Mis pulsaciones retumbaban al ritmo de la canción mientras trataba de no perder el conteo. Ocho tiempos. Fácil de llevar. Difícil de ejecutar. No tenía claro si mi cabeza mantenía a mi cuerpo en pie, o era al revés. Buscaba la perfección en cada movimiento. Me mantenía enfocada.
Hace meses que un estado de alerta me quema por dentro. Desde que mi casa salió ardiendo y perdí mi vida. Era feliz con un salario que me permitía no pensar en la cuenta bancaria. Jugaba con las palabras contando historias cotidianas en un periódico de mi barrio. A veces eran bonitas. Otras, eran trágicas. Desapariciones. Abusos. Robos. Asesinatos. Mi trabajo era necesario para quiénes habitaban en mi zona. Les permitía tener cuidado de los malos. Recordaban agradecer cuando las noticias eran alegres.
Pero lo que más me dolió es que la muerte me robó la posibilidad de relatar mi crónica. Pasé años narrando por los demás, me enorgullecía poner voz a quién ya no podía hacerlo. Y mi desgracia personal casi ni sale a la luz. Como periodista estoy frustrada. Como persona, decepcionada. Y como alma vago en la pena buscando venganza.
Creer estaba muy lejos de mis ideas. Para mí, todo tenía una causa detrás de cada acción. Jamás leí un horóscopo. Ni pensé en una reencarnación. La vida empezaba y terminaba sin más y tú podías decidir qué hacer con ella. Yo elegí crear experiencias agradables para mi gente. Y cuidar, de alguna forma a través de mi trabajo, de aquellas personas que desconocían la verdad. Esa que yo pensaba que era íntegra.
Pero la maldita oscuridad llegó para secuestrarme. Me fui sin una despedida, carbonizada entre los escombros del que había sido mi hogar. No encontraron ni un mísero pelo rizado que tanto me caracterizaba. Simplemente me dieron por muerta. Y no se equivocaron. Los investigadores eran tan profesionales como lo había sido yo durante los diez años que pude ejercer mi vocación. Pero fueron mis compañeros de curro los que me traicionaron.
Desde entonces, mi visión de la vida se volvió negra. Un tono frío que no casaba con mis ojos azules tan llenos de emoción y perspicacia. Aquel día la Catrina arrasó conmigo. Llegó sin esperarlo a pesar de que sufrí una muerte tan dolorosa. Intenté rechazarla. Grité. Lloré. Me asusté. Pero nadie se escapa de ella.
Me dio la llave que abría las puertas de mi alma al limbo. Un lugar solitario sin inicio ni final. Por mucho que yo anduviese, me encontraba perdida sin una dirección a la que ir. Estoy encerrada, rodeada de elementos que no entiendo para qué los quiero. Hay letras. Hay números. Hay símbolos. Siempre son los mismos. Y ahora me arrepiento de no haber escuchado aquellas historias que mi mejor amiga me contaba cada vez que veía una estrella fugaz las noches de verano en la playa. La echo de menos y desearía escuchar su voz. Ella me calmaba y me daba luz. Sé que se acuerda de mí, pero ahora, ando sola investigando cómo devolver lo que me hicieron.
Lo único que pude traerme del mundo de los vivos más allá de mi rabia fue la danza. El movimiento me permitía pensar con claridad. Ordeno mis ideas después de cada secuencia y aclaro el camino que seguiré para que yo no quede en el olvido. Y siempre se repite el mismo patrón cada vez que termino de entrenar. Tres letras. Dos números. Un símbolo del infinito. Vivo muerta obsesionada con su significado. Siempre me gustaron las adivinanzas. Pero solo he conseguido resolver el número.
Catrina me visita cada dos días, no tiene cara, no se le ven las extremidades y lucha constantemente con un dolor en el pecho que le hace andar encorvada. Me reflejo en ella cada vez que le cuento mi monólogo constante. No habla. Solo escucha. Y cuando termino, se gira y me vuelve a dejar allí. Suspirando y desesperada por salir.
Hoy ha vuelto a aparecer con un acertijo y cada día son más complejos de resolver. Los retos de Catrina no son al azar. Han ido construyendo partes de mi vida como un puzle. Como cada día de resolución, una nota roja se desliza desde su bolsillo en el pecho hasta mi mano. Con una caligrafía impoluta, en mayúsculas, se puede leer lo siguiente:
“RETO NÚMERO 47: LA DECISIÓN FINAL
ENHORABUENA, HAS LLEGADO AL ÚLTIMO ROMPECABEZAS. TU ELECCIÓN SERÁ VITAL. DURANTE LAS SEMANAS QUE HAS PASADO ENCERRADA AQUÍ, HAS PODIDO ENCONTRAR DIFERENTES SÍMBOLOS DE LOS QUE DESCONOCÍAS SU SIGNIFICADO.
HOY ES EL MOMENTO DE QUE TUS PIEZAS ENCAJEN.
ESTÁ EN TU MANO SEGUIR CON VIDA.
BUENA SUERTE.”
Como en cada reto, una luz cegadora invade el limbo y Catrina desaparece. Pasan horas hasta que consigo visualizar de nuevo mi alrededor. Un contador flotante marca que ya han pasado 47 minutos desde que me quedé sola con la nota en la mano.
Me encuentro rodeada. Una serie de espejos oscuros se mantienen en pie formando casi una especie de rito circular. La nota explica poco. Y los espejos aún menos. Decido acercarme a uno de ellos y comienzo a examinarlo. Su figura ovalada permite que pudiese reflejarme de cuerpo entero. No parece tener fisuras ni roturas, nada raro que pueda hacerlo diferente al resto. Paso al que está justo a su derecha: son exactamente iguales. Sin tocar nada, sigo examinando visualmente cada uno de ellos. Intento buscar un patrón entre ellos. Decido contarlos. Justo cuando llego al último, el marcador ha llegado a marcar una hora completa y comienza una cuenta atrás de 35 minutos. He contado 48 espejos, los mismos minutos que parece que me quedaban desde que el halo de luz desapareció y vi el primer espejo.
Decido entrar en acción y toco uno de ellos. Una luz naranja ilumina el marco y empiezo a reconocer imágenes en él. No soy yo. Es mi familia. En una casa que no reconozco. Están más mayores y parecen cansados de vivir. Han llenado un salón de fotografías mías. Yo con mi primera bicicleta. El día de mi graduación. Una foto con mi primer contrato de trabajo.