El silencio en el interior del coche tras abandonar la residencia de los Del Valle era una losa pesada, Ángela observaba el paisaje urbano desfilar a través del cristal tintado con los guantes de piel aún ceñidos a sus manos y la respiración acompasada. La congelación de los fondos de sus padres adoptivos había sido un golpe limpio, una amputación financiera que los dejaba de rodillas en su propia villa en ruinas. La neblina que durante veinticuatro años había sepultado el trauma de Ciara se estaba disipando pero el vacío de información que la rodeaba seguía siendo su mayor vulnerabilidad.
Fue en mitad de ese silencio cuando el teléfono personal que Ángela guardaba en el bolsillo interior de su abrigo de cachemira comenzó a vibrar.
No era el aparato que Ignacio usaba para sus operaciones más oscuras, sino la línea privada de Ciara. En la pantalla táctil no apareció ningún nombre, ni siquiera un número oculto con prefijo internacional. La pantalla parpadeaba con una palabra simple y perturbadora: "Desconocido".
Ángela frunció el ceño, sintiendo un sutil cambio en la densidad del aire dentro, deslizó el dedo por la pantalla y se colocó el auricular en el oído, manteniendo su voz aterciopelada en una frecuencia baja para que el chofer no pudiera captar la conversación.
Al otro lado de la línea no hubo una respuesta inmediata. Solo se escuchaba el siseo estático de una conexión analógica de larga distancia y el sonido rítmico de un respirador médico o el goteo constante de un ambiente confinado. Entonces, una voz anciana, áspera por los años y el tabaco, pero con una cadencia arrastrada que denotaba una urgencia médica, rompió el silencio.
Ángela se tensó en el asiento de piel del coche, apretando el teléfono con una fuerza que hizo que el cuero de su guante crujiera. El pánico existencial regresó con la fuerza de una descarga eléctrica, esta llamada no existía en ninguna de las páginas de la novela "Cadenas de Oro". El libro original jamás mencionó a ningún informante externo que conociera el secreto del naufragio, en el texto impreso, el pasado de Ciara era una nota al pie irrelevante. El guion de este mundo de ficción seguía mutando, cobrando una vida propia y salvaje que la dejaba completamente a ciegas.
La voz hizo una pausa prolongada, interrumpida por una tos de pecho que se filtró por el auricular, Ángela contuvo el aliento, sintiendo que el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas. La imagen borrosa de la marea, la mano pequeña soltándose en la penumbra del agua que había sido desenterrado durante el almuerzo de negocios, regresó a su mente con la crudeza de una herida abierta.
La llamada se cortó de golpe con un pitido sordo y definitivo, dejando a Ángela con el teléfono pegado a la oreja y una verdad tan inmensa y peligrosa que la estancia entera pareció girar a su alrededor.
Se retiró el aparato lentamente, con las manos empezando a temblar de forma visible. El tablero de la novela no solo se había vuelto ciego, acababa de expandirse hacia un abismo completamente virgen. Si Valeria seguía viva, si la hermana de Ciara fue rescatada o secuestrada por otra facción antes de la adopción significaba que la línea sucesoria de su verdadera familia biológica estaba incompleta. Había otra jugadora en las sombras, un fantasma del pasado que ni el propio Ignacio Del Vecchio había logrado detectar en sus investigaciones encriptadas.
Ángela se reclinó en el asiento del coche, forzándose a respirar el aire frío del climatizador para recuperar el centro de su estrategia. El temporizador seguía avanzando, pero la lista de deudas de la supermodelo acababa de adquirir un matiz de sangre real. Ya no se trataba únicamente de domar a la junta directiva o de mantener a raya la obsesión posesiva de Ignacio, ahora tenía que desenterrar el rastro de Valeria antes de que las sombras que controlaban la mentira de este mundo descubrieran que la muñeca de porcelana ya conocía el nombre de su sangre.