el control absoluto de sus finanzas, de su imagen y finalmente de su libertad legal, hasta convertirse en la "propiedad privada" que él vendió a un cartel de apuestas para cubrir sus deudas de juego.
Había cedido su vida poco a poco, firmando su propia sentencia con una sonrisa dócil, creyendo que el hombre que decía amarla la estaba cuidando. Una oleada de rabia ártica barrió los residuos del recuerdo de Marco de su mente, encendiendo el azul eléctrico latente en sus pupilas. "Nunca más", se juró a sí misma. No iba a permitir que este grupo de dinosaurios corporativos, ni el propio Ignacio, la trataran como una moneda de cambio o un adorno defectuoso. Ella ya había pagado el precio más alto por su sumisión en su vida anterior, en esta realidad ella era la que sostenía el arma.
Ángela levantó la barbilla, barriendo a Rossi con una mirada tan gélida que la sonrisa del anciano se desmoronó en el acto.
Rossi abrió la boca para replicar, rojo de indignación pero Ángela no le dio espacio para respirar. Dio un paso hacia la pantalla táctil y con un movimiento ágil de su mano, borró los gráficos de pérdidas que ellos estaban discutiendo.
El silencio en la sala de juntas fue absoluto. Los socios mayores se miraron entre sí, asombrados por la lógica impecable y la ferocidad de la mujer que tenían enfrente. La audacia de Ángela, destilada de sus años en la cúspide de la moda internacional, los había reducido a la nada en menos de dos minutos.
Ignacio, que se había mantenido al margen observando cada movimiento, dio un paso al frente. Su mano buscó de nuevo la cintura de Ángela, un agarre posesivo, cálido y firme que enviaba un mensaje inequívoco a toda la junta directiva. Su mirada oscura, fija en Rossi, brillaba con una devoción salvaje que ya no ocultaba ante nadie.