Los flashes de los fotógrafos estallaban en una tormenta eléctrica sobre la alfombra roja del Palazzo della Permanente. La marea de la alta sociedad milanesa se había congelado, con las copas suspendidas en el aire, fascinada y aterrorizada por la imponente figura de la pareja, Ángela avanzaba con el ritmo constante de una soberana de ébano, su vestido negro azabache de hombreras arquitectónicas cortando el viento de la noche. A su lado, el brazo de acero de Ignacio la envolvía con una fijeza protectora e implacable, dejando claro que el frente unido de los Del Vecchio no toleraría fisuras.
Sin embargo, el avance duró poco. Antes de que pudieran alcanzar los escalones del vestíbulo principal, la silueta rígida de Doña Soledad Del Vecchio se interpuso en su camino, bloqueando el paso frente a las cámaras de la prensa internacional.
La matriarca lucía una sonrisa triunfal, cargada de una crueldad aristocrática que no pretendía ocultar. A sus flancos, los dos abogados de Ginebra, vestidos con trajes grises impecables, abrieron sus maletines de piel rígida, extrayendo los folios sellados con la orden de evaluación psiquiátrica obligatoria. El libro original estaba ejecutando su última corrección, el guion exigía la destrucción pública de la esposa inestable tal como se había escrito.
La anciana hizo un ademán imperioso hacia el abogado de la izquierda, quien dio un paso agresivo hacia Ángela, extendiendo el documento legal.
Su voz, de una modulada sofisticación aterciopelada, no necesitó elevarse para congelar el aire del Palazzo. No hubo pánico en sus facciones esculpidas, ni el menor atisbo de la sumisión con la que la verdadera Ciara solía agachar la cabeza ante los monstruos de su entorno. Ángela dio un paso al frente, invadiendo el espacio del altercado con un desdén felino, obligando al abogado a retroceder instintivamente ante la gélida fijeza de su mirada azul.
Con un movimiento lento y exasperante, Ángela abrió su bolso de mano de piel rígida y extrajo un folio doblado con una precisión insultante. No era una defensa, era el acta de ejecución de la matriarca.
Doña Soledad abrió la boca, indignada, perdiendo sutilmente la compostura frente a las obturadoras que no paraban de registrar la escena.
El color abandonó el rostro de Doña Soledad tan rápido como si le hubieran asestado un golpe físico en el pecho. Miró a su hijo, buscando el apoyo del hombre que solía usar la indiferencia para mantener el control de su imperio pero solo encontró la mirada de un depredador que acababa de jurarle lealtad eterna a su nueva reina.
Ángela se inclinó sutilmente hacia la matriarca, reduciendo el espacio hasta que el aroma a sándalo de Ignacio y la densidad de su propia ambición envolvieron a la anciana. Le plantó el folio de la auditoría criminal a milímetros de sus ojos cargados de joyas.
La matriarca se quedó de piedra, temblando de rabia y contenida por un miedo primitivo que la nueva soberana de los Del Vecchio le infundía. Los dos abogados suizos, al percatarse de que el búnker digital de Ignacio ya tenía sus nombres y que la junta directiva los había dejado desarmados, cerraron sus maletines con un chasquido seco y retrocedieron hacia la multitud, abandonando a su clienta en mitad de la alfombra roja.