Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 43. EL DOBLE REFLEJO DEL PASADO

Ángela cruzó el umbral de su oficina y cerró la puerta con suavidad, asegurando el cerrojo metálico con un giro preciso. El peso de la carpeta de piel negra entre sus manos se sentía casi real, una masa física de secretos que amenazaba con alterar el equilibrio del universo de ficción en el que estaba atrapada. Caminó hacia su escritorio, se despojó del abrigo y se sentó, dejando los folios en el centro de la madera pulida.

La adrenalina de la negociación con Ignacio todavía le encendía la sangre pero la fría lógica de la supermodelo no tardó en recuperar el control. Abrió la carpeta con dedos firmes. Lo primero que saltó a la vista fueron las fotografías del naufragio de la costa norte. Las imágenes en blanco y negro mostraban el esqueleto astillado de una embarcación de recreo, encallada de forma violenta contra los dientes de piedra de un acantilado azotado por la marea. Un escalofrío residual recorrió su espina dorsal, las fotos encajaban a la perfección con las pesadillas fragmentadas que Ciara le había heredado.

Ángela pasó las imágenes y se enfocó en el documento central, el informe forense oficial que Ignacio había desenterrado a través de sus canales privados. Deslizó la yema del dedo sobre el papel texturizado, buscando la firma en la parte inferior de la primera página. Ahí estaba, escrita con una caligrafía temblorosa pero reconocible, Dr. Alejandro Méndez. El mismo hombre que acababa de llamarla desde su lecho de muerte.

Con el corazón golpeándole el pecho con una cadencia sorda, Ángela comenzó a devorar las líneas del informe original de Ignacio, contrastando cada palabra con la confesión del anciano en el coche. El documento describía el hallazgo de tres cuerpos en la escena del desastre, un hombre de mediana edad, una mujer y una joven empleada de la tripulación. Las causas de muerte estaban estipuladas con frialdad médica, asfixia por sumersión y traumatismos severos causados por el impacto contra las rocas.

Ángela contuvo el aliento y pasó a la página de anexos legales, donde se detallaba el proceso de adopción exprés que Rodolfo Del Valle había ejecutado apenas tres semanas después de la tragedia. El sello del registro central era claro y los recibos de las transacciones bancarias demostraban que una suma exorbitante de dinero había cambiado de manos para acelerar el papeleo y sepultar la identidad real de la pequeña superviviente.

Hasta ese punto, la documentación de Ignacio coincidía de manera milimétrica con la llamada del doctor Méndez. Rodolfo y Leonor Del Valle habían comprado el silencio de las autoridades para moldear a Ciara a su antojo. Sin embargo, cuando Ángela llegó al folio final del reporte de la autopsia, sus ojos azules se abrieron de par en par al notar los nombres reales de su sangre.

El informe oficial que Ignacio guardaba en su caja fuerte estipulaba explícitamente, en el párrafo de conclusiones que el cuerpo de una cuarta víctima, una menor de tres años identificada como Valeria Rossi, el apellido original de Ciara y de su verdadera familia, antes de que los Del Valle lo borraran del mapa había sido catalogado como desaparecido en el mar con presunción de fallecimiento debido a las condiciones extremas del oleaje.

Ángela se reclinó en su silla sintiendo que una pieza del rompecabezas no encajaba, Ignacio tenía la verdad sobre el fraude de la adopción y la compra de identidad de la familia Rossi pero su informe forense seguía diciendo que Valeria se había ahogado. El doctor Méndez en cambio, le había asegurado por teléfono que el informe original el que Rodolfo Del Valle mandó a quemar antes de que este duplicado fuera archivado especificaba que el cuerpo de la pequeña Valeria Rossi nunca estuvo en las rocas y que alguien se la había llevado antes de que las patrullas de rescate pusieran un pie en el lugar.

Una revelación helada golpeó la mente de Ángela, Ignacio creía tener toda la información pero estaba equivocado. El magnate, con todo su poder, sus investigadores privados y su red de espionaje encriptada, poseía una versión modificada del documento. Alguien lo suficientemente poderoso y astuto había adulterado el archivo central antes de que Ignacio metiera las manos en él, manteniendo la mentira de la muerte de Valeria Rossi incluso ante los ojos del dueño del tablero.

El juego ya no era una simple lucha por el poder matrimonial o corporativo, era una guerra de desinformación a gran escala. Ignacio pensaba que estaba rescatando a su esposa desde las cenizas de su pasado, sin saber que ambos caminaban a ciegas sobre un campo minado.

En ese instante, el teléfono que Ángela había guardado en el cajón de su escritorio comenzó a vibrar con un zumbido sordo. El rastreador de élite estaba de vuelta.




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