Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 34. LA RED DE LA PENUMBRA

La noche había caído por completo sobre la mansión Del Vecchio, trayendo consigo el mismo silencio denso y aristocrático que solía caracterizar a la propiedad. La jornada en la corporación había sido un desfile de victorias legales y reestructuraciones drásticas. Ángela había tomado el control absoluto del piso reduciendo a la junta directiva a un grupo de hombres obedientes y borrando el rastro de Bianca del organigrama.

Sin embargo, al cruzar el umbral de su habitación en el ala oeste, la armadura de la Directora de Estrategia se desmoronó.

Ángela se despojó del traje verde botella y se puso un camisón de seda blanco, fluido y ligero. Se deshizo del peinado de efecto húmedo, dejando que su melena cayera libremente sobre sus hombros. Tras cerrar la puerta con llave y escuchar el clic del pestillo, respiró hondo. Ese sonido era su único salvavidas, la barrera física que blindaba la tregua de los seis meses y el contrato de distancia que había impuesto en el jardín del hotel. Se deslizó bajo las sábanas de seda de su cama con dosel, buscando la desconexión del mapa mental de la novela que la mantenía en vilo.

Pero el universo de Cadenas de Oro ya no respondía a las leyes de la imprenta y menos de la escritora.

Pasada la medianoche, un sutil chasquido metálico rompió la quietud de la estancia, Ángela se incorporó de golpe sobre los codos, con las pupilas azules abriéndose en la penumbra. A través de la luz difusa que entraba por el ventanal, vio la silueta de Ignacio recortarse en el umbral. Sostenía en su mano una llave maestra de bronce, la prueba física de que en esa mansión ninguna cerradura tenía poder real contra el dueño del apellido.

Ignacio entró descalzo, vistiendo únicamente un pantalón de dormir oscuro. Su torso desnudo emanaba el calor y el aroma a sándalo que Ángela ya reconocía como una amenaza directa a su estrategia. No había furia en sus movimientos, ni la urgencia salvaje de la noche anterior; se movía con la parsimonia de un depredador que regresa a su madriguera.

  • Rompiste la cerradura, Ignacio - dijo Ángela, y su voz aterciopelada sonó trémula por primera vez, perdiendo el filo de un bisturí - Te advertí en el jardín que si cruzabas esa puerta, me marcharía mañana mismo con los contratos de Milán.

Ignacio no respondió, rodeó la cama con paso pausado y ante la mirada atónita de Ángela, apartó el edredón y se deslizó entre las sábanas a su lado. La cama se hundió bajo el peso de su cuerpo musculoso. Antes de que ella pudiera reaccionar o interponer sus manos para empujarlo, los brazos de acero de Ignacio la rodearon por la cintura, tirando de ella con una firmeza absoluta hasta pegar la espalda de Ángela contra su pecho.

  • No voy a tocarte como lo hice anoche, Ciara - susurró Ignacio contra su nuca, y su respiración grave e íntima le erizó el vello de los brazos - Sé cuáles son tus cláusulas prometo tratar de no romperlas seguido pero este es mi espacioy esta noche no vas a dormir sola.

Ángela se tensó como una cuerda de piano, con el cuerpo rígido contra el de él. Intentó girarse, buscar espacio, pero el agarre de Ignacio era una prisión cálida e inamovible. Su brazo cruzaba su vientre, anclándola a su costado de una manera tan posesiva y honesta que desafiaba cualquier intento de negociación comercial. Él no buscaba sexo, buscaba posesión silenciosa, el derecho primario de custodiar el amanecer de la mujer que había transformado su existencia.

  • Suéltame - exigió ella en un susurro ahogado, sintiendo el latido rítmico y potente del corazón de Ignacio contra su espalda.
  • Duérmete, Ciara - respondió él, acomodando su barbilla sutilmente sobre el hombro de ella, cerrando los ojos con una calma que Ángela encontró sumamente peligrosa - El reloj de tus seis meses sigue intacto y no estoy rompiendo el contrato, solo estoy asegurándome de que recuerdes quién sostiene el temporizador mientras duermes.

En la oscuridad de la habitación, una pequeña pero sofocante ola de pánico empezó a inundar el pecho de Ángela. No era el miedo físico a sufrir una agresión, era el terror absoluto de una arquitecta que descubre que el edificio entero se está cayendo sobre ella. El mundo predecible que conocía se estaba desintegrando de forma irreversible y ella perdia el control.

En el guion original de la novela que había leído en su otra vida, Ignacio jamás habría entrado a la fuerza en una habitación solo para obligar a Ciara a dormir abrazados. El villano del libro era un hombre que usaba el distanciamiento y el hielo como su mejor arma de castigo. Este Ignacio despierto, obsesionado y devoto que entregaba firmas legales por la mañana y reclamaba su piel por la noche con una ternura implacable, era una variable que no existía en ninguna página.

Ángela cerró los ojos, sintiendo que el calor de los brazos de Ignacio empezaba a derretir las líneas de defensa que Ángela Ferreti había construido para sobrevivir en este cuerpo. Si él continuaba reescribiendo su propia naturaleza, si dejaba de ser el monstruo predecible de Cadenas de Oro, ella ya no tendría una guía para anticipar el final de la historia. Estaba atrapada en una realidad virgen, enredada en las sábanas de un hombre que se negaba a dejarla ir y cuyo latido constante parecía marcar el ritmo de un destino que ella ya no controlaba.

Poco a poco, la rigidez de sus músculos cedió ante el cansancio extremo de la jornada y el calor sofocante del cuerpo de Ignacio. Ángela se dejó llevar por la inercia del sueño, con el carmín de sus labios ya borrado y el pulso latiendo con fuerza en la penumbra, asimilando que la verdadera guerra por la supervivencia de su identidad civil y emocional acababa de declarar su noche más larga.




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