El coche se detuvo con una suavidad milimétrica frente a la escalinata de la mansión Del Vecchio, el chófer se apresuró a bajar para abrir la puerta trasera pero antes de que pudiera ofrecer su mano, Ángela ya había descendido. Sus movimientos seguían siendo elegantes, pero la fluidez felina que había mostrado por la mañana se había transformado en una rigidez helada. Tenía la mirada fija en el vacío, perdida en el laberinto de un nombre que acababa de cambiarlo todo, Valeria.
Ignacio la esperaba en lo alto de la escalinata. Se había quitado la chaqueta del traje y mantenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, observando el regreso de su esposa con la atención de un halcón. No se le había pasado por alto el tiempo que el vehículo había tardado en regresar desde la residencia Del Valle, ni tampoco la forma en que los hombros de Ángela parecían sostener el peso de una verdad invisible.
Al notar su presencia, Ángela forzó a sus músculos a relajarse. Levantó la barbilla, acomodó el abrigo sobre sus hombros y subió los peldaños de mármol con pasos firmes. Sin embargo, cuando pasó al lado del magnate no le dedicó la sonrisa irónica ni la mirada desafiante a la que ya empezaba a acostumbrarse. Su indiferencia era diferente, no nacía del desprecio sino de una absoluta distracción.
Ignacio frunció el ceño, detectando el cambio de inmediato. El instinto que lo había llevado a la cima del mundo le advirtió que la coraza de su esposa tenía una nueva frecuencia.
Ángela no se detuvo, caminó en dirección a la gran escalinata interior, manteniendo los guantes de piel firmemente apretados en su mano derecha.
Ignacio aceleró el paso y la interceptó justo en el primer descanso de la escalera, colocándose frente a ella. Su figura imponente bloqueó el camino, obligándola a mirarlo de frente. Sus ojos oscuros escarbaron en las facciones de Ángela, buscando la menor vibración, el más mínimo destello de debilidad que explicara su palidez.
Ángela sostuvo la mirada. Por un segundo, la tentación de gritarle que su imperio estaba construido sobre las cenizas de un secuestro y estuvo a punto de romper su disciplina. Pero recordó dónde estaba, en territorio enemigo, Ignacio seguía siendo el hombre que controlaba los hilos de ese mundo y revelar el nombre de Valeria antes de tener pruebas sería entregarle su única ventaja.
Con una lentitud calculada, Ángela dio un paso hacia él, invadiendo su distancia táctica de la misma forma que lo había hecho por la mañana. Levantó una mano enguantada y la posó con suavidad sobre el pecho de Ignacio, justo encima del latido acelerado de su corazón.
Retiró la mano con un desdén supremo y lo rodeó con la gracia de una bailarina, reanudando su ascenso hacia la planta alta.
Ignacio no la detuvo esta vez, se quedó estático en el descanso de la escalera, mirando la línea perfecta de su espalda mientras se alejaba. El magnate apretó los puños dentro de sus bolsillos. Algo había cambiado drásticamente en las últimas dos horas, la mujer que subía las escaleras ya no solo estaba desafiando su autoridad estaba ocultando una pieza de información que tenía el potencial de hacer saltar por los aires los cimientos de la familia Del Vecchio. Y lo que más lo enfurecía era que por primera vez, se sentía completamente a ciegas.