El despacho de la secretaría de la planta presidencial era una pecera de cristal y tensión, Bianca caminaba de un extremo a otro, gastando las suelas de sus tacones de diseñador contra la alfombra de seda. El sudor frío le perlaba el cuello. Llevaba tres horas intentando comunicarse con Ignacio, tres horas en las que su línea privada, esa que solía responderle incluso en mitad de las juntas más herméticas, la devolvía una y otra vez al buzón de voz con una frialdad que le helaba la sangre.
Miró el reloj de pared, las once y cuarenta de la mañana. La auditoría interna estaba pactada para el mediodía.
Sin embargo, el recuerdo de la escena del jardín, Doña Soledad siendo humillada, Ignacio observando a su esposa con una fascinación oscura que Bianca jamás le había visto la obligó a aceptar la cruda realidad. La sumisa Ciara ya no existía, e Ignacio no la estaba protegiendo la estaba ignorando. Estaba dejando que el temporizador corriera para que la señora Del Vecchio la destrozara.
Desesperada, Bianca guardó su teléfono personal y tomó una decisión drástica. Si Ignacio le daba la espalda, ella no se hundiría sola. El imperio Del Vecchio no era un reino absoluto, había un parlamento, una junta directiva llena de viejos tiburones sedientos de sangre que detestaban la concentración de poder del magnate y que verían con pánico la repentina intromisión de una esposa inestable.
Salió de la secretaría a pasos rápidos y se dirigió al ala oeste del edificio, donde se encontraba la oficina de Matteo Varga, el socio minoritario más influyente de la junta directiva y un eterno rival táctico de Ignacio.
Entró sin llamar, cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe seco. Matteo, un hombre de cincuenta años con ojos de reptil y el cabello canoso perfectamente engominado, levantó la vista de sus pantallas con una ceja arqueada.
Matteo soltó una risa seca, desprovista de empatía.
El rostro de Matteo Varga se mudó en el acto. La diversión desapareció de sus ojos de reptil, reemplazada por la fría codicia del socio que ve peligrar sus márgenes de ganancia. Se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos sobre el escritorio.
Matteo permaneció en silencio por un segundo largo, sopesando el riesgo de desafiar al magnate pero la posibilidad de debilitar el control absoluto de Ignacio usando la locura de su esposa era una jugada demasiado tentadora para dejarla pasar.
Bianca esbozó una sonrisa de triunfo, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones. El último aleteo de la avispa había sido un éxito. Había construido un muro de contención político con la junta directiva. Ahora tenía un ejército para destrozar la altanería de la nueva Ciara. No sabía que, mientras caminaba hacia la sala de juntas del brazo del socio minoritario, Ángela e Ignacio ya venían descendiendo en el ascensor privado, listos para demostrarle que el veneno de una avispa no es nada contra la fuerza quirúrgica de los verdaderos dueños del tablero.