Las primeras luces del día comenzaron a filtrarse tímidamente por los ventanales del penthouse, tiñendo las sábanas de un tono grisáceo y frío, Ignacio abrió los ojos mucho antes de que el sol terminara de despuntar sobre el horizonte. El magnate, acostumbrado a despertar con la mente alerta y el instinto de un depredador listo para la batalla, permaneció completamente inmóvil.
A su lado, Ángela aún dormía. Su respiración era un ritmo pausado y suave, desprovisto por fin de la rigidez militar que había gobernado cada uno de sus movimientos desde que había despertado en el hospital.
Lentamente, Ignacio se apoyó sobre un codo para observarla, cuidando de no tensar el brazo de acero que mantenía rodeando su cintura. El fuego devorador que solía habitar en sus ojos oscuros se había transformado en una devoción gélida pero profunda, una fijeza posesiva que ya no nacía de la necesidad de controlarla, sino de un instinto primitivo de protección.
Contempló la línea perfecta de su espalda descubierta, la palidez de sus hombros y las sutiles sombras bajo sus ojos, recordatorios físicos de la tormenta psicológica que ella había descargado entre sus brazos apenas unas horas antes.
La noche anterior lo había cambiado todo para él. En su mente, no existía otra mujer que no fuera Ciara Rossi, seguía convencido de que el accidente del acantilado simplemente había roto el caparazón que contenía su sumisión. Sin embargo, la forma en que ella se había entregado reclamando su propia identidad, advirtiéndole con la mirada azul que no era la muñeca de porcelana del pasado había sembrado una semilla de respeto absoluto en su orgullo. Ya no quería aplastar a la reina, quería blindar su reino.
El descubrimiento de la mentira sobre Valeria Rossi y la adulteración del informe forense le habían demostrado que su esposa caminaba sobre un terreno minado y él no pensaba dejarla sola. Con una delicadeza exasperante, impropia del hombre despiadado que la junta directiva temía, Ignacio estiró los dedos y le apartó un mechón de cabello que le caía sobre la mejilla. Rozó su piel con un movimiento reverente, casi místico, sintiendo la calidez de su respiración contra sus dedos.
Ángela se movió levemente entre las sábanas, soltando un suspiro ahogado y abrió los ojos despacio. La lucidez de la supermodelo no tardó más de un segundo en regresar a sus pupilas. Al encontrarse con la mirada fija de Ignacio a escasos centímetros de su rostro, sus músculos se tensaron por puro instinto de supervivencia, buscando la máscara de hierro con la que dominaba el tablero.
Pero Ignacio fue más rápido. En lugar de interrogarla o lanzar una de sus ironías regulares afianzó el agarre en su cintura con una firmeza suave, pegándola contra su pecho y atrayendo la manta de lana para cubrir sus hombros del frío matutino.
Ángela lo miró fijamente, con el pulso acelerado ante la inesperada mutación de su actitud. Buscó en sus facciones algún rastro del chantajista del vestíbulo o del esposo indiferente que la antigua Ciara recordaba, pero solo encontró una fijeza honesta y protectora. El hielo de su estrategia se agrietó sutilmente ante la densidad de su cercanía.
—Sé perfectamente qué día es hoy —sentenció Ignacio, inclinándose para depositar un beso pausado y cálido en su hombro, un contacto que provocó una descarga eléctrica residual en la piel de Ángela—. Sé que tu primer acto oficial es arrastrar a Bianca fuera de mi empresa y sé que hay un fantasma en el extranjero que intenta ocultarte a tu hermana. Pero hoy no vas a ir sola al frente.
El magnate se enderezó levemente, obligándola a sostenerle la mirada con una seriedad quirúrgica.
—Acepté los ciento ochenta días de tu temporizador, y te prometí que respetaría tus términos de igualdad. Eso significa que mi red de seguridad, mis recursos y mis hombres están a tu entera disposición. Nadie en esta ciudad, ni mi madre, ni los parásitos de los Del Valle, volverán a poner un pie en tu jardín o a usar una palabra cruel en tu presencia sin que yo intervenga para destruirlos antes de que terminen la frase. Puedes mantener el muro de mármol en el ala oeste si así lo deseas, pero en este tablero... yo soy tu escudo.
Ángela sostuvo la mirada del depredador que acababa de jurarle lealtad con su propia piel. Sentía el peso de sus folios contra el pecho de manera metafórica; la jugada del día anterior había sido un éxito rotundo. Había ganado un aliado letal y poderoso, un hombre dispuesto a quemar su propio imperio con tal de mantenerla a salvo.
Sin embargo, mientras sentía el calor de sus brazos envolviéndola, una punzada de pánico existencial volvió a rozar su mente. Ignacio estaba cambiando sus reglas por devoción a una esposa que creía estar recuperando desde las cenizas, sin sospechar jamás que la mujer fuerte y letal que lo miraba desde las sábanas era una extraña jugando con las páginas de un libro roto.