Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 36. EL HILO INVISIBLE

El almuerzo ejecutivo se servía en la terraza privada del piso presidencial, un espacio rodeado de jardines zen colgantes y paneles de cristal que amortiguaban el estruendo de la ciudad abajo. La mesa, vestida con lino inmaculado, sostenía copas de cristal de roca y un menú minimalista. Frente a ellos, el Barón Von Weber y el director financiero de la división germánica asentían ante los gráficos de distribución que Ángela acababa de desplegar en su tableta corporativa.

Ángela se movía en su elemento. Vestía un traje de gabardina en tono crema que contrastaba con la intensidad de sus labios oscuros. Sostenía una copa de agua mineral, manejando la conversación sobre las proyecciones de exportación a Europa con la precisión quirúrgica que había heredado de su vida anterior en las altas esferas de Milán.

Ignacio, sentado justo al lado de ella, se había mantenido inusualmente observador durante toda la sesión. Su mano, de forma intermitente, buscaba el respaldo de la silla de Ángela o rozaba sutilmente su antebrazo bajo el mantel, un recordatorio físico y posesivo de la noche anterior. Sin embargo, no era el deseo lo que dominaba sus facciones, sino la fijeza analítica de quien guarda una carta letal.

Cuando el Barón Von Weber terminó de elogiar la viabilidad del concepto "Renacimiento" para el mercado de Berlín, Ignacio dejó su copa sobre la mesa con un tintineo sutil que detuvo los susurros de los comensales.

  • El éxito de esta campaña radica en la resiliencia de la estrategia - comentó Ignacio, y su voz grave y pausada barrió la terraza - Mi esposa posee una capacidad innata para sobrevivir a las crisis de imagen, una fuerza que supongo viene de familia. A veces, las tragedias del pasado son las que moldean a los líderes más feroces.

El Barón Von Weber asintió con cortesía aristocrática.

  • La fortaleza se hereda, señor Del Vecchio -respondió el anciano - La aristocracia siempre ha sabido resistir las tormentas.
  • Por supuesto - añadió Ignacio, inclinándose levemente hacia adelante, clavando sus ojos oscuros directamente en las pupilas azules de Ángela con una suavidad que a ella le supo a veneno - Aunque en el caso de mi esposa, las tormentas fueron literales. Sobrevivir a un naufragio masivo a los cuatro años, donde perdiste a toda tu sangre en una sola noche te enseña a no temerle al abismo. ¿No es así, querida? El accidente del acantilado fue solo un eco de lo que tu cuerpo ya sabía superar.

Ángela se quedó petrificada en su asiento. La copa de agua mineral vibró levemente entre sus dedos cubiertos por el encaje de sus guantes antes de que la dejara sobre el lino con una calma forzada.

Por fuera, su rostro se mantuvo como una máscara de porcelana inmutable. Su sonrisa de lado, soberbia y elegante, no cayó. Pero por dentro, una ola de pánico absoluto la golpeó de frente, dejándola sin aire.

"¿Qué naufragio?", pensó Ángela, sintiendo que el suelo bajo sus pies se abría. "Eso no estaba en el libro".

Ángela había leído "Cadenas de Oro" de principio a fin, analizando el recuerdo de cada línea de la trama antes de la noches de su propio accidente. En el texto original, Ciara Del Vecchio era la hija única y biológica de una pareja de aristócratas arruinados que la habían criado entre algodones y miedos en Suiza. No había registros de adopciones, no había costas del norte, no había naufragios y definitivamente, no había ninguna familia biológica muerta. La novela que ella conocía presentaba a Ciara como un ser lineal, un espacio vacío diseñado únicamente para sufrir el desprecio de Ignacio y morir en la página cien.

¿Ignacio la estaba probando con una mentira para ver si caía o la trama de este mundo de ficción tenía capas ocultas que el autor nunca llegó a escribir en la versión publicada?

Desesperada por encontrar una salida, Ángela cerró los ojos por una milésima de segundo, obligando a su mente a sumergirse en las profundidades de la memoria celular del cuerpo de Ciara. Forzó las compuertas de los recuerdos residuales que aún latían en su cerebro, buscando cualquier rastro de agua fría, madera rota o el rostro de una madre o una hermana borradas de la faz de la tierra.

Al principio, solo encontró la neblina habitual del internado suizo. Pero de repente, en un rincón oscuro de la psique de Ciara que nunca antes había explorado, un destello de memoria visceral la sacudió. Vio una imagen borrosa, el sonido ensordecedor de un metal crujiendo, el frío ártico de una marea negra que la succionaba, el grito ahogado de una mujer y una mano pequeña, idéntica a la suya, soltándose en la penumbra del agua. Una hermana.

El recuerdo dolió en la piel de Ciara, provocando que un escalofrío visible recorriera los hombros de Ángela. La adopción sellada y el naufragio eran reales. La novela que ella consideraba su mapa infalible la había dejado a ciegas ante el secreto más grande del personaje que ahora habitaba.

Recomponiendo su postura en un parpadeo, Ángela tomó un sorbo de agua para limpiar la sequedad de su garganta y miró a Ignacio con una piedad gélida que le devolvió el golpe intelectual al magnate.

  • El pasado es un archivo cerrado, Ignacio - dijo Ángela, y su voz aterciopelada resonó con la firmeza de un diamante ante la mesa - Los Del Vecchio no compran el futuro mirando los restos de un naufragio de hace veinticuatro años. El Barón Von Weber ha venido desde Berlín para hablar de la línea "Renacimiento", no para hacer arqueología emocional sobre mi infancia. Concentrémonos en lo que realmente deja ganancias en la mesa.

El Barón Von Weber soltó una carcajada de aprobación, encantado por la frialdad ejecutiva de la mujer.

  • Bien dicho, señora Del Vecchio. Al mercado europeo le interesan los dividendos, no los fantasmas - sentenció el inversor alemán, retomando la lectura de los informes de aranceles.

La reunión continuó, pero la dinámica en la terraza había cambiado por completo. Ignacio guardó silencio durante el resto del almuerzo, pero su mirada no se apartó de Ángela. Sus ojos oscuros brillaban con una fascinación posesiva y peligrosa que rozaba la locura. Él había visto el microsegundo de parálisis en las pupilas de su esposa, el estremecimiento de su hombro y la fijeza con la que había buscado sus propios recuerdos. Sabía que la había tocado en una fibra íntima que ella intentaba ocultar tras esa armadura nueva con la que vestía desde que despertó del accidente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.