Refugiados

Capítulo 7

El miedo seguía temblándome dentro, o era yo la que temblaba, no lo sé, pero hice caso a Eric y respiré, profundo y lento. Seguí respirando hasta que sentí que ya podía desprenderme de los recuerdos y el horror. Él no hizo nada, solo se quedó allí un rato, en silencio, y cuando percibió que yo estaba más calmada, habló.

-El año pasado tuve que dejar de asistir un semestre por los ataques de pánico. Empezaron después de un accidente de auto que tuvimos con mi familia, por suerte no pasó nada grave, pero supongo que adentro algo quedó mal. Fue difícil, no toleraba estar con mucha gente, me costaba respirar y sentía que el corazón iba a explotarme. Me paralizaba. Ya estoy mejor, aunque aún estar con mucha gente es difícil.

-Recordé algo del pasado, de la guerra, y me asusté – dije sin darme cuenta, su honestidad me había llevado a decir algo. Aunque no todo, así como él tampoco podía decir todo sobre aquello que le había dejado aquellos ataques de pánico. El miedo nos dejaba huella, pero nombrarlo era como volver a hacerlo presente. Sin embargo, estaba muy agradecida de que viniera en mi ayuda y de su compañía, por primera vez no me sentía incómoda. Quizás porque no lo conocía o quizás porque él mismo me había ofrecido su debilidad como prueba de confianza, pero podía bajar la guardia. No tenía que hacerme la adulta fuerte como con mis hermanos, o los Walker. Ni tenía que guardar distancia como con los demás de la escuela.

-¿Ya estás bien?- me preguntó y asentí, entonces se puso de pie – Me voy, pero si necesitas ayuda puedes buscarme. Compartimos un par de clases – dijo y se marchó tras saludarme con la mano. Eso me sorprendió, no lo había notado antes.

Me quedé sentada allí, no regresé a clases, necesitaba un tiempo y no tenía ganas de ver gente, no aún. Pensé en cómo se podía medir el tiempo para curar, ¿alguna vez volvería a ser yo misma? ¿O alguien parecido a quien fui?¿Cuánto tiempo tardaba la gente en superar el horror, días, meses , años? ¿Lo superarían mis hermanos?

Hubiera querido poder regresar a casa, pero no tenía casa propia y ni siquiera sabía el camino de regreso a casa de los Walker, además ellos vendrían a buscarnos al finalizar la escuela y los asustaría, así que solo me quedé allí, nadie vino a buscarme porque me salteé las clases, nadie me echaba de menos.

Alguna vez los profesores habían sabido mi nombre y habían notado si no estaba en clases, alguna vez había tenido compañeras de curso con las que hablábamos de sueños amores y planes futuros mientras reíamos, alguna vez la vida normal no había sido algo lejano y perdido. Lo cotidiano era tan mágico y tan poco valorado, hasta que se quebraba en mil fragmentos, y ya nada volvía a ser igual, entonces nos dábamos cuenta de cuan precioso era lo que habíamos tenido hasta hace unos instantes atrás.

Y duele pensar que no sabía que esa sería la última vez, la última vez en abrazar a alguien, la última mirada al chic o que me gustaba, la última vez que caminaría por las calles de mi ciudad, la última vez que me molestaría por tener que levantarme temprano para ir a la escuela, la última vez que anhelaría un vestido en una vidriera, la última vez que tocaría mi violín y la última vez que me sentiría cómoda en mi propia piel.

La vida se derrumba sin previo aviso.

Me quedo sentada, respirando, permitiéndome lamentarme por lo perdido, permitiéndome ser débil, hasta que toca el timbre que anuncia que terminaron las clases y me dirijo a buscar a Irina, para esperar a los Walker.

Robert llega puntual, nos subimos al auto y nos pregunta cómo estuvo nuestro día, ambas respondemos que bien, sé que ambas mentimos. Tal vez algún día lo digamos en serio, aún no.

Al llegar, Sara está preparando el almuerzo y Anya la está ayudando, descubro que la señora Walker está enseñando a mi hermana el idioma de este país. Ella señala algún elemento o ingrediente, mi hermana dice el nombre en nuestro idioma natal y la señora Walker lo dice en su idioma, parece tan natural que me da esperanza. Anya y Dima no serán tan extraños a este país como Irina y yo, el tiempo es mucho más piadoso con los más pequeños.

Comemos juntos, la charla es ligera, seguimos un poco incómodos y el idioma sigue siendo una barrera, a pesar de estar profundamente agradecida de que ellos nos acogieran, aún no puedo bajar la guardia, aún no puedo confiar del todo, pero sé que son buenas personas. Sé que ellos son nuestro pequeño milagro, aunque a mí me cueste creer en milagros, puedo reconocer que la gentileza con que nos tratan es sincera.

Espero algún día poder pagar lo que hacen por nosotros.

 




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