Chloe
Había una regla que nunca pensaba romper.
Una sola.
Y era sencilla:
Nunca vuelvas con tu ex.
Especialmente si ese ex se llamaba Mason Hayes.
Habían pasado casi dos años desde la última vez que lo había visto.
Dos años desde aquella noche.
Dos años desde que había decidido que lo odiaba.
O, al menos, eso era lo que me repetía cada vez que alguien pronunciaba su nombre.
Había seguido adelante.
Había hecho nuevos amigos.
Había aprendido a sonreír sin él.
Había conseguido convencerme de que ya no me importaba.
Hasta que lo vi.
Estaba al otro lado del salón, apoyado contra una pared, hablando con unos amigos.
Mason.
Más alto.
Más seguro.
Y exactamente igual de peligroso para mi corazón.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante un instante, todo lo que había intentado olvidar regresó.
Sus manos entrelazadas con las mías.
Sus besos.
Las noches en las que hablábamos hasta quedarnos dormidos.
Las promesas.
Y, finalmente, aquella última discusión que terminó con nosotros.
Mason dejó de hablar.
Sus ojos seguían sobre mí.
Entonces comenzó a caminar en mi dirección.
Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
No.
No podía hacer esto.
No otra vez.
Me giré para marcharme, pero escuché su voz.
—Chloe.
Me quedé inmóvil.
Esa voz.
La misma voz que había escuchado durante años.
Respiré profundamente antes de girarme.
—Mason.
Nos quedamos mirándonos.
Ninguno sabía qué decir.
Finalmente, él sonrió ligeramente.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Sí.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Mentí.
Porque no estaba bien.
No después de verlo.
Mason dio un paso hacia mí.
—Te he extrañado.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—No deberías decirme eso.
—¿Por qué?
—Porque ya no somos nosotros.
Su sonrisa desapareció.
—Lo sé.
Silencio.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —pregunté.
Mason me miró directamente a los ojos.
—Porque parece que el destino todavía no ha terminado con nosotros.
Negué con la cabeza.
—Yo sí terminé contigo.
Me di la vuelta.
Pero antes de alejarme, escuché sus últimas palabras.
—Entonces mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada.
Me detuve.
No pude hacerlo.
Porque los dos sabíamos la verdad.
Y esa verdad era mucho más peligrosa que cualquier regla.
Todavía lo amaba.
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Editado: 30.08.2026