Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 42. EL PESO DEL INTERCAMBIO

Tras haber abandonado la residencia Del Valle con el alma en vilo por la llamada telefónica en el trayecto, Ángela no había tenido paz, la noche para ella había sido una tortura de recuerdos borrosos que solo alimentaban los miedos e inseguridades del cuerpo que habitaba.

El rascacielos de las Empresas Del Vecchio se alzaba contra el cielo del mediodía con la frialdad de un monolito inquebrantable, ingresó a la sede corporativa de la firma. Su llegada al edificio no pasó desapercibida, la rigidez helada que Ignacio había detectado en ella al bajar del coche el día anterior aún se reflejaba en la tensión de su mandíbula.

Al entrar en su nuevo despacho de la esquina este, no se quitó el abrigo de cachemira negra, la voz del doctor Méndez seguía vibrando en sus sienes como una frecuencia ultrasónica. Valeria. El nombre de la hermana que supuestamente había muerto en la marea era una coordenada en un mapa que no existía en ninguna de las páginas de la novela que ella recordaba.

Sabiendo que el tiempo jugaba en su contra y que Ignacio vigilaría con recelo sus movimientos tras haberla confrontado en la escalinata de la mansión, Ángela evitó usar la red corporativa. En su lugar, extrajo un teléfono satelital limpio, guardado en una caja de seguridad privada que había gestionado esa misma mañana a través de una firma de abogados externa.

Marcó el número de un contacto de élite, un rastreador especializado en desenterrar personas desaparecidas en el submundo que operaba al margen de cualquier registro oficial.

  • Habla la señora Del Vecchio - dijo Ángela en cuanto la línea encriptada hizo clic - Necesito la ubicación exacta de un hombre, se llama doctor Méndez, exmédico forense de la costa norte. Está ingresado bajo una identidad oculta en un hospital, probablemente terminal. Quiero el centro médico, el número de cama y el registro de visitas de las últimas setenta y dos horas. Pago tarifa de urgencia. No dejes rastro.
  • Entendido, señora. Tendrá los datos antes de que termine el día - respondió una voz monótona antes de cortar la comunicación.

Ángela guardó el dispositivo, respiró hondo para fijar la frialdad en sus venas y se ajustó los puños del abrigo. Era hora de jugar la carta más arriesgada en el tablero real, necesitaba contrastar lo dicho por el forense con la documentación que su esposo poseía. Cruzó el pasillo, ignorando las miradas subordinadas del personal y caminó directamente hacia la gran puerta doble del ala presidencial de Ignacio. Entró sin llamar, cerrando el pestillo a sus espaldas con un chasquido metálico que rompió el silencio de la estancia.

Ignacio estaba sentado frente a su escritorio analizando los reportes financieros. Al verla entrar con esa determinación y la mirada azul gélida, se reclinó en su silla de cuero. Una sonrisa de lado, cargada de esa fijeza posesiva y salvaje que definía su nuevo despertar por ella, dibujó sus labios. Para el magnate, que seguía perturbado por la confesión mística que ella le había escupido en el pasillo de la casa sobre la muerte de la antigua Ciara, esta visita era la oportunidad de descifrar el misterio de su transformación.

  • Mis analistas me informaron que congelaste todas las cuentas de manutención de manera definitiva y todos los acuerdos comerciales de tu familia. Los has dejado en la quiebra.
  • Ellos no son mi familia, Ignacio. Son los parásitos que firmaron una transacción comercial con mi infancia - Ángela caminó con paso constante hasta detenerse justo frente a su escritorio, apoyando las yemas de sus dedos en la madera pulida - No he venido a hablar de los Del Valle. He venido a renegociar las cláusulas de nuestro acuerdo.

Ignacio entrecerró los ojos, intrigado por el matiz de su tono. La tensión entre ambos volvió a tornarse eléctrica, un choque de voluntades en el que él ya no se sentía el dueño absoluto del tablero.

  • Te escucho - susurró él, inclinándose hacia adelante, buscando la cercanía de su rostro.
  • Quiero los archivos que desenterró tu equipo privado sobretodo el naufragio de la costa norte - sentenció Ángela, sosteniéndole la mirada sin parpadear - quiero todo los folios que tienes en tu poder que detallan mi adopción sellada y las muertes de mi verdadera familia biológica. Quiero que me los muestres, ahora mismo. Todo lo que conseguiste, sin omisiones, sin trampas y sin los chantajes o las extorsiones emocionales con las que intentaste acorralarme antes.

Ignacio soltó una risa seca, un sonido ronco desprovisto de humor. Para él, ella estaba reaccionando a los recuerdos reprimidos que el trauma del acantilado había comenzado a liberar en su mente.

  • ¿Andas buscando tu pasado, Ciara? - preguntó Ignacio, mirándola fijamente - ¿Andas buscando respuestas sobre los muertos que según tú, jamás regresan? ¿Y qué me ofreces a cambio? Pusiste un cronómetro de seis meses y un muro de mármol en el ala oeste de la casa. ¿Por qué iba a entregarte mi mejor ventaja táctica gratis?
  • Te ofrezco una oportunidad real - la voz de Ángela bajó un octavo, adquiriendo una densidad honesta que congeló la sonrisa de Ignacio en el acto - Sin mentiras, sin la farsa de la esposa dócil que solías ignorar y sin promesas de quedarme si las cosas al final del plazo no resultan. Si me entregas esos informes, abriré la puerta de la distancia. Te daré la oportunidad de demostrarme, durante los próximos días que vale la pena que borre la fecha de caducidad de nuestro contrato. Una oportunidad para este matrimonio, bajo mis propios términos de igualdad. Tómalo o déjalo, Ignacio. Pero si lo rechazas, encontraré la verdad por mi cuenta y los contratos de Milán y Berlín se hundirán conmigo en cuanto cruce esa puerta.

Ignacio se quedó completamente paralizado en su silla. El hombre que se acostumbraba a someter voluntades sintió el impacto de la oferta en el centro de su orgullo.

Ignacio no sabía nada de transmigraciones, en su mente, no existía otra mujer que no fuera Ciara. Él creía que el accidente del coche había roto las cadenas psicológicas de su esposa, transformando su desesperación en una ambición idéntica a la suya. Verla dispuesta a arriesgar su propia armadura física y negociar su matrimonio con tal de encontrar el rastro de su origen, lo desarmó.




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