El rugido rítmico y sordo de las hélices del helicóptero vibraba en el suelo del helipuerto, cortando el aire del atardecer. La silueta negra del aparato recortaba el horizonte teñido de un naranja sangriento mientras la ciudad de Milán comenzaba a encender sus primeras luces abajo. Ángela subió la pequeña escalerilla con la soltura impecable que su cuerpo recordaba de sus días de gloria en las pasarelas, manteniendo el abrigo de cachemira cerrado hasta el cuello. Detrás de ella, la presencia imponente de Ignacio actuaba como una sombra protectora y al mismo tiempo, asfixiante.
Una vez dentro de la cabina de lujo, el silencio los recibió de golpe, sellado por el blindaje acústico del fuselaje. Ángela se acomodó en uno de los asientos de cuero crema, colocándose los auriculares de comunicación sobre el cabello. Ignacio se sentó directamente frente a ella. El espacio era tan reducido que sus rodillas quedaron a milímetros de distancia, una cercanía física inevitable que alteró de inmediato la densidad del aire entre ambos.
El helicóptero se elevó con un impulso firme, inclinándose hacia el norte, directo a la costa.
Ángela extendió sobre la pequeña mesa desplegable las anotaciones del rastreador y las copias del informe forense. Su mente trabajaba a una velocidad quirúrgica, repasando los vacíos lógicos del documento manipulado.
Ignacio no respondió de inmediato, no estaba mirando los papeles. Sus ojos oscuros, fijos y cargados de esa fijeza posesiva que lo dominaba desde el accidente, recorrían las facciones de Ángela. Observaba la línea perfecta de su perfil, la blancura de su cuello y la absoluta falta de miedo en su mirada azul. Para el magnate, la revelación de la mentira sobre Valeria Rossi había sido un golpe a su orgullo, pero ver a su mujer liderando la estrategia con esa frialdad magistral le provocaba una fascinación que rozaba la locura.
Lentamente, Ignacio se quitó los auriculares y los dejó sobre el asiento contiguo. Se inclinó hacia adelante, invadiendo por completo el espacio personal de Ángela, rompiendo la distancia que ella tanto se empeñaba en mantener. Con un movimiento pausado pero cargado de una fuerza magnética, extendió la mano y le retiró a ella los auriculares, dejándolos caer sobre la mesa desplegable, sepultando los informes bajo el plástico negro del aparato.
Ángela se tensó, pero no retrocedió. Sostuvo la mirada del depredador con la firmeza de su propia coraza.
Lo que desconocía el empresario, era que una parte Ángela se sentía culpable por no poder recordar todo en referencia al accidente por ocupar el cuerpo de Ciara, que el estar en su cuerpo solo tenía acceso a fragmentos lo que dificultaba los detalles para encontrar a la hermana de la verdadera Ciara.
Y con una lentitud exasperante, estiró los dedos y los deslizó por el borde del abrigo de Ángela, rozando el cuello de su traje marfil hasta llegar a su barbilla. Sus dedos estaban cálidos y el contacto físico provocó una descarga eléctrica que recorrió la espina dorsal de la supermodelo. Ángela contuvo el aliento. El aroma a sándalo de Ignacio pareció llenar el habitáculo, nublando por un segundo la fría lógica de su estrategia.
Ángela sintió que el pulso se le aceleraba de forma salvaje. Los ojos de Ignacio no reflejaban la soberbia del antiguo protagonista reflejaban una devoción honesta, posesiva y desesperada. El hombre que la noche anterior la había obligado a dormir abrazados por puro instinto de control, ahora la miraba como si fuera su único salvavidas.