Regla #2: No Beses A Mejor Amigo

Epilogo

Dos años después.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo?

Miré a Liam y sonreí.

—Completamente.

Estábamos sentados en el mismo lugar donde todo había comenzado.

El lago.

Nuestro lago.

El lugar de nuestra primera cita.

El lugar donde nos habíamos prometido confiar.

El lugar al que habíamos regresado después de meses separados.

Liam tomó mi mano.

—Nunca imaginé que llegaríamos hasta aquí.

—Yo tampoco.

—¿Te arrepientes de algo?

Pensé unos segundos.

—De no haberte besado antes.

Liam soltó una carcajada.

—¡Sabía que algún día lo admitirías!

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Me acerqué y lo besé.

Cuando nos separamos, apoyé mi cabeza sobre su hombro.

Habíamos cambiado.

Habíamos crecido.

Habíamos aprendido a estar juntos y también a estar separados.

Habíamos tenido discusiones.

Celos.

Miedos.

Momentos en los que pensamos que quizá no funcionaría.

Pero siempre encontramos el camino de regreso.

—Tengo algo para ti —dijo Liam.

Sacó una pequeña caja.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Dentro había una pulsera idéntica a la que me había regalado años atrás.

Pero esta tenía una pequeña placa.

La tomé entre mis dedos.

Había una frase grabada.

«Siempre tú.»

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Liam…

—Quería que tuvieras algo que te recordara que, después de todo lo que vivimos, sigo eligiéndote.

Lo abracé.

—Siempre tú también.

Miré el lago.

Recordé a la chica que había estado sentada allí años atrás, convencida de que enamorarse de su mejor amigo era una de las peores cosas que podían pasarle.

Qué equivocada estaba.

Porque Liam no había arruinado mi vida.

La había cambiado.

Me había enseñado que el amor no siempre aparece de repente.

A veces crece lentamente.

Entre bromas.

Entre secretos.

Entre tardes compartidas.

Entre dos personas que nunca imaginaron que terminarían enamorándose.

Y a veces…

tu mejor amigo termina siendo el amor de tu vida.

Liam entrelazó sus dedos con los míos.

—¿En qué piensas?

Sonreí.

—En nuestra primera regla.

—¿La peor regla de la historia?

—La peor.

—¿Y qué hacemos con ella?

Miré la pulsera.

—La dejamos atrás.

—¿Por qué?

—Porque ya no necesitamos reglas para decirnos lo que sentimos.

Liam sonrió.

—Entonces solo queda una.

—¿Cuál?

Se acercó y susurró:

—Elegirnos.

Sonreí.

—Siempre.

Y mientras el sol desaparecía sobre el lago, comprendí que algunas historias no terminan con un «fin».

Simplemente comienzan una nueva etapa.

Y la nuestra…

apenas estaba empezando.

FIN DEL LIBRO 2




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