Regla Número 20

CAPITULO 2

—Perfecto. Firma las hojas que te di y toma estas, son del contrato matrimonial.

Dijo el cretino, mirando sus papeles con aire de suficiencia.

—Está bien —respondí, tomando las hojas con algo de incredulidad y firmándolas.

—Ya estamos casados, pero aún no te daré el anillo. Primero quiero que demuestres que puedes hacer bien tu trabajo como secretaria, que los demás crean que me enamoré de ti, y después de eso te pediré matrimonio formalmente y llevaré estos papeles para hacerlo oficial.

Me quedé en silencio, procesando lo que acababa de decir.

—¿Está bien si le hago una pregunta?

—Dímela.

—¿Por qué a mí?

Mi ahora jefe me miró. No parecía sorprendido por la pregunta.

—Porque nadie te conoce y pasas desapercibida con tu aspecto.

Bajé la mirada hacia mi ropa. En pocas palabras, me había llamado fea, y no estaba equivocado.

—Ya, pero... ¿no consigue con quién casarse?

—No seas impertinente. Mis razones no te las daré. Ahora, ya puedes empezar con tus labores. Pídele a mi asistente que te enseñe las instalaciones y tráeme un café por ahora.

—Está bien, señor... digo, ¿cuál es su nombre, por lo menos? Merecería saberlo.

—Soy Luis Arreaga, Larissa. Ahora vete.

Su tono era serio, y aunque no lo dijo con enojo, algo en su mirada me indicó que no debía hacer más preguntas. Por ahora.

—Ah, y ya lo sabes, hasta el momento esto es un secreto. Si lo revelas, perderás tanto la indemnización como tu puesto.

—Sí, sí, jefe... Con permiso.

Me retiré de su oficina, procesando las palabras que acababa de escuchar. No había pasado ni una hora y ya estaba trabajando en mi primer día. Además, había firmado un contrato matrimonial con un desconocido. Aunque... un millón de dólares por un año... ¿quién lo pensaria dos veces? Y encima, el tipo no es nada feo, todo lo contrario.

—Brenda, ¿me puedes decir dónde está la cafetera?

—A la izquierda, cerca de la impresora —me señaló.

—¿Y sabes cómo le gusta el café al jefe?

—Muy dulce, con dos cucharadas de azúcar. Y por favor, niña, no soy tu niñera. Espabílate.

(¡Pero qué amargada!). Lo bueno es que vi un tutorial de cómo usar una cafetera, así que no fue difícil. Le puse dos cucharadas de azúcar, aunque para mí eso es demasiado. Pero si al cretino le gusta...

Toqué la puerta y, después de que me dio permiso para entrar, dejé el café sobre su escritorio.

—Mira, necesito que envíes estos correos a estas personas y escribas lo que está en estos documentos. Tu cubículo está al frente del mío.

Vi mi cubículo y me di cuenta de que el vidrio que nos separaba era lo suficientemente transparente como para que él pudiera verme desde su escritorio. Mientras tanto, su asistente estaba afuera, junto a los elevadores.

—¿La computadora ya está lista, verdad?

—Sí, todo está formateado.

Luis tomó un sorbo de café y su cara se arrugó con disgusto.

—¿Qué ocurre? ¿Se quemó?

—¿Por qué esto sabe más a azúcar que a café?

—¿Cómo? ¿No es así como le gusta?

—A mí me gusta el café amargo, sin nada de azúcar. Por favor, llévate esto y haz lo que te pedí.

—Sí, con permiso y lo siento. (Brenda, Brenda... sé que fue obra tuya, y en cuanto pueda, te lo voy a cobrar).

—¡Lo hiciste a propósito!

—¿Qué pasó, nueva? ¿A ti también te afectó tanta azúcar? ¡Jajaja!

Resoplando, me giré y seguí mi camino. Cuando llegué a mi cubículo, me di cuenta de que estaba bien equipado: una laptop, un teléfono, un iPad, una libreta y hasta una linterna. ¿Esto es una oficina de alta tecnología o qué? No podía evitar preguntarme cómo alguien tan joven había logrado que su empresa llegara tan lejos. Podría ponerle unos treinta años, pero algo me decía que había mucho más de lo que se ve a simple vista.

Empecé a seguir sus indicaciones y, después de un rato, me estiré al darme cuenta de que ya eran la 1 p.m. Brenda ya se había ido a almorzar, y desde mi cubículo podía ver que Luis no dejaba de hablar frente a su laptop. Se veía completamente concentrado en lo que decía, pero algo era claro: este hombre no comía. Hasta ahora, me había pedido tres tazas de café.

—Jefe, vengo a decirle que ya me voy a almorzar.

—Sí, puedes irte. No hace falta que me avises cada vez que lo hagas.

—Está bien, permiso.

Me retiré y bajé al ascensor. Mi amiga me escribió para decirme que había un lugar para almorzar abajo.

—¡Geanella! ¡Me contrataron!

—¡Larissa! Te dije que sí lo lograrías.

—Sí, Geanella, y todo gracias a ti. No se me olvida lo del almuerzo, así que cuando me paguen el primer salario, te invito.

—Está bien, Larissa, no te preocupes. Mira, aquí dan almuerzo incluido, es una excelente compañía.

—¡Uhh! Ya veo.

Pedimos nuestros platos y la conversación giró hacia mi jefe.

—Oye, ¿el jefe siempre ha sido así?

—¿Así cómo? ¿Malhumorado?

—Sí, y también parece un poco obsesionado con su trabajo.

—En la prepa era muy popular, ya sabes, apuesto, pero gruñón. Incluso tuvo una novia; pensábamos que se iba a casar con ella.

—¿Y qué pasó?

—No se sabe mucho. Él no cuenta nada de su vida personal. Pero lo que supe es que ella desapareció de su vida de la nada. Luego se casó con un hombre mayor y multimillonario, mientras él apenas empezaba con la empresa.

—¡Wow! ¿En serio lo dejó? Bueno, no la culpo, con el humor que se carga. Pero pobrecito —comenté, sintiendo una punzada de lástima que no esperaba.

—Sí, no ha vuelto a ser el mismo. Tal vez se hizo gay...

—¡Uf! ¿Gay? No creo, sería un desperdicio —murmuré sin darme cuenta.

—Pues ya sabes, eso a veces pasa con los guapos.

Me quedé pensativa. ¿Será esa la razón por la que me pidió matrimonio? ¿Porque soy "fea" y él es gay? ¿O tal vez tiene una relación secreta con alguien? Sacudí la cabeza, alejando esos pensamientos absurdos. Mi imaginación siempre jugaba conmigo cuando no debía.




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