El Maybach blindado de las Empresas Del Vecchio abandonó los portones de hierro de la mansión con un rodar suave pero implacable. En el interior del vehículo, el aire acondicionado mantenía una temperatura helada, cortada únicamente por el aroma a sándalo de Ignacio y la densidad de una expectativa letal. Fuera, la noche de Milán desfilaba a través de los cristales tintados como un borrón de luces urbanas pero dentro, el tablero estaba perfectamente iluminado.
Ángela permanecía reclinada contra el asiento de piel negra, con la espalda tan recta que parecía fundida con la estructura del coche. Para esta noche, la noche en que el libro original pretendía arrastrarla a un destino clandestino, la supermodelo había diseñado un blindaje visual absoluto. No vestía los tonos pasteles ni las sedas dóciles que Doña Soledad solía imponerle a la antigua Ciara. Se había envuelto en un diseño de alta costura negro azabache de hombreras arquitectónicas e hiperdefinidas, un corsé rígido que simulaba una armadura medieval de seda satinada y una falda con una abertura felina que delataba sus intenciones depredadoras. El cabello, recogido en un moño tenso y pulido, dejaba al descubierto sus facciones esculpidas, y sus labios, teñidos de un rojo oscuro casi fúnebre, sostenían una sonrisa milimétrica.
A su lado, Ignacio no había apartado los ojos de ella desde que salieron de la mansión. El magnate vestía un frac impecable, pero su fijeza posesiva y honesta delataba que no se sentía el dueño del tablero, sino el guardián de la soberana que tenía al lado. Su mano de acero descansaba sobre el muslo de Ángela, sintiendo la firmeza de sus músculos, un contacto cálido que servía como un mudo juramento de guerra.
Ignacio soltó una risa seca, un sonido ronco cargado de una devoción salvaje.
El coche comenzó a aminorar la marcha conforme se aproximaba a la alfombra roja del evento anual de la Cámara de Comercio e Industria Textil. A través del parabrisas, Ángela pudo divisar la marea de fotógrafos, los flashes estallando como una tormenta de estrellas blancas y las figuras de la alta sociedad milanesa ingresando al recinto con la arrogancia habitual de los dueños del dinero.
Entre la multitud, justo en la entrada principal del Palazzo, se erguía la figura de Doña Soledad Del Vecchio. La matriarca vestía sus joyas más pesadas y una estola de piel, flanqueada por dos hombres de trajes grises y maletines de piel que mantenían una rigidez sospechosa. La anciana aristócrata sonreía a las cámaras, exhibiendo una falsa calma, con la absoluta certeza de que este sería el último evento público de la insignificante mujer que se había casado con su hijo.
El libro original estaba listo para cerrarse sobre Ciara Rossi Del Vecchio
Ángela se ajustó los anillos de diamantes sobre sus guantes negros y miró a Ignacio por una última fracción de segundo. Sus ojos azules parecieron dos cuchillas de hielo listas para reescribir esa noche la imprenta entera.
El chófer abrió la puerta trasera del Maybach y el rugido de la multitud y el estallido de los flashes inundaron el habitáculo. Ignacio descendió primero, acomodándose la chaqueta y luego extendió su brazo de acero hacia el interior. Ángela emergió del vehículo con una gracia suprema, felina y profundamente peligrosa. En cuanto su tacón aguja pisó la alfombra roja, el murmullo de los periodistas se apagó de golpe, reemplazado por el sonido frenético de las obturadoras. La alta sociedad se quedó de piedra. No había rastro del adorno defectuoso del año pasado, la mujer que avanzaba del brazo del magnate poseía una luz propia y letal que amenazaba con eclipsar la gala entera, marcando el inicio de una carnicería legal que Milán jamás olvidaría.