El helipuerto del Hospital Central de la Costa Norte los recibió con una ráfaga de viento gélido y salino que soplaba directamente desde el mar. Las luces rojas de la pista de aterrizaje parpadeaban en la penumbra, proyectando sombras alargadas sobre la pareja mientras descendían del helicóptero. Ángela se ajustó el abrigo de cachemira, sintiendo el contraste inmediato entre el frío del exterior y el calor residual del beso que acababa de sacudir los cimientos de su estrategia en la cabina.
Cruzaron las puertas automáticas del complejo médico en silencio, flanqueados por dos jefes de seguridad de la firma Del Vecchio que abrían paso de manera discreta. La atmósfera del pabellón de oncología terminal era densa, impregnada de un olor a antiséptico y del zumbido mecánico de los monitores que contaban el tiempo restante de los pacientes.
Al llegar frente a la puerta de la habitación 412, Ignacio levantó una mano para detener al personal de seguridad y se giró hacia ella. Su mirada oscura, todavía cargada de la intensidad devoradora del vuelo, barrió las facciones de Ángela. El magnate dio un paso al costado, liberando el acceso al picaporte de metal.
Ángela lo miró fija y fijamente por un segundo largo. Sintió el impulso de cruzar ese umbral en solitario, de mantener la última pieza del rompecabezas lejos del hombre que controlaba el imperio pero la lucidez de la supermodelo regresó con fuerza. Ignacio acababa de aceptar sus condiciones de igualdad y poner a prueba su lealtad en el campo de batalla era la mejor forma de asegurar su posición. Si él iba a ser su aliado en este mundo ciego, tenía que ver el abismo completo junto a ella.
Ignacio asintió, una chispa de aprobación encendiéndose en sus ojos. Abrió la puerta despacio, permitiendo que ambos se deslizaran hacia el interior de la habitación confinada antes de asegurar el cerrojo a sus espaldas. La penumbra del cuarto solo estaba rota por la luz mortecina de los monitores médicos. En la cama 412, el hombre que aparecía bajo el alias de Alberto Mendoza parecía una carcasa vacía de lo que alguna vez fue el eminentemente doctor Alejandro Méndez. Su respiración era un silbido ronco y pesado, asistido por una mascarilla de oxígeno.
Ángela se acercó al borde del colchón con paso rítmico, despojándose de uno de sus guantes de piel para posar sus dedos fríos sobre la mano marchita del anciano.
El anciano abrió los ojos con lentitud, sus pupilas nubladas por los analgésicos tardaron unos segundos en enfocarse en la silueta de traje marfil que se erguía ante él. Al reconocer la mirada azul de Ciara, un destello de lucidez desesperada cruzó su rostro demacrado. El hombre hizo un esfuerzo supremo por incorporarse, su mano temblorosa apretó los dedos de ella con una fuerza agónica.
Ignacio dio un paso al frente, recortando su figura imponente en la penumbra al lado de Ángela. El forense desvió la mirada hacia el magnate y una mueca de temor primitivo alteró sus facciones, pero el dolor lo obligó a concentrarse.
El forense soltó una tos de pecho que empañó la mascarilla plástica. Sus ojos comenzaron a perder fijeza, devorados por la inminencia del paro cardíaco. Miró a Ángela por última vez, depositando en ella el peso de una culpa de veinticuatro años.
El monitor emitió un pitido largo, sordo y definitivo. La línea de la pantalla táctil se volvió completamente plana, confirmando que el doctor Alejandro Méndez acababa de cruzar el umbral del silencio, llevándose consigo los nombres de los ejecutores del naufragio.