Antes de que los brazos de Ignacio pudieran retenerla un segundo más en el refugio del vestidor, un zumbido sordo, grave y completamente ajeno a los dispositivos de la casa interrumpió el ambiente. Provenía del cajón de la cómoda donde Ángela había guardado el teléfono.
Ignacio la soltó despacio, pero sus ojos oscuros se fijaron de inmediato en el mueble. El instinto protector que acababa de demostrar frente a su madre mutó en una fijeza táctica, él sabía perfectamente qué significaba esa vibración. Era la red que perforaba Suiza.
Ángela caminó con paso rítmico, abrió el cajón y extrajo el terminal limpio. Al deslizar el dedo por la pantalla, no dudó en activar el altavoz. Habían firmado una alianza sobre el abismo y si quería que Ignacio siguiera operando como su escudo oficial, la transparencia era su mejor divisa.
Ángela contuvo el aliento, sintiendo una descarga de adrenalina que le tensó la mandíbula.
El silencio que cayó sobre el vestidor fue absoluto, denso y cargado de una revelación helada. Ángela desvió la mirada hacia Ignacio, cuyos ojos oscuros se abrieron sutilmente por el impacto de la información.
El tablero se había vuelto loco, Valeria Rossi, bajo el alias de Sophie Del Rio, no solo estaba viva y oculta en los Alpes, estaba operando una firma financiera que había sido fundada con el dinero de su propio padre biológico. El fraude del naufragio no había sido una simple codicia de los Del Valle para robar unas tierras, había un plan mayor en las sombras para mantener a las dos hermanas separadas, pero con los activos de la familia Rossi moviéndose en el extranjero.
El terminal satelital hizo clic, devolviéndoles el silencio del apartamento. Ignacio se pasó una mano por la barbilla, visiblemente perturbado por el hecho de que su propio imperio estuviera conectado tangencialmente con el fantasma de la costa norte.
—Tu padre no solo intentó protegerlas, Ciara ,-susurró Ignacio, mirándola con una devoción salvaje y posesiva que ya no pretendía ocultar - Dejó un rastro de pan rallado financiero en Suiza para que su otra hija tuviera un ejército con el que pelear. Sophie Del Rio no es una víctima es una jugadora que ya está en el tablero.
Ángela asintió lentamente, asimilando la primera pista real de su sangre. El temporizador de los ciento ochenta días seguía avanzando, pero la lista de deudas de la supermodelo acababa de adquirir una dimensión geopolítica. Ya no se trataba solo de domar a la junta directiva o de mantener a raya la obsesión de Ignacio, ahora sabía que en los Alpes había una hermana que manejaba millones de euros y que compartía su misma sangre.
Se ajustó los puños de su vestido sastre negro azabache, recuperando la rigidez militar de su postura. Miró a Ignacio a los ojos, lista para la primera carnicería del día.