Reescrita. El Eco De Otra Vida

CAPITULO 46. LA ÚLTIMA CONFESIÓN

El helipuerto del Hospital Central de la Costa Norte los recibió con una ráfaga de viento gélido y salino que soplaba directamente desde el mar. Las luces rojas de la pista de aterrizaje parpadeaban en la penumbra, proyectando sombras alargadas sobre la pareja mientras descendían del helicóptero. Ángela se ajustó el abrigo de cachemira, sintiendo el contraste inmediato entre el frío del exterior y el calor residual del beso que acababa de sacudir los cimientos de su estrategia en la cabina.

Cruzaron las puertas automáticas del complejo médico en silencio, flanqueados por dos jefes de seguridad de la firma Del Vecchio que abrían paso de manera discreta. La atmósfera del pabellón de oncología terminal era densa, impregnada de un olor a antiséptico y del zumbido mecánico de los monitores que contaban el tiempo restante de los pacientes.

Al llegar frente a la puerta de la habitación 412, Ignacio levantó una mano para detener al personal de seguridad y se giró hacia ella. Su mirada oscura, todavía cargada de la intensidad devoradora del vuelo, barrió las facciones de Ángela. El magnate dio un paso al costado, liberando el acceso al picaporte de metal.

  • Es tu pasado, Ciara - dijo Ignacio, y su voz grave bajó a un susurro respetuoso, desprovisto de su habitual arrogancia - El forense te llamó a ti, no a mí. Si deseas entrar sola y manejar esto bajo tus propios términos, te esperaré aquí fuera. Respetaré la distancia que me pidas.

Ángela lo miró fija y fijamente por un segundo largo. Sintió el impulso de cruzar ese umbral en solitario, de mantener la última pieza del rompecabezas lejos del hombre que controlaba el imperio pero la lucidez de la supermodelo regresó con fuerza. Ignacio acababa de aceptar sus condiciones de igualdad y poner a prueba su lealtad en el campo de batalla era la mejor forma de asegurar su posición. Si él iba a ser su aliado en este mundo ciego, tenía que ver el abismo completo junto a ella.

  • Entra conmigo, Ignacio - replicó Ángela con una calma afilada - Firmamos un contrato por ciento ochenta días y este secreto ya es de los dos. Vamos a escuchar la verdad juntos.

Ignacio asintió, una chispa de aprobación encendiéndose en sus ojos. Abrió la puerta despacio, permitiendo que ambos se deslizaran hacia el interior de la habitación confinada antes de asegurar el cerrojo a sus espaldas. La penumbra del cuarto solo estaba rota por la luz mortecina de los monitores médicos. En la cama 412, el hombre que aparecía bajo el alias de Alberto Mendoza parecía una carcasa vacía de lo que alguna vez fue el eminentemente doctor Alejandro Méndez. Su respiración era un silbido ronco y pesado, asistido por una mascarilla de oxígeno.

Ángela se acercó al borde del colchón con paso rítmico, despojándose de uno de sus guantes de piel para posar sus dedos fríos sobre la mano marchita del anciano.

  • Doctor Méndez - habló Ángela en un susurro pausado, pero dotado de una autoridad natural que cortó el silencio del ambiente -Soy yo, Ciara Rossi. La superviviente de la costa norte. Cumplí con mi parte. Estoy aquí.

El anciano abrió los ojos con lentitud, sus pupilas nubladas por los analgésicos tardaron unos segundos en enfocarse en la silueta de traje marfil que se erguía ante él. Al reconocer la mirada azul de Ciara, un destello de lucidez desesperada cruzó su rostro demacrado. El hombre hizo un esfuerzo supremo por incorporarse, su mano temblorosa apretó los dedos de ella con una fuerza agónica.

  • Viniste... - consiguió articular, su voz arrastrada y áspera por el tabaco y la enfermedad sonó idéntica a la de la llamada - Tenía que decírtelo antes de que las mentiras de esa noche se entierren junto conmigo. Tu padre... tu verdadero padre intentó protegerlas, pero los Del Valle solo querían el control de las tierras de la costa. El informe... el informe que el mundo conoce es una farsa, una mentira pequeña Ciara. Está modificado.

Ignacio dio un paso al frente, recortando su figura imponente en la penumbra al lado de Ángela. El forense desvió la mirada hacia el magnate y una mueca de temor primitivo alteró sus facciones, pero el dolor lo obligó a concentrarse.

  • Dígame quién se llevó a mi hermana - exigió Ángela, reduciendo la distancia, obligándolo a sostenerle el pulso - Dígame dónde está Valeria Rossi. El tiempo se agota.
  • No sé quién dio la orden de sacarla del naufragio... A mi junto a los otros nos contrataron dias antes del accidente... las patrullas privadas llegaron antes que el rescate oficial - confesó el doctor Méndez, su respiración tornándose cada vez más errática mientras el goteo del monitor aceleraba su ritmo - El dinero del fraude no solo fue para tapar tu adopción, fue para financiar el traslado de la otra niña fuera del país. Alguien quería mantener las líneas sucesorias separadas... rotas. Lo último que logré escuchar antes de desaparecer... es que Valeria fue llevada a un internado de máxima seguridad en Suiza. Una fortaleza para hijos de la élite borrados del mapa.
  • ¿Bajo qué nombre? - intervino Ignacio, su voz resonando como un trueno contenido que congeló el aire de la habitación - Denos el nombre oficial de registro o el apellido falso que le asignaron. Ahora.

El forense soltó una tos de pecho que empañó la mascarilla plástica. Sus ojos comenzaron a perder fijeza, devorados por la inminencia del paro cardíaco. Miró a Ángela por última vez, depositando en ella el peso de una culpa de veinticuatro años.

  • Todos murieron, los mataron para silenciarlos, yo... - tosió nuevamente.
  • ¿Que hicieron con ella? - pregunto Ciara.
  • La registraron... bajo el nombre de Sophie Del Rio, me entere porque salia con la mujer que hizo la nueva acta de nacimiento - susurró el anciano, y el esfuerzo vació el último rastro de aire en sus pulmones - Sophie... Del Rio. Busquen en los archivos de la zona alpina... Fue llevada...

El monitor emitió un pitido largo, sordo y definitivo. La línea de la pantalla táctil se volvió completamente plana, confirmando que el doctor Alejandro Méndez acababa de cruzar el umbral del silencio, llevándose consigo los nombres de los ejecutores del naufragio.




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