El viaje de regreso a Milán se desarrolló bajo un silencio táctico, radicalmente distinto al del trayecto de ida. El helicóptero cortaba la noche cerrada rumbo al rascacielos de las Empresas Del Vecchio. Ángela e Ignacio permanecían frente a frente, separados por la mesa desplegable donde los papeles del informe forense adulterado parecían ahora reliquias de una guerra antigua. El beso en el aire había dejado una marca invisible de posesión y alianza, ya no eran el matrimonio gélido del guion original, sino dos depredadores que acababan de descubrir que compartían el mismo enemigo en las sombras.
Ángela miraba a través del cristal tintado las luces de la ciudad aproximarse, manteniendo la mente fría de la supermodelo. Sophie Del Rio. El alias de Valeria Rossi en Suiza era su nuevo objetivo. El libro Cadenas de Oro estaba oficialmente roto, la trama se había transformado en un territorio virgen e inexplorado.
En cuanto el helicóptero tomó tierra en el helipuerto de la corporación, ambos descendieron sin perder un segundo. Ignacio, con una determinación quirúrgica y la mandíbula tensa, guio a Ángela directamente hacia los niveles subterráneos del edificio, un área restringida donde operaba el búnker de inteligencia digital de la firma. Las puertas de alta seguridad se abrieron tras el escaneo de la huella del magnate, revelando una sala circular iluminada por el brillo azulado de decenas de monitores de última generación.
En menos de dos minutos, la estancia quedó despejada. Solo permanecieron tres de los analistas de élite de la corporación, hombres que respondían únicamente ante Ignacio y cuyas carreras dependían de su silencio absoluto.
Ángela dio un paso al frente, apoyando sus manos enguantadas sobre la consola central, tomando el control de la sesión con una naturalidad que hizo que los técnicos levantaran la vista, sorprendidos por la energía dominante de la señora Del Vecchio.
Los analistas miraron a Ignacio buscando confirmación. El magnate dio un paso al frente, colocándose al lado de Ángela, invadiendo su espacio con su característica presencia pesada y el aroma a sándalo que ahora la hacía ponerse en alerta.
Los dedos de los analistas comenzaron a volar sobre los teclados mecánicos, iniciando un barrido digital que perforaría las defensas de la banca y la educación privada suiza en busca de Valeria.
Ángela sostuvo la mirada de Ignacio en el reflejo del monitor central. El temporizador de los ciento ochenta días seguia avanzando pero la lista de deudas de la supermodelo acababa de adquirir un aliado letal que creía estar recuperando a su esposa, sin sospechar que estaba ayudando a una extraña a reescribir por completo el final de un libro que él creía su vida.