El clic sordo de las pesadas puertas dobles del despacho de Ignacio al cerrarse sonó como el cerrojo de una celda de máxima seguridad, el Barón Von Weber acababa de ser escoltado al ascensor privado, dejando tras de sí un rastro de humo de puros caros y el aroma de un trato multimillonario cerrado con éxito. Pero en el santuario de cuero y caoba del magnate, no había ambiente de celebración. La tregua del almuerzo se había evaporado.
Ángela no esperó a que Ignacio caminara hacia su escritorio. Se giró sobre sus tacones de aguja con la velocidad de una navaja al abrirse, su figura parecía absorber la luz difusa de la tarde, transformándola en una armadura compacta. Sus ojos azules, fijos en el rostro de su esposo, destilaban una furia tan pura y afilada que el aire pareció perder grados en un segundo.
Ignacio no se inmutó, caminó hacia el mueble bar de caoba con una parsimonia exasperante, se sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal de roca y le ofreció otro a ella con una ceja ligeramente arqueada. Ángela ni siquiera extendió la mano se mantuvo estática, con los puños apretados sobre sus muslos.
—Pensé que no te gustaba hacer arqueología emocional, querida - replicó Ignacio, bebiendo un sorbo del líquido ámbar mientras la recorría con esa mirada posesiva, salvaje y honesta que la venía persiguiendo desde la noche anterior - En la terraza le dijiste al Barón que el pasado era un archivo cerrado. Sin embargo, aquí estás, exigiendo respuestas con los ojos inyectados en pánico.
La verdad detrás de la furia de Ángela era un secreto que Ignacio jamás podría descifrar, ella no estaba defendiendo el honor de la infancia de Ciara. Estaba muerta de miedo porque el guion de la novela se había vuelto ciego. Si el libro original que ella leyó en su otra vida omitió ese naufragio y esa adopción, significaba que estaba operando en un terreno virgen. El mapa infalible de Cadenas de Oro se había desintegrado, necesitaba que Ignacio soltara los detalles de su investigación para poder reconstruir el rompecabezas del personaje que ahora habitaba antes de que las sombras del pasado la asfixiaran.
Ignacio dejó el vaso de cristal sobre la mesa de noche con un golpe seco. La indiferencia de su rostro se rompió, dando paso a esa fijeza devoradora que definía su nuevo despertar. Se acercó a ella, obligándola a retroceder un milímetro hasta que su cadera chocó contra el borde del escritorio presidencial. Apoyó ambas manos en la caoba, a cada lado del cuerpo de Ángela, atrapándola en su habitual prisión de carne y magnetismo.
Ángela contuvo el aliento, sintiendo el latido potente del corazón de Ignacio contra el centro de su pecho. La oferta del magnate era un jaque mate psicológico. Él creía que el trauma del acantilado había despertado los recuerdos reprimidos de su infancia biológica, no tenía idea de que el fuego en sus venas pertenecía a Ángela Ferreti, una supermodelo muerta en otro universo. No podía revelarle su verdadera naturaleza, pero tampoco podía permitirse el lujo de rechazar la información sobre la adopción sellada.
Ignacio la observó en silencio y la fascinación en sus ojos oscuros se transformó en una devoción salvaje que rozaba la locura. Ella lo estaba desafiando en su propia oficina, desarmando su intento de control con una soberbia que él encontraba sumamente desestabilizadora... y profundamente adictiva.
Lentamente, Ignacio bajó una de sus manos del escritorio y rozó sutilmente la barbilla de Ángela con la punta de sus dedos, obligándola a mantener el rostro en alto bajo la luz de la tarde.