Refugiados

Capítulo 2

Yo apenas respondí con monosílabos mientras la organización humanitaria nos entregaba una muda de ropa a cada uno, un sobre con algo de dinero y distintas indicaciones a nosotros y a los Walker sobre los procedimientos que debíamos seguir de ahora en más. Luego, como si fuera algo irreal, salimos del campamento mientras seguíamos a aquella pareja de extraños. Subimos a su auto y por primera vez vimos a través de las ventanillas el país que se había convertido en nuestro nuevo hogar. Aquel primer día, el recorrido es algo vago en mi memoria, seguía alerta y asustada, aunque fuera la mejor opción de todas estábamos yéndonos con dos desconocidos rumbo a un futuro incierto.

Tenían una casa grande, con jardín, era como esas que veíamos en las películas, Anya la observó con la boca abierta.

-Entren, por favor – nos dijo la señora Walker y nos guió suavemente al interior. Apenas entramos vi un cuadro de un joven solado.

-Nuestro hijo – dijo el señor Walker.

-Murió en la guerra – aclaró ella

-¿En nuestra guerra? – preguntó Irina súbitamente intrigada.

-No, querida , en otra , hace más de veinte años. Pero todas las guerras son iguales, ¿verdad? – dijo ella con una mira triste y entonces yo bajé la guardia. Ellos también sabían de pérdidas y de guerras, eso me tranquilizó un poco.

-Iré a airear las habitaciones – dijo el hombre, su nombre era Robert.

-Yo les haré la merienda –dijo su esposa, Sara. Y nosotros permanecimos los cuatro en el umbral.

-¿Nos quedaremos aquí? – preguntó Anya en nuestra lengua natal y pensé que debería enseñarle el nuevo idioma, porque lo necesitaría para hacerse entender.

-Sí, por un tiempo – respondí. Al menos nos quedaríamos hasta que yo fuera mayor de edad, si es que todo salía bien

-Vengan- llamó la señora Walker y nos acercamos. Nos indicó donde sentarnos y nos sirvió sándwiches y grandes vasos de jugo exprimido. Mis hermanos me miraron como pidiendo permiso para comer y yo asentí, fui la primera en darle un mordisco a la comida para alentarlos. Siempre había sido su hermana mayor, pero ahora era mucho más que eso. Era su guía y su protectora, no importaba lo perdida y desprotegida que me sentía yo misma. Me preguntaba si mi madre se había sentido de la misma manera, asustada , cansada, sola, sin poder decirlo o demostrarlo.

 

Cuando terminamos de comer, los Walker decidieron mostrarnos la casa. Era enorme.

-Pensé que tendríamos una familia grande, muchos hijos y nietos- dijo Robert como justificándose y sonrió torpemente. Luego, quizás para aligerar el ánimo, nos llevó a su lugar favorito, era un estudio biblioteca con grandes ventanales, un escritorio, sillones y estanterías llenas de libros que cubrían las paredes. Miré a Irina casi sin pensarlo, antes su mirada se iluminaba si veía libros, y aunque aquellos no eran en nuestro idioma imaginé que se entusiasmaría como cada vez que pisaba una biblioteca, pero no hubo reacción. Contemplaba aquel lugar con la misma mirada vacía que había contemplado el comedor y la cocina, me dolió infinitamente porque pensé que aunque estuviéramos allí, a salvo, lejos de la guerra, no estábamos ilesos.

Luego recorrimos las distintas habitaciones, nos indicaron cuáles ocuparíamos, una para Irina y Anya, otra para mí y Dimitri. Nuestro Dima, aún era pequeño para estar solo y yo era la más indicada para ocuparme de él. Finalmente salimos al jardín. Era un lugar precioso, había grandes árboles y estaba lleno de flores, me pareció increíble que la belleza siguiera existiendo en el mundo y que me conmoviera, o quizás me conmovía que en el mismo mundo pudieran coexistir ese lugar y mi país destruido.

Quizás porque teníamos muy poco de que hablar, los Walker nos contaron sobre los árboles y las plantas que había allí. Anya caminó hacia las rosas, sabía que pensaba en mamá, eran sus flores favoritas.

Aquel primer día fue incómodo, ellos y nosotros nos movíamos con cautela. Cenamos y luego fuimos a dormir, Sara nos ayudó a acomodarnos y nos prestó ropa para dormir.

-Mañana tendremos que comprar todo lo que necesiten – dijo mientras nos alcanzaba un pijama para mí, y un par de remeras que servirían de camisones para mis hermanas. Se quedó un momento y luego nos dejó solos, sabiendo que aún estábamos cohibidos en su presencia. Acomodé a mis hermanas, las tapé y les deseé buenas noches en nuestro idioma natal. Era la primera vez en mucho tiempo que dormíamos en camas, aún así iba a costarnos conciliar el sueño.

Acosté a Dima y le canté suavemente una vieja nana, hasta que cerró los ojos. Después me puse el piyama y me acosté a su lado, se agarró a mí automáticamente buscando seguridad y yo me aferré a él. No pasó mucho tiempo hasta que mis hermanas aparecieron en la habitación y Dimitri se despertó llorando, como si hubiera presentido la inquietud de ellas.

-¿Se despertaron? – pregunté tontamente y Anya asintió. No entrábamos todos en la cama, pero sabía que ellas no podrían dormir solas. Quitamos la ropa de cama y las almohadas y armamos una cama en el suelo para los cuatro, esperaba que los dueños de casa no se enfadaran. Nos acostamos apuñados, necesitábamos sentirnos cerca para estar seguros. La noche era uno de los momentos más difíciles para nosotros, era cerrar los ojos pero mantener el cuerpo tenso, pensando que vendrían los bombardeos o el ruido de disparos. La noche se había vuelto una cueva de miedos y malos recuerdos.

Todos recordábamos las noches en el refugio antibombas, o la noche que huimos, o las noches en el campamento llena de cuchicheos e incertidumbre. Ahora había silencio, pero no podía relajarme, imaginaba que lo mismo le pasaba a mis hermanos, les canté entre susurros la canción que cantaba mi madre cuando nos acurrucábamos asustados contar ella. Dima se durmió primero, luego Irina y Anya, yo fui la última, cerca del amanecer.

Desperté sobresaltada, tardé en recordar qué lugar era. Y lo segundo que pensé era que estábamos vivos. Constatar ese hecho se había vuelto algo normal tras los bombardeos, ese alivio de despertar. Entraba mucha luz por la ventana, alguien había corrido las cortinas para dar paso al sol. Parecía ser tarde, más de media mañana. Los niños aún dormían, los desperté con cuidado y casis instantáneamente la señora Walker apareció. Parecía haber estado cerca, esperando nuestro despertar.




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