Tras haber abandonado la residencia Del Valle con el alma en vilo por la llamada telefónica en el trayecto, Ángela no había tenido paz, la noche para ella había sido una tortura de recuerdos borrosos que solo alimentaban los miedos e inseguridades del cuerpo que habitaba.
El rascacielos de las Empresas Del Vecchio se alzaba contra el cielo del mediodía con la frialdad de un monolito inquebrantable, ingresó a la sede corporativa de la firma. Su llegada al edificio no pasó desapercibida, la rigidez helada que Ignacio había detectado en ella al bajar del coche el día anterior aún se reflejaba en la tensión de su mandíbula.
Al entrar en su nuevo despacho de la esquina este, no se quitó el abrigo de cachemira negra, la voz del doctor Méndez seguía vibrando en sus sienes como una frecuencia ultrasónica. Valeria. El nombre de la hermana que supuestamente había muerto en la marea era una coordenada en un mapa que no existía en ninguna de las páginas de la novela que ella recordaba.
Sabiendo que el tiempo jugaba en su contra y que Ignacio vigilaría con recelo sus movimientos tras haberla confrontado en la escalinata de la mansión, Ángela evitó usar la red corporativa. En su lugar, extrajo un teléfono satelital limpio, guardado en una caja de seguridad privada que había gestionado esa misma mañana a través de una firma de abogados externa.
Marcó el número de un contacto de élite, un rastreador especializado en desenterrar personas desaparecidas en el submundo que operaba al margen de cualquier registro oficial.
Ángela guardó el dispositivo, respiró hondo para fijar la frialdad en sus venas y se ajustó los puños del abrigo. Era hora de jugar la carta más arriesgada en el tablero real, necesitaba contrastar lo dicho por el forense con la documentación que su esposo poseía. Cruzó el pasillo, ignorando las miradas subordinadas del personal y caminó directamente hacia la gran puerta doble del ala presidencial de Ignacio. Entró sin llamar, cerrando el pestillo a sus espaldas con un chasquido metálico que rompió el silencio de la estancia.
Ignacio estaba sentado frente a su escritorio analizando los reportes financieros. Al verla entrar con esa determinación y la mirada azul gélida, se reclinó en su silla de cuero. Una sonrisa de lado, cargada de esa fijeza posesiva y salvaje que definía su nuevo despertar por ella, dibujó sus labios. Para el magnate, que seguía perturbado por la confesión mística que ella le había escupido en el pasillo de la casa sobre la muerte de la antigua Ciara, esta visita era la oportunidad de descifrar el misterio de su transformación.
Ignacio entrecerró los ojos, intrigado por el matiz de su tono. La tensión entre ambos volvió a tornarse eléctrica, un choque de voluntades en el que él ya no se sentía el dueño absoluto del tablero.
Ignacio soltó una risa seca, un sonido ronco desprovisto de humor. Para él, ella estaba reaccionando a los recuerdos reprimidos que el trauma del acantilado había comenzado a liberar en su mente.
Ignacio se quedó completamente paralizado en su silla. El hombre que se acostumbraba a someter voluntades sintió el impacto de la oferta en el centro de su orgullo.
Ignacio no sabía nada de transmigraciones, en su mente, no existía otra mujer que no fuera Ciara. Él creía que el accidente del coche había roto las cadenas psicológicas de su esposa, transformando su desesperación en una ambición idéntica a la suya. Verla dispuesta a arriesgar su propia armadura física y negociar su matrimonio con tal de encontrar el rastro de su origen, lo desarmó.