La sala de juntas del rascacielos Del Vecchio imponía un respeto casi reverencial. La enorme mesa ovalada de caoba pulida reflejaba las luces del mediodía que se filtraban por los ventanales de cristal templado. Bianca permanecía de pie al lado de Matteo Varga, aferrando con fuerza su tableta corporativa. El socio minoritario mantenía una sonrisa de suficiencia, flanqueado por otros tres miembros de la junta directiva de la vieja guardia que ya se habían alineado para la emboscada política. Bianca sentía el pulso acelerado pero la falsa seguridad de tener un ejército de tiburones financieros a su espalda le devolvió esa arrogancia mal disimulada que Ángela tanto detestaba.
Las puertas dobles de la sala se abrieron de par en par con un chasquido hidráulico sordo.
El frente unido de la pareja presidencial congeló las sonrisas en el acto. Ignacio entró primero, vistiendo un traje oscuro impecable que ensanchaba su figura dominante pero esta vez, el magnate no avanzó solo hacia la cabecera. Mantenía su brazo de acero extendido hacia atrás, sirviendo de apoyo y escudo oficial para Ángela. Ella caminaba con el ritmo constante y la sofisticación felina de quien domina una pasarela internacional. Su vestido negro azabache contrastaba de manera letal con la palidez gélida de su piel y la fijeza quirúrgica de su mirada azul.
Matteo Varga dio un paso al frente, aclarándose la garganta para iniciar el discurso sobre la supuesta incapacidad mental de la señora Del Vecchio pero Ignacio ni siquiera le dio espacio para respirar con un ademán imperioso de la mano, el magnate detuvo a los socios antes de que se sentaran.
Detrás de la pareja presidencial, cuatro jefes de la seguridad privada de la firma, hombres de físico imponente vestidos con trajes oscuros y auriculares tácticos, ingresaron a la sala portando una caja de cartón corporativa y un documento oficial con el sello legal de la compañía.
El jefe de seguridad se adelantó y le extendió a Bianca el documento con una frialdad mecánica.
El color abandonó el rostro de Bianca tan rápido que pareció que iba a desmayarse. Miró el papel y luego a Matteo Varga, buscando el muro de contención político que el socio le había prometido pero Matteo, al ver los ojos oscuros y letales de Ignacio y la absoluta calma de Ángela, retrocedió un paso, abandonándola a su suerte. Los tiburones financieros no arriesgaban sus cuellos por una asistente ejecutiva de baja categoría.
Al verse completamente acorralada y desarmada antes de poder ejecutar su ataque, el último rastro de compostura de Bianca se rompió por completo. La rabia, la humillación y el despecho acumulado estallaron en un escándalo que resonó con eco en las paredes de cristal de la sala de juntas. Tiró la tableta sobre la mesa de caoba y dio un paso agresivo hacia Ignacio, con el rostro contraído por la furia.
Los miembros de la junta directiva contuvieron el aliento ante la ordinariez del espectáculo, Ignacio permaneció impasible con los puños hundidos en los bolsillos, observándola con el frío desprecio con el que se mira a un animal impertinente.
Ángela dio un paso al frente, invadiendo el espacio del altercado con una elegancia suprema. Sacó del Bolsillo de su vestido un pequeño dispositivo electrónico y lo dejó caer sobre la caoba con un golpe seco.
Bianca ahogó un jadeo de pura vergüenza. La mención de su sabotaje en la gala, el evento donde había intentado destruir a Ciara a costa de dinero robado de la empresa, la dejó expuesta frente a toda la junta directiva como una delincuente común.
Los cuatro guardias de seguridad avanzaron en bloque, rodeando a Bianca. Uno de ellos le tomó el brazo con un agarre de acero, obligándola a girarse hacia la salida. Bianca, llorando de rabia y con los tacones arrastrándose por el suelo, fue arrastrada fuera de la sala de juntas ante la mirada impasible de sus antiguos aliados. Sus gritos histéricos se fueron apagando conforme las puertas hidráulicas se cerraron a su espalda, dejando un silencio sepulcral en la estancia.